Opinión: OPIN-04 La percepción de un gobierno a la deriva

Por Fernando Laborda

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Desde que están en la Casa Rosada, nunca los Kirchner escucharon tantos cuestionamientos públicos a su gobierno por parte de empresarios como en los últimos días. Hasta representantes del mundo financiero e industrial cercanos al kirchnerismo perdieron la timidez característica de los hombres de negocios durante más de cinco años. Un nuevo síntoma de debilidad sacude al gobierno.

Ningún primer mandatario ha sufrido desde 1983 hasta hoy una tan pronunciada caída en la consideración ciudadana en tan poco tiempo. Pero más que ese dato, sorprende a empresarios y economistas que un gobernante no tenga presente una vieja frase de Marco Tulio Cicerón: "Todos los hombres pueden caer en un error, pero sólo los necios perseveran en él".

Tras la reapertura democrática de 1983, Raúl Alfonsín arrancó muy mal en materia económica. Mas no dudó en reemplazar en el Ministerio de Economía a su viejo amigo Bernardo Grinspun por Juan Vital Sourrouille y en idear el plan Austral, que posibilitó un cambio de expectativas en la sociedad y le aseguró al partido gobernante el triunfo en las elecciones legislativas de 1985.

Carlos Menem también comenzó su gestión con grandes dificultades económicas en 1989. Pero cambió a tiempo: convocó a Domingo Cavallo y lanzó el plan de convertibilidad. Modificó las expectativas e hizo olvidar la hiperinflación.

Ninguno de esos planes económicos fueron sustentables en el mediano plazo. No es ésa la discusión. Lo relevante es que permitieron a los gobernantes cambiar el ánimo social y alentar esperanzas.

¿Qué esperanzas puede sembrar Cristina Fernández de Kirchner si no da un golpe de timón y sorprende con algunas medidas que puedan ser percibidas como la salida a la crisis?

El reciente seminario del Consejo de las Américas fue pensado en sectores del gobierno como una oportunidad para mostrar una suerte de relanzamiento de la gestión K. Pero los discursos de los funcionarios allí presentes no convencieron a nadie. Sólo sumaron incertidumbre.

Horas atrás hubo quienes se entusiasmaron con la versión de que podría haber algún acercamiento al Club de París para negociar con realismo la deuda argentina de 6.500 millones de dólares o que podría darse alguna señal hacia los bonistas que se negaron a entrar en el canje de deuda concretado en 2005. Nada de eso fue anunciado.

El titular del Banco Central, Martín Redrado, mencionó la necesidad de reducir la inflación. Pero, a su turno, el jefe de Gabinete, Sergio Massa, volvió a confundir: "Hablar de un plan antiinflacionario suena cavallista", dijo.

Massa, al llegar al gobierno, se había planteado un plazo de 45 días para que se iniciara la normalización del Indec y se dieran señales de confianza en materia económica. El plazo está cerca de cumplirse y no se han registrado avances. No faltan quienes le sugieren que no dude en dar un portazo si los cambios que busca imponer le son negados por el matrimonio gobernante.

Las buenas intenciones del jefe de Gabinete han sido vetadas, una tras otra, por el controller de la política económica que tiene el Gobierno: Néstor Kirchner.

Al intendente de Tigre en uso de licencia podría pasarle algo parecido a lo que le ocurrió a su antecesor en la Jefatura de Gabinete, Alberto Fernández. Este último pensaba que su disputa era con Julio De Vido, hasta que advirtió que, en realidad, era con Néstor Kirchner. Cuando la presidenta de la Nación terminó resolviendo la pugna en favor de su marido, 38 días atrás, Fernández dejó el Gobierno.

Ahora, también a instancias del ex presidente, y al menos por el momento, se ratificó al ministro de Economía, Carlos Fernández, y se congelaron los cambios en el Indec que impulsaba Massa, quien en los últimos días optó por bajar su perfil y mostrarse alineado detrás de la ortodoxia kirchnerista.

No es Massa el único funcionario inquieto. Allegados a la ministra de Salud, Graciela Ocaña, dejan trascender que abandonará su cargo si la presidenta de la Nación no la avala en sus denuncias sobre irregularidades en el sistema de distribución de subsidios a empresas y obras sociales sindicales.

El jefe de Gabinete sólo atinó a tratar de llevar tranquilidad al mundo empresarial, asegurando que el país va a honrar sus compromisos. El problema es que el mundo ya no aguarda señales del gobierno argentino; espera hechos concretos. Cristina Kirchner y su equipo deben pasar de las palabras a las cosas.

La intranquilidad, las dudas y los informes financieros negativos sobre la Argentina continuarán hasta que quede demostrado que el país tiene pleno acceso al mercado de crédito internacional. Hasta que eso no ocurra, seguirá cundiendo la sensación de que el gobierno es una nave a la deriva, y con cada vez menos viento de cola, que en cualquier momento podrá estrellarse contra un iceberg.

Algunos economistas consideran que para retornar al mercado financiero internacional y evitar el iceberg es menester cancelar la deuda impaga con el Club de París desde 2002 hasta hoy, aunque deba recurrirse a reservas del Banco Central. En la otra vereda, asesores gubernamentales propician utilizar ese mismo dinero para financiar emprendimientos productivos y desarrollar infraestructura.

Hay certezas de que, por más que el matrimonio presidencial perciba la necesidad de cambiar para sobrevivir, algunos pilares de la política económica no podrán sufrir modificaciones. Por ejemplo, la convicción kirchnerista de que es mejor un peso en manos del Estado que en manos privadas; de que la potestad de recaudar y distribuir del poder central es innegociable, y de que el intervencionismo estatal es una fuente de gobernabilidad. En síntesis, la base del esquema de poder kirchnerista no se toca. Por lo menos, hasta que una rebelión de gobernadores provinciales fuerce a los Kirchner a hacerlo o a tomar otra decisión.

Hasta economistas heterodoxos cercanos no hace mucho al kirchnerismo reconocen que el esquema de subsidios del Estado debe ser desmontado. Uno de ellos, Eduardo Curia, alertó que "el año que viene se verán fieras que deberán ser calmadas" .

El rumbo no parece definido. Y el doble discurso presidencial sigue a la orden del día: la presidenta asegura que no firmó ni firmará decretos de necesidad y urgencia y que se desvive por la institucionalidad; sin embargo, admite el burdo falseamiento del Índice de Precios al Consumidor por el Indec.

El peor error que cometería el matrimonio gobernante sería pensar que con los leves retoques operados en el gabinete, con una comunicación algo más fluida con la prensa y con el incipiente repunte en las encuestas sobre imagen positiva todo volvería a ser como antes.

En la noche del miércoles, Néstor Kirchner instó a una veintena de intendentes bonaerenses a dialogar "con los amigos y con los enemigos también", y dio por superada la pelea con el campo. ¿Habrá que creerle? ¿O será mejor recordar que, años atrás, el propio Kirchner les sugirió a empresarios que no prestaran tanta atención a lo que decía como a lo que hacía?

En todo caso, no faltan médicos psicoanalistas que, al evaluar el fenómeno Kirchner, advierten sobre los peligros del sentimiento inconsciente de culpa, por el cual explican que un niño pequeño, cuando rompe un juguete, tal vez intente arreglarlo, pero, si no lo consigue, salta encima de él con toda su furia.