arte: ARTE-01 De "Soñario"
"Segunda versión" (1971), de Francis Bacon.

Accidente

Somos muchos niños en la camioneta. Como una docena. Todos en la parte de atrás, en medio de dos grandes ruedas de auxilio. Ninguno está amarrado. Conduce la estúpida Señora Vázquez. Y sucede: un frenón, un golpazo, un ruido horrible y todos los chicos desparramados por la calle, la vereda, sangrantes, llorando, gimiendo, y Mariquita con la cabeza aplastada.

La Señora Vázquez sale de la cabina gritando, histérica, como una loca frenética y me mira con la boca abierta, mira en derredor y grita, grita como si no pudiera hacer otra cosa, y mientras grita de vueltas sobre sí misma, como una calesita que perdió el eje, hasta que un hombre detiene su coche, baja, corre, no consigue serenarla y entonces le da un sopapo para que reaccione.

Otras personas nos asisten, nos alzan, son varios los que gritan una ambulancia, una ambulancia y no sé que más, es un sueño que me desespera.

He soñado tanto este episodio que muchas veces me pregunto si no será cierto que alguna vez ha sucedido. Pero no conozco a ninguna estúpida Señora Vázquez, ni sé quién fue Mariquita.

Sueño equivocado

Sueño que dos amigos discuten, durante una larga noche de empanadas y vino, sobre la concepción del Tiempo en Wells. A las cuatro de la mañana se duermen, borrachos, exhaustos, sin haber llegado a conclusiones ni acuerdos. A las ocho y media uno se levanta y despierta al otro -quien se asusta y lo insulta- para decirle que ya tiene la solución porque Wells se le apareció en su sueño y se la reveló. El otro lo mira, contrariado, y replica que eso no puede ser porque él también soñó con Wells y es obvio que Wells no pudo estar en los dos sueños.

Mientras desayunan cambian impresiones y acuerdan que, evidentemente, los dos han soñado lo mismo y a la vez. Pero enseguida reanudan la discusión cuando uno afirma que Wells se hallaba en la Biblioteca Nacional, y el otro afirma que no, que en una casa de la calle Maipú. Es entonces cuando se dan cuenta de que en realidad ninguno soñó con Wells, sino que ambos soñaron con Borges.

Cartas de amor

Una noche, de paso por Lisboa, sueño que revivo el fastidio que me produjo leer las cartas de amor adolescente de un enorme escritor que fue mi maestro y amigo, publicadas por quien de adulta fuera su esposa, pero no su enamorada. Me consta que en ese matrimonio desdichado lo que menos hubo fue amor y por eso en el sueño le gritó a alguien -acaso un editor, o un heredero- que es inmoral la publicación de las viejas cartas de amor de los muertos ilustres para ganar dinero con sus sentimientos ya vencidos por el tiempo. Ningún grande sabía lo que escribía cuando tenía veinte años. Declaró deplorable la actitud de los familiares que hacen públicos esos textos íntimos, aunque también, en el sueño, me reprochó el mutismo que he decidido al respecto. Quizás yo debería exhortar ahora a que se publiquen las cartas de amor del adulto que fue mi amigo, y amor del que fui testigo y mensajero. Y hacerle un prólogo y no cobrar ni un centavo por ello.

Tontos los que escribieron cartas de amor. Pero más tontos los que no las escribieron. La idea, que es encantadora, es de Fernando Pessoa y no me parece casual que la redescubra en este sueño, esta noche, en Lisboa y camino a Porto. Concedo ante mí que es mejor evitar escándalos, aunque no dejo de sentir remordimientos, por más que yo sé que mi amigo aprobaría mi silencio. Como aprobaría el argumento de esta fábula.

Por Mempo Giardinelli