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Por Gustavo J. Vittori La fórmula de los Kirchner para acumular poder fue cancelar el debate interno y concentrar los recursos económicos. La coartada esgrimida fue el miedo social al abismo insondable; y el resultado, la hegemonía política. Una vez lograda, las consecuencias fueron el bloqueo de los intercambios democráticos, el autoritarismo creciente, el centralismo desbocado, el empobrecimiento de las ideas, la degradación de los argumentos, el desplazamiento de la racionalidad, la atonía de las instituciones, la angustia de la ciudadanía, el estallido de las pasiones, la reaparición de la violencia política, el desconocimiento del otro, la prédica del odio, la desnudez del resentimiento, la pulsión de venganza. Los Kirchner parecían estar saldando una deuda con su propia historia, lavando alguna culpa lejana pero insoportable. El problema es que la sociedad argentina les servía de diván, hacía de soporte, se convertía en objeto necesario pero sin vida propia y empezaba a padecer las consecuencias. La enorme mayoría de los argentinos no quiere volver al pasado y reclama el derecho a construir un mejor destino. No significa que olvide o convalide las aberraciones de una historia traumática, pero aspira a superarlas, máxime cuando muchos ni siquiera habían nacido cuando sucedió lo peor. Los Kirchner, por el contrario, aparecen cristalizados en su ideario juvenil y encerrados en el círculo de una militancia blandida como marca de origen y registro de pertenencia. Fuera de ella, todo es dudoso, innoble, peligroso. El problema es que conducen un país con 40 millones de habitantes, en el que los militantes son unas decenas de miles. De modo que el primer gran tema es cuantitativo; y aquí, el contraste de los números entre ciudadanos comunes y militantes es abismal. Pero además está el plano cualitativo, que es todavía peor porque la pareja presidencial está convencida de su verdad. Y los que no la comparten son enemigos, traidores o, en el mejor de los casos, equivocados "que algún día se darán cuenta". En sus expresiones y sentencias no hay una brizna de duda. Ésa es su tragedia. Y la nuestra. Si algo caracteriza a la modernidad es la provisoriedad de la verdad. La dinámica del conocimiento pone en continua crisis "verdades" aceptadas hasta el día anterior. La ciencia se agita cada día con descubrimientos que corren la frontera de lo conocido y multiplican las preguntas en progresión geométrica. La tecnología ensancha el campo de la experiencia humana e impulsa mutaciones sociales que desvelan a la sociología. La información recorre en tiempo real la red de redes mientras atraviesa las fronteras nacionales sin pedir permiso. Los flujos financieros circulan por el mundo las veinticuatro horas creando por igual oportunidades y vulnerabilidades. La arqueología, la paleontología y la antropología descorren velos y más velos sobre el pasado del planeta y sus habitantes, tantos como los que descubre la biología mediante la progresiva decodificación de los genomas. La filosofía se angustia ante nuevas preguntas. La política se recrea a mayor velocidad. Entre tanto, los Kirchner se aferran a algunos libros que acompañaron su iniciación en la militancia y que hoy tienen un rancio olor a moho. Es cierto que a veces abren otras páginas más actuales, previa orientación de algunos intelectuales próximos que integran el retroprogresismo nacional y los confirman en su visión del mundo. Es el caso de la politóloga belga Chantal Mouffe, que en medio del desgarramiento étnico que padece su país teoriza con dramatismo respecto de la imposibilidad de alcanzar consensos nacionales en la esfera pública y sobre los problemas que plantea una identidad colectiva ("Un nosotros no puede existir sin determinar quien está afuera", dice). Música para los tribalizados oídos kirchneristas. Ahora se entiende mejor por qué la pareja presidencial pone tanto énfasis en diferenciar entre "nosotros" y "ellos", contraste que puebla sus discursos de los últimos tiempos. Uno de los signos de la tilinguería intelectual de los argentinos con epicentro en Buenos Aires es reproducir sin beneficio de inventario cuanta novedad llegue de Europa con la bendición de las capillas integradas por sus izquierdas políticas y culturales. A diferencia de Bélgica, que experimenta un grave conflicto interno luego de décadas de estabilidad y desarrollo, la Argentina necesita construir un "nosotros" que la rescate de las cenizas dejadas por el fuego de cerriles, brutales y crónicas divisiones. Nuestra invencible patología es la tendencia a la división y la destrucción. Ése es nuestro problema. Lo mismo puede decirse de la exaltación de las utopías en los discursos de Cristina Kirchner, quien parece no comprender que ese utopismo de matriz europea ingresó a América con las carabelas y desde entonces contaminó nuestra percepción de la realidad. Esas fantasías inflaron las velas de los europeos en busca del Paraíso terrenal (que se ilusionaron con encontrar en las nacientes del Orinoco); o la Fuente de Juvencia, proveedora de la eterna juventud; o El Dorado, rebosante de riquezas mitológicas; o el hombre nuevo, que sin pecado ni malicia revolucionaría la condición humana. Buscadores de aventuras y "maravillas", de riquezas y novedades dignas de los gabinetes de los coleccionistas, Äasociados, sin duda, con el "descubrimiento" de algo distintoÄ nos inocularon fiebres que aún hoy perturban nuestro registro de la realidad. Nuestro problema es inverso. Se trata de poner los pies en la tierra y terminar con delirios que nos emboban y nos detienen. El convencimiento de los Kirchner de que están destinados a cambiar la historia exuda un componente mítico. Tienen la "verdad", el poder, el "modelo" político y el apoyo militante Älos "soldados"Ä necesarios para redimir a la Patria. Si los "otros" no entienden, hay que barrerlos. "Al enemigo, ni agua", vociferó Hebe de Bonafini, mientras D'Elía pedía la rendición incondicional del campo, percibido como el enemigo a derrotar. Sin embargo, la estrategia guerrera de los sectores más duros del kirchnerismo tropezó con la firme resistencia de los ruralistas que pronto se amplificó con el apoyo de las ciudades hartas del cotidiano maltrato del poder, agravado en sus efectos por una inflación que come los bolsillos y una inseguridad que amarga la vida. Este indigerible combo existencial explica en buena medida la generalizada reacción popular, que hizo catarsis en las calles y plazas del país con manifestaciones que por su magnitud asombraron a todos. Ante las descomunales dimensiones de un conflicto que la tozudez de Néstor Kirchner realimentaba sin pausa, el hierro caliente pasó al Congreso y la Argentina Äque redescubría el valor de las institucionesÄ respiró aliviada. Sin embargo, ese sentimiento duraría poco. Enseguida chocaría contra la inflexibilidad del ex presidente. El gobierno intentaba colocarse por encima de la contienda con el argumento de que representaba el interés general frente a las exacerbadas apetencias de un sector. No obstante, no se trataba de un sector más, sino del cimiento económico del país, y las razones de su lucha se oían mucho más sensatas que las cambiantes explicaciones del gobierno. Por lo tanto, la conmoción del sector hizo temblar el completo edificio de la República. Como dije en una nota anterior, con el extendido apoyo de la ciudadanía, la causa del campo se nacionalizaba, excedía la noción sectorial. A la vez, del otro lado, el gobierno Äel kirchnerismoÄ asumía progresivamente el perfil de una facción recalcitrante y contumaz. Así, se convertía en sector; peor aun, se reducía al tamaño de una secta. El ex presidente, con gestos y actitudes de militante, llamaba a ganar la calle y gritaba irrealidades desde las tribunas ante un pueblo asombrado. Y el secretario de Comercio de la Nación, el hombre que crea índices a la medida del gobierno y al mismo tiempo calcula los costos de la producción rural, atronaba las calles porteñas con un canto agresivo cuya intención y cadencia nos devolvía a los "70: "Olé, olé/ olé, olá/ gorilas putos/ van a pagar/ las retenciones del gobierno popular". Un día se sentaba a la mesa de un diálogo sin destino con los ruralistas; y al otro, los escarnecía en sus manifestaciones callejeras contra el campo. Nunca se había visto algo parecido. En este clima, cada vez más caliente de confrontación, Kirchner redoblaba apuestas en su fuga hacia adelante. Descontrolado, maltrataba a sus propios "soldados" y les exigía resultados que él mismo imposibilitaba con decisiones que hacían crecer los niveles de resistencia popular. Distintos sectores del justicialismo leyeron a tiempo la realidad y fisuraron el bloque del poder. Como ocurriera con la famosa plaza del "74 Äcuando Perón echó a MontonerosÄ, las aguas comenzaban a dividirse. En el Senado, la suma de sectores puso freno a los desbordes de Kirchner. La confluencia tiende a recomponer el concepto y la vivencia de la Nación, a superar la estrechez de la tribu ideológica y abrir espacio a los juegos ciudadanos que la Constitución habilita y garantiza. El país ingresa a un nuevo umbral político. |


