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Crónica política
El dilema de Cobos y la nobleza de la política
Por Rogelio Alaniz "No hay hombre que no haya sido en cada momento lo que ha sido y lo que será". Oscar Wilde Dos derrotas sufrió el gobierno esta semana. Una, en el Parlamento; la otra, en la calle. Para los Kirchner, el balance se parece a una catástrofe. En realidad, para cualquier gobierno lo sería. Mucho más para un gobierno que dice encarnar la voluntad popular o que ha prometido librar una lucha a brazo partido contra la oligarquía terrateniente. A estas derrotas, las sociedades en ciertas circunstancias pueden perdonarlas. Quienes no suelen perdonar son los peronistas. Para la cultura populista criolla todo puede consentirse, menos la derrota. No van a ser los opositores los que van a pedir la cabeza del poder kirchnerista. El pedido de linchamiento va a venir del propio peronismo. Un peronista leal al cadáver lo acompaña hasta la puerta del cementerio. Ni un paso más ni un paso menos. La posibilidad de que Cristina llegue al 2011 dependerá de los opositores. El peronismo desde antes de ayer está conspirando. Un error más de los Kirchner y la chusma, debidamente soliviantada, saldrá a la calle a asaltar supermercados. Esa película ya la vimos. Más de uno quiere volver a verla. Los directores, los guionistas y los actores ya son conocidos. El desenlace, también. Para más información, conversar con Alfonsín o De la Rúa. En cualquier país, un presidente puede perder una votación en el Parlamento. Hace unas semanas, a Lula le pasó algo parecido, pero la noticia no produjo ninguna alteración. Sin embargo, en la Argentina, a la derrota del kirchnerismo en el Senado el oficialismo la vivió como una tragedia. ¿Por qué esta diferencia con Brasil? Porque en ningún país serio un conflicto se exaspera hasta convertirse en una cuestión de vida o muerte. Dicho en términos futboleros, el error del gobierno fue haber transformado un partido amistoso entre casados y solteros en una final por el campeonato del mundo. Dicho en términos políticos: los conflictos se negocian; se apaciguan, si es necesario. Nunca se los tensiona. Y mucho menos cuando los indicios de la derrota son cada vez más evidentes. Los Kirchner se han equivocado. Hoy ya es un dato del pasado. El problema es que, a juzgar por sus declaraciones, están dispuestos a seguir equivocándose. Y éste es un problema del futuro. Un problema para los que gobiernan, claro. Pero, antes, es un problema para la sociedad, porque los fracasos de los gobiernos son de alguna manera fracasos de todos. A los platos los rompen los Kirchner, pero, después, seremos los argentinos quienes pagaremos las cuentas. No es casualidad que el héroe de la jornada del jueves haya sido Cobos. El azar, la combinación impensada de circunstancias, lo colocó en uno de esos lugares en los que la historia pone a prueba a los hombres. Cobos supo estar a la altura de las circunstancias. Su actitud fue ejemplar y conmovedora. Sus vacilaciones, sus dudas, sus desgarramientos internos, también sus miedos, estuvieron presentes en sus palabras, en sus gestos, en sus silencios. Nadie puede pensar que Cobos interpretó un libreto. Pero le salió como si lo hubiera ensayado. Seguí sus palabras a las cuatro de la mañana con ojos insomnes. Hasta último momento, no sabía a ciencia cierta cuál iba a ser su voto. Creo que a quienes lo escuchaban les pasaba lo mismo. Tal vez a él le ocurría algo parecido. Pocas veces en la historia política un hombre debe tomar una decisión de semejante envergadura. La hazaña moral de Cobos es que supo afrontar el desafío no como un héroe, sino como un hombre real, de carne y hueso, que sabe de sus límites, que asume sus miedos pero que, a pesar de todo, está dispuesto a hacer lo que debe. El héroe moderno está hecho con la madera del hombre común. No es Ulises, no es Aquiles. Mucho menos, Superman o el Llanero Solitario. Es el hombre sencillo, austero, poco espectacular, que está donde debe estar y hace lo que debe hacer. Sin esperar otra cosa que el reconocimiento de las personas que en esas situaciones límite son las únicas que importan: sus hijos, su familia. Aron decía que la política es una de las actividades nobles de la humanidad. Lo ocurrido el jueves a la madrugada justifica sus palabras. La política, en ciertas circunstancias, es noble porque puede colocar a los hombres ante grandes dilemas morales. En un universo regido por el utilitarismo o los diversos grados de hipocresía y cinismo, el discurso de Cobos adquirió una singular grandeza porque instaló en un primer plano el dilema moral. El voto de Cobos reconcilió a la política con la sociedad. También reconcilió a la sociedad con la política. Su decisión fue una contribución sensata, responsable, a la paz social. Las palabras que justificaron su voto estuvieron tensionadas por la duda, pero fueron palabras sabias. En las sociedades democráticas no se puede aprobar una ley que es resistida por la mayoría. Mucho menos, cuando esa sociedad le ha ganado al populismo la batalla cultural y la batalla política. La historia suele ser azarosa, pero se las ingenia para instalar en los lugares difíciles a los hombres necesarios. Está claro que la decisión de Cobos pertenece a su intimidad, pero también es patrimonio de una cultura política. Con su voto, Cobos demostró que, más allá de aciertos o errores políticos, es por sobre todas las cosas un radical. Tal vez el radical que hoy más hizo para honrar al centenario partido. A los radicales se los puede criticar o apoyar. Como todos, cometen errores. Y, en los últimos años, seguramente cometieron demasiados errores. Sin embargo, cuando lo que está en juego es un dilema moral y republicano, no se equivocan, no fallan. Su compromiso con las instituciones de la República es sincero. Su lealtad no es la obsecuencia, el verticalismo, la disciplina corporativa. Son leales a una cultura política, a una manera de entender el Estado de derecho. Con su voto, Cobos honró a su partido, a la tradición de un partido que dio a la historia hombres como Illía, Larralde, Lebensohn, Balbín y, por qué no decirlo, Raúl Alfonsín, el único ex presidente que los argentinos podemos mostrar ante el mundo y ante nuestros propios hijos sin avergonzarnos. La puesta en escena del jueves a la madrugada fue perfecta. Ni Raúl Beceyro habría logrado un documental tan preciso, tan elocuente. El contrapunto entre Cobos y Pichetto, las tribulaciones de uno y la mirada vidriosa y dura del otro, compusieron una escena por la que Tarantino habría dado lo que no tiene para filmarla. Las palabras de Pichetto, citando a Jesús para proponer que lo ejecutaran, las habrían querido decir con ese mismo tono, con esa expresión entre resignada y valiente, George Raft, James Cagney o Humphrey Bogart. También en ese duelo de miradas y gestos se confrontaron dos culturas y dos maneras de entender la política. También dos lealtades: la lealtad al jefe y la lealtad a las instituciones. El jueves por la noche, a los Kirchner se les derrumbaron varias cosas. El voto de Cobos sepultó la resolución ministerial 125/08, pero también puso punto final a la llamada transversalidad. No terminan allí las malas noticias. El voto de Cobos fue, de alguna manera, el punto de partida del poskirchnerismo. El interrogante que se abre hacia el futuro es si al poskirchnerismo lo va a liderar la señora Cristina. Yo creo que no hay poskirchnerismo con Cristina. La sociedad política que integran los Kirchner es muy sólida. Fue tejida a lo largo de muchos años. Su trama está hecha de secretos compartidos, de luces y sombras, de intereses y compromisos. Las recientes declaraciones de ella verifican una vez más lo que Talleyrand dijo alguna vez de los Borbones: "No aprendieron nada, no olvidaron nada". Al poder, los Kirchner lo conquistaron juntos. Sería lógico que lo perdieran juntos. Ojalá que esta vez la lógica no se cumpla. |


