Regionales: REGI-03 Impalpable (*)

La finalidad era llegar a ochocientos metros de altitud, donde sólo anidan los cóndores y el aire se torna más frío y seco, el viento se vuelve violento y se oye el fino silbido producto de la resistencia que ofrecen las rocas al no querer ceder su lugar. Pero la camioneta, se detuvo a causa de la falta de oxígeno y debimos regresar. Descendíamos con cierta desilusión pues la meta no había sido alcanzada, pero el precipicio ostentaba una profundidad vehemente, riesgosa hasta para quienes son los dueños de aquella sublimidad. Al pie de la ladera, el camino se bifurcaba en dos direcciones donde una de las pasarelas era sumamente estrecha por lo que decidimos dejar el coche allí y nos distribuimos los senderos: yo recorrería el que giraba en el sentido de las agujas del reloj, y Valentín tomaría el otro que se presentaba más abierto. Al pesar de su hombría, él había escogido el camino más fácil de transitar. Tintín, así llamaba yo a mi amigo, contaba con una sofisticada cámara digital. Yo conservaba la mía, con más de siete años, adquirida con los ahorros de mis primeros meses de trabajo, no obstante, era de mil asas lo que le daba mucha sensibilidad. Comencé a caminar hacia arriba, la subida era cada vez más abrupta, el pasaje se tornaba más cerrado y para avanzar debía sortear piedras enormes, arbustos espinosos y otras cosas indeseables que dejan los seres humanos a su paso. Portaba un chaleco especialmente adaptado para este tipo de travesías, con numerosos bolsillos y cierres que me permitían estar provista de todo lo necesario. Iba con la convicción de encontrar algo inverosímil a los ojos de los demás, pero absolutamente concreto para mí, tal que me permitiera escribir una fábula a mi regreso. Devota de todo aquello que supera lo material, albergaba la esperanza de hallar una presencia más allá de lo tangible, algo que me sacudiese el pensamiento.

Me detuve un instante a comer una banana y a reponer energías. Descansé unos minutos mientras observaba el cielo completamente azul; ninguna nube empañaba su majestuosidad y el sol me abrasaba de manera ardiente. De pronto divisé una cueva cuya abertura era alta y angosta. Quince metros hacia el interior de la montaña, cubiertos de malezas y rocas, la separaban del camino donde yo me encontraba. Era imposible llegar hasta allí completamente sola. Había necesitado elementos de alpinismo con los que en ese momento no contaba. Entonces tomé varias fotos por si algunas de ellas fallaban. Una brisa postrera causaba efectos de inconciencia; todo parecía estar envuelto por una mansedumbre antagónica a la naturaleza. Continué la caminata hasta llegar al punto acordado con Valentín. Al reencontrarnos, realizamos nuestro rito habitual: gritar al unísono hasta quedarnos sin aliento, para reír luego a carcajadas. Es increíble la química que se produce entre dos seres que se trazan un mismo objetivo. Nunca pude explicarme con certeza qué sentimientos me acercaban a él: amistad, enamoramiento, compañerismo, fraternidad; lo cierto es que lo admiraba y estaba dispuesta a dar por él la vida.

Allí, nos propusimos iniciar la segunda meta: recorreríamos el cañón del Atuel. Si tuviese que escoger una palabra que lo representase sería magnificencia. El río corre enclavado entre enormes paredones naturales de rocas talladas por el más célebre de los artistas rupestres: el entorno. La diversidad de formas y colores es inimaginable a los ojos de quien nunca tuvo la oportunidad de verlo. El empedrado no se despega de las aguas color verde esmeralda custodiadas por sauces y álamos, y atravesadas por grandes formaciones rocosas que provocan cadenas de cascadas.

Yo sentía curiosidad por ver las fotografías tomadas por Tintín. Así pues, comencé a mirar una por una, a través del visor de su cámara, las más de 120 fotos almacenadas. íMaravillosas! Como habíamos recorrido distintos senderos, él exigía ver las mías; claro que para eso era necesario revelarlas. Ni bien estuvieron listas nos sentamos en una plaza a disfrutar de ellas. Mientras las mirábamos, revivíamos cada paso recorrido por la montaña; pero cuando llegamos a las fotografías de la cueva no pudimos dar crédito a lo que veíamos: un anciano indígena con el rostro pintado, estaba parado delante de la abertura de la caverna. Sus cabellos eran largos, de color ceniza y los llevaba sueltos. En todas las fotos conservaba la misma posición. Yo negaba absolutamente la presencia de este hombre en el momento preciso en que las fotografías fueron tomadas, dado que había observado detenidamente toda aquella zona y estaba segura de no haber visto a nadie.

La curiosidad y el desconcierto habían invadido nuestros espíritus. Adquirimos correas, ganchos y otros elementos que nos posibilitasen a llegar hasta el misterioso lugar. Acudimos con prisa pues la ansiedad no nos permitía pensar en otra cosa. A pesar de los utensilios comprados no fue fácil atravesar el tramo entre el sendero y la cueva. Después de una media hora lo logramos. A las puertas de la concavidad el nerviosismo hacía temblar mis manos; casi no podía sostener la linterna. Tintín entró primero, sigiloso, tratando de no hacer ruido, como si habríamos debido cuidarnos de alguien; yo no me despegaba de sus talones. Estaba un poco asustada pero dispuesta a enfrentar lo inusitado. Alumbramos las paredes escarpadas y lo que encontramos nos paralizó la sangre: aquella recóndita cavidad era un cementerio de aborígenes. Los cuerpos, de los que sólo restaban los esqueletos, se encontraban prolijamente tapados con cueros de animales. Aún conservaban collares de piedras y cada uno poseía una vasija con semillas secas. Estaban dispuestos uno detrás de otros; a nuestra derecha, los cadáveres de los adultos, a la izquierda, los de los niños.

Casi no hablábamos; las palabras sobraban. Se oía el fino eco de nuestros pasos y se podía percibir el deambular de los insectos. Perdimos la noción del tiempo transcurrido allí dentro. Eran muchas las sensaciones que nos invadían: miedo, emoción, asombro, estupefacción... y pudiera seguir enumerando extensamente.

Mientras regresábamos al vehículo sentíamos nostalgia de abandonar aquel lugar; el aire que allí se respiraba era místico. Se intuía la presencia de un extraño espectro difícil de describir con palabras; una emoción muy fuerte que embestía todos los sentidos.

Una de las tantas conclusiones a las que arribamos fue que las cámaras con alta sensibilidad pueden captar la energía de un lugar. Nuestra deducción dejó de ser una suposición cuando regresamos una vez más aquel sitio Äque en apariencia continuaba inhabilitadoÄ y tomamos nuevas fotografías, que al revelarlas se podía ver que nuestro amigo indígena seguía allí al cuidado de su tribu, fiel a los dioses del lugar.

(*) Relato que ganó el concurso SubteVive, organizado por Metrovías y cuya autoría corresponde a Mirta Raquel Zehnder de Humboldt.