La policía me avisó que habían encontrado su camioneta en un camino de tierra perdido en el extremo de La Pampa. Pero mi padre tampoco estaba allí. Sólo hallaron su abrigo de piel de cordero.
Nadie pudo darme una explicación. Desconcertaba que el vehículo estuviera en buenas condiciones y la falta de rastros de Horacio Saldini. Decían que por ahí los animales habían arrastrado el cadáver monte adentro y que entonces sería muy difícil recuperarlo. Quedé solo con la incertidumbre. Mis amigos de la juventud se habían ido del pueblo, para los mayores era un desgraciado y en consecuencia me evitaban, y Sofía se había recluido desde mi enojo en la plaza y en vez de buscar formas de cruzarme, las buscaba para evitarme, convencida de que yo no quería verla. Por supuesto, todos estaban más que pendientes. El destino de mi padre fue el tema excluyente durante meses, en cualquier sitio donde yo no estuviera. En cuanto yo aparecía, la conversación cambiaba de rumbo y me veía aplastado por un gesto de irremediabilidad general que terminaba por excluirme. Así, para volver a ser parte, yo mismo tuve que desaparecer y dejar mi lugar a otro que asumía una fatalidad, olvidaba el dolor y hablaba de todo con distancia, como si al esfumarse mi padre se hubiese convertido en un extraño. Durante meses viví desaparecido con él, hasta que Sofía me rescató una tarde, al menos para sí misma. Yo estaba en la oficina, doblado sobre unos papeles (ni un solo día dejé de ir a trabajar) cuando ella abrió la puerta y se presentó tímidamente. La miré como a una niña, le sonreí y le pregunté qué quería. Dio unos pasos hacia mí y me respondió que nada, que quería saber cómo estaba. Le dije que trabajando porque ahora me tenía que hacer cargo de todo. Sofía se quedó en silencio, mientras sus ojos iban tomando un brillo apenado que me desconcertó. Le pregunté si le pasaba algo.
ÄEs que me das mucha lástima Äme dijo.
Entonces me di cuenta de que mis ojos estaban copiando los suyos. Bajé la vista, fingiendo interesarme en el trabajo. Estaba desconcertado. Hacía mucho que nadie me hablaba de mí, al real. Siempre se dirigían al otro. Incluso cuando mencionaban a mi padre me contaban cómo era o cuántas esperanzas tenía en su hijo. Yo sentía que me lo presentaban, pero en vez de reaccionar, atendía con gesto interesado y una sonrisa nostálgica, hasta que el tema se agotaba. Pero ahora Sofía se había arrimado al límite del monte donde yo deambulaba perdido y de pronto sentí que ya no estuve solo. La miré y dejé que ella me viera llorar para que se internara conmigo más allá del alambrado.
ÄDebe ser horrible ÄdijoÄ. No saber qué pasó, debe ser horrible.
Respondí que sí e imaginé que le contaba cómo había quedaba girando en un único día interminable de espanto. Pero no dije nada por temor a que huyera. Tiempo después sí le conté que nunca me abandonó la fantasía de recibir una llamada telefónica, como las veces anteriores, o de ver a mi padre llegar por la calle de ingreso al pueblo a través de las lentes de los prismáticos, pero en aquel momento me bastaba con tener a Sofía allí, de pie, al borde del monte, tendiéndome la mano.