La maldición amarilla Cine de terror japonés. La fórmula nipona para dar miedo gana adeptos en el mundo. Cuando muchos auguraban la muerte del cine de horror hollywoodense, en Oriente se gestaba una nueva factoría del miedo: el J-Horror. Un grupo de directores japoneses y chinos mostraron otra forma de asustar, y películas como Ju-on, The Ring y Dark Water ya se convirtieron en obras de culto para los amantes del género. El Manga, el Animé, las tradiciones y los rituales mortuorios nipones confluyen en una nueva estética tan novedosa como terrorífica.
A mediados de los "90, un productor cinematográfico decía frente a la mesa directiva de un faraónico estudio de Hollywood: "Señores, creo que el cine de terror tal como lo conocemos hoy está por morir".
¿Por qué una afirmación tan resignada y rotunda? Porque se había agotado una vieja fórmula de asustar a los cinéfilos amantes del género, que nació y se reprodujo hasta el hartazgo en la década de los "80: un asesino serial con hacha o motosierra, un carnicero sediento de sangre que perseguía y terminaba mutilando a jóvenes hermosos, rubios e inocentes. El último intento, si bien económicamente exitoso, fue la saga de "Scream" (1996), del director Wes Craven.
El género de horror moderno tuvo su momento fundacional a mediados del siglo XX. El tríptico integrado por "Psicosis", de Alfred Hitchcock, "El Exorcista", de William Friedkin, y "El Resplandor", de Stanley Kubrick, consolidarán al género desde principios de los años "60 hasta fines de los "70, y marcarán los tres senderos argumentales por los cuales se desarrollará el cine de terror occidental: la perversión de la mente y su fatalidad, en el primer caso, la lucha entre el Bien y el Mal, en el segundo, y la locura despertada por la presencia de malignas fuerzas sobrenaturales, en el tercero.
En la década de los "80 emergió otro patrón: el serial killer, exprimido y reproducido hasta el agotamiento, tanto desde megaproducciones como en películas de bajo presupuesto. Así, las interminables historias de Jason Voorhees ("Martes 13") y de Michael Myers ("Halloween") garantizaban que las salas de cine de abarrotaran de jóvenes que buscaban ávidamente un entretenimiento ligero con una base argumental pobre, repetida una y otra vez. Éxito asegurado con el mínimo esfuerzo y baja inversión.
Hoy esas fórmulas resultan obsoletas, amén de las bondades que otorgan los efectos especiales computarizados.
Así, por decantación, para finales de los "90 el cine de terror norteamericano cayó en la reiteración, la desidia y la falta de ideas y fórmulas nuevas. Apenas un puñado de experiencias novedosas nacidas de Hollywood ("The Blair Wich Proyect", o la más reciente saga de "Saw"), y nada más.
En el suspenso las cosas anduvieron bastante mejor: el director M. Night Shyamalan creó "Sexto sentido" -que daría pie a la escalofriante "Los otros", de Alejandro Amenábar-. Después vinieron "Señales" y "La aldea", para revalidar que el cine de misterio había encontrado su renovación.
El J-Horror
En este contexto de titubeos e incertidumbres, del otro lado del Pacífico se creaba una nueva factoría del miedo. Los primeros años del siglo XXI testimoniaron una verdadera explosión de cine de terror asiático. El fenómeno, conocido como J-Horror, tuvo sus experiencias inaugurales con "Ringu" (1998), de Hideo Nakata, y "Dark Water" (2002).
Otro nombre importante fue el del director Takashi Shimizu, director de "Ju-on" y "Ju-on 2" (2000), "La Maldición" (2003), "La Maldición 2" (2003) y "El Grito" (2004). Los hermanos Pang filmaron "The Eye" (1 y 2), estrenadas en 2002 y 2004, respectivamente.
Corea del Sur no se quedó atrás y presentó en 2003 el film de horror "Dos Hermanas". "La Llamada Perdida" (2003) de Takashi Miike también tuvo éxito, después del lanzamiento de "Audition" (2000).
Las bases argumentales del J-Horror podrían resumirse así: primero, siempre habrá alguna historia familiar truculenta y trágica que sustenta la trama desde el principio; segundo, lo inexplicable y lo sobrenatural, detrás de lo cual aparecen elementos que quedan al margen de una explicación racional.
El enigma por lo inexplicable y lo que ello desata: ansiedad, angustia, desesperación- se traslada al espectador sobre una narrativa que lo interpela y lo incita a dar respuesta lógica para algo que no la tiene.
La estética del terror oriental no busca el sobresalto repentino algo a lo que el cine norteamericano nos mal acostumbró -, sino la exposición explícita -y en planos extremadamente cercanos- al rostro del horror, siempre en ambientes claustrofóbicos y penumbrosos. Con reminiscencias del animé japonés, aparece sobre esta trama la figura del fantasma en pena.
La construcción cinematográfica del fantasma nipón
El fantasma de la tradición asiática más precisamente japonesa- se conoce como yurei: es el "alma apenas visible". El yurei vuelve a la tierra de los vivos cuando el alma (reikon) no recibió, al momento de la muerte del cuerpo físico, el apropiado rito funerario, o si dicha la muerte no fue sido natural -por asesinato o suicidio-. La única forma de devolver la paz al fantasma es cumpliendo su objetivo no resuelto (generalmente de venganza), o celebrando los ritos funerarios que necesita para pasar del purgatorio al mas allá.
El fantasma del cine de terror oriental es mujer, en la mayoría de los casos. Por tradición, si bien los yurei pueden ser hombres o mujeres, los fantasmas masculinos se reservaban para las muertes heroicas durante batallas épicas.
La mujer-fantasma aparece siempre con el atuendo o kimono blanco -la katabira-, que tiene su origen en los rituales mortuorios. "En Japón, cuando una persona muere, la vestimos con un kimono blanco antes de ponerla en el ataúd, pensando que la vestimenta blanca limpia el alma de la muerte para que pueda ir al cielo. Luego se la incinera. Cuando el alma de un muerto se manifiesta en forma de fantasma, suele hacerlo vistiendo ese atuendo de enterramiento", explicaba alguna vez Takashi Shimizu, director de "La Maldición" y de su remake, "El Grito".
Así aparecía -por ejemplo- Samara, la niña maldita de "The Ring", y de la versión hollywoodense "La llamada", protagonizada por Naomi Watts.
Otro aspecto estético importante es la cabellera negra y larga. Para la creencia popular nipona el pelo sigue creciendo después de la muerte: "Antiguamente, las mujeres japonesas cuidaban mucho de sus cabellos. Pensaban que su larga cabellera negra poseía un alma y por tanto era muy preciosa para ellas. Una mujer con el pelo alborotado es, pues, una de las representaciones comunes de un fantasma. El cabello despeinado expresa la emoción contenida, como una profunda cólera o rencor que una mujer deja escapar con el fin de obtener venganza", decía Shimizu.
Los serial killers, las hachas y motosierras, las escenas con carnicerías humanas y baños de sangre parecen haberse vuelto objetos de museo. Los elementos narrativos, argumentales y estéticos han hecho del cine de terror oriental una experiencia artísticamente novedosa, visualmente terrorífica y emocionalmente perturbadora, que vino a oxigenar un género amenazado por el abuso de sus propias fórmulas.
De muertos con furia y casas encantadas
ARGUMENTOS
"La Maldición" (The grudge) I y II, dirigidas y guionadas por Shimizu Takashi en el año 2003, son exponentes del J-Horror.
La primera es la maldición surgida del rencor que anida en alguien que fallece preso de una profunda ira. Se concentra en los lugares que frecuentaba el difunto cuando estaba vivo y obra su maleficio en aquellos que renuevan la maldición al visitar esos lugares. En este film hay una casa encantada que parece un domicilio más, pero está envuelta por una atmósfera perturbadora. Algo ocurrió allí en cierta ocasión... e incluso ahora permanece un repugnante ambiente estancado, un terror que emana del espíritu que posee el lugar. Todas las experiencias sobrenaturales sufridas por los distintos dueños de la casa, ignorantes de los terribles sucesos que acontecieron en el lugar, se mezclan en el tiempo, y se hace diáfana la auténtica forma del aterrador e invisible rencor que mora en el lugar. Este es el horror del rencor, que crece sin parar. Se ha desencadenado y no tiene fin.
La segunda (Ju On 2 ) está protagonizada por la actriz japonesa Kyoko Harase, que ha aparecido en una sucesión de películas de terror, pero no le gusta que se la encasille por ello como la reina del género. Embarazada de su prometido, Masashi, se plantea retirarse aprovechando su futura condición de madre y esposa. Mientras decide si debe seguir aceptando papeles en los que no puede poner el corazón, es contratada como invitada en un show televisivo sobre casos paranormales que prepara la filmación de un programa titulado "La casa encantada", que investigará el asesinato, varios años antes, de la señora de la casa, Kayako Saeki. Su cadáver fue encontrado en el desván por su marido, Takeo, que posteriormente apareció en una calle cercana, muerto por motivos desconocidos. Toshio, el hijo de seis años de ambos, desapareció sin dejar rastro. Desde entonces, las familias que han vivido en la casa y las personas vinculadas a ellas han desaparecido o muerto misteriosamente. El director del programa Keisuke Okuni, el presentador Tomoka Miura, la estilista Megumi Obayashi y el resto del equipo visitan la casa, una vivienda aparente normal de un barrio residencial. Nada destacable ocurre durante el rodaje del programa, lo que no deja de defraudar a Keisuke. Sólo Megumi, que tiene una especie de sexto sentido, se da cuenta de que Kayako y Toshio todavía rondan por la casa y decide irse de ella sin perder tiempo. Esa misma noche, en la sala de maquillaje de los estudios de televisión, comienzan a ocurrir de nuevo extraños sucesos que implican a todos los relacionados con la producción.