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Llegan Cartas
Tal vez sólo era enojo
Señores directores: Hoy mientras caminaba vi desaparecer esquinas, caer muros, emerger edificios rectangularmente amorfos. Vi monumentos pintados de nada y viejas hojas de un cuento que no sé si alguien podrá volver a relatar. Tal vez era enojo, o tal vez cansancio. Tal vez esa especie de enfado o el color del fin del día volvían transitoria la belleza de cientos de cuadros, de las cuarenta y cinco exposiciones diarias, de las doscientos veintidós hojas de papel impreso, los actos informales, los solemnes, hasta de los sueños por alumbrar. Entonces decidí escribirle a mi cansancio. Y pensar para que juntos pensemos cómo hacer. Cómo hacer. Con los maestros, los constructores, los adolescentes, los distraídos. Los músicos, los políticos viejos y los políticos nuevos, los señores y las señoras. Los ricos y los olvidados, los pobres y los indiferentes, los optimistas y los escépticos. Cómo hacer para que ningún muro, ningún Estanislao, ningún viejo o nuevo grafiti nos vuelva a enojar, a distraer, a hacer hablar una vez más de todo lo que nos olvidamos de cuidar. Entonces, mientras pensaba, sólo por tozudez me puse a escribir frases. Frases de todo tipo. Despojadas y barrocas, meticulosas y torpes. Simplemente me puse a escribir. Y a recordar: declamaciones, jornadas, décadas, proyectos de ley y leyes con proyectos, ordenanzas, comisiones de trabajo, gestiones públicas, privadas, discusiones, escritos, papers, congresos, declaratorias, abrazos con símbolos y símbolos despojados. El patrimonio en boca de historiadores, arquitectos, escultores, juristas, el patrimonio proclamando paredes a preservar, compensando olvidos, inventando homenajes, recorriendo grabados. El patrimonio y su música, sus tronos de antaño, sus circuitos nuevos, sus silencios por exclamar, sus tierras por redescubrir, sus papeles por ordenar. El patrimonio, de moda u obsoleto, conocido en su profundidad conceptual o denostado por repetición. Y justamente, mientras aún el atardecer duraba, se me apareció un grafiti en la vereda donde termina la calle. Allí donde terminan los expedientes y las notas y los comentarios y los señores y los discursos. Allí donde perduraba la pena. Allí donde tal vez el camino sea un niño y también la risa o el pizarrón, o los debates aquellos y los que nos habitarán, aunque mañana otra noticia, otra estación en ruinas, otra casona, otro olvido ponga lágrimas al enojo o tozudo desafío en el dilema significativo de preservar o demoler. Alicia Talsky, ciudad. |