Señores directores: El 30 de julio, nuestro hijo Nicolás, de 18 años, fue brutalmente agredido por dos personas. El hecho ocurrió en el sur de nuestra ciudad. El motivo era robarle sus pertenencias, y, pese a que él no se negó, quisieron matarlo usando una navaja. Dos cortes profundos en su cuerpo y un terrible golpe en su cabeza lo dejaron al borde de la muerte. Nico se vio, de repente, con sendas perforaciones en su pecho y en su abdomen: de ambas fluía sangre y no sabía qué hacer. Decidió caminar y dirigirse a la casa de un amigo (que, dicho sea de paso, era su original destino) para pedir ayuda. En el camino se encontró con un hombre muy bien vestido, de traje y corbata al que le pidió socorro en dos oportunidades. En ambas, el señor se negó a dárselas.
Ya en la casa de su amigo, fue atendido por la mamá de su compañero y una amiga de ésta última, quienes también llamaron al servicio 107, que concurrió con fuerza policial, y trasladaron a nuestro hijo hacia el Hospital Cullen, donde en tiempos ágiles le realizaron estudios que diagnosticaron algunas lesiones internas de consideración, por lo que se decidió efectuarle una cirugía exploratoria durante la que se le cosieron algunos músculos y el diafragma, que se encontraba lesionado. Se nos informó, además, que, si bien la pleura estaba agredida, no había sido lesionada y que ahora había que esperar.
Nico permaneció internado por el lapso de tres días. Hoy está en nuestro hogar, debe realizar reposo, su rehabilitación física (no sabemos la psíquica) demandará varios meses; porta 22 puntos de costura en su cuerpo y rebasa de cariño y mimos que amigos y familiares le brindamos.
Provenimos de una militancia cristiana y humanista. Siempre creímos en el ser humano, que éste es bueno y que determinadas ocasiones en su vida lo llevan a efectuar actos ilícitos. Creemos profundamente en que ciertas condiciones culturales, educativas y sociales llevan a muchos de nuestros semejantes a concretar actos inmorales. En un acto de simplismo conceptual hoy creemos que la vida (al menos nuestra vida, nuestra existencia) posee dos veredas: en una de ellas transitan quienes quisieron matar a nuestro hijo: son tipos sin códigos, sin razones humanas, con impulsos animales. Nos resignamos (como laburantes que somos) a que nos roben. Alarmas, rejas, cuidados parecen no alcanzar. Estamos entregados a que nos saquen lo material: Nico no se resistió al robo, entregaba todo lo que le pedían. ¿Qué impulso animal los llevó a agredirlo de esa manera?
Por la misma vereda camina también el señor elegantemente vestido, que no quiso ayudar a Nico, que lo dejó librado a su suerte. Se nos dirá que la gente tiene miedo, que hay desconfianza y es cierto. Pero, ¿qué temor puede generar un adolescente que camina encorvado, con sangre en su rostro, pecho y estómago y que pide ayuda?
En la otra vereda caminan centenares de almas blancas, y a ellas nuestro agradecimiento: los responsables del servicio 107 y los efectivos policiales que trasladaron a nuestro hijo hacia el hospital y que lo acompañaron conteniéndolo en ese difícil momento. Mariela Romero, Marcelo Mestre y Susana Presti, que recibieron a Nico, le hicieron los primeros servicios de auxilio y llamaron a la ambulancia. Los médicos de la guardia del hospital Cullen, los camilleros, el cirujano Dr. Sergio Medina. Las enfermeras y los médicos de la sala 6, que contuvieron a estos papás desesperados; los colegas periodistas, que pusieron todo lo de ellos para estar a nuestro lado. A nuestra familia, siempre con nosotros. Y, por último, caminan por esta vereda los eternos amigos de Nico y los nuestros.
Hoy nuestra vida cambió, pero seguimos transitando por "esta" vereda, convencidos no sólo de que somos más, sino también de que es el único camino para que todos los Nicos puedan vivir en un país que los respete.
Ricardo y Gaby Serruya.Ciudad.