Escenarios & Sociedad: SOCI-04
"VISIONES" EN IMAGO
Fernando Espino y sus gestos absolutos
Este viernes a las 20 en el espacio de arte Imago -Rivadavia 3238- quedará inaugurada la muestra del artista. A continuación Juan José Saer y Hugo Gola lo pintan.

"Su pintura es sobre todo la encarnación de un intento de comulgar con el mundo. Imágenes y símbolos, que se renuevan o repiten, están destinados a apropiarse de las cosas y los seres, a convivir con ellos en un frágil equilibrio que perdura más allá de la iluminación momentánea", escribe Hugo Gola en "Espino Pintor" sobre el artista Fernando Espino. Parte de su obra, en este caso contenida en el concepto de "Visiones", se podrá conocer desde este viernes. La inauguración de la muestra es a las 20 en el espacio de arte Imago -Rivadavia 3238.

Espino nació en Rosario, en 1947. Estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Santa Fe. Obtuvo el título de profesor de Dibujo en 1953. Dio clases de Pintura y Dibujo en el Liceo Municipal de Esperanza y en el Liceo Provincial de Paraná. También desempeñó un cargo técnico en el Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez y luego se dedicó plenamente a la pintura.

"Espino vivió toda su vida alejado de modas y escuelas aunque las conociera muy bien a todas. Sabía que una obra existe sólo cuando crea su propio lenguaje, lenguaje único que poco tiene que ver con la destreza. En él la forma ya se tratara de una simple mancha sobre la tela o de una construcción realizada con exactitud matemática surge siempre impulsada por una carga interna ineludible. No hay en su pintura alarde técnico pero tampoco ninguna distracción. Desestimó lo que aparecía meramente como "bien pintado'.

"Sus cuadros nacen de un gesto absoluto modulado por una vigilancia extrema que impide toda reiteración. Recuerdo ahora que Espino destruyó muchos de sus trabajos sometiéndolos al fuego; era su modo de purificarse, en un ademán semejante tal vez al de Li Po cuando quemaba sus poemas escritos en efímeras envolturas de cigarrillos. Me parece que en ambos casos, más que un impulso destructivo había en ese gesto una prueba de humildad, y quizá, al mismo tiempo, de íntima confianza... Su humor, bastante cáustico, lo defendió de un entorno indiferente y a menudo hostil y él supo convertir la carga de violencia, que también atravesaba su vida, en obras de equilibrio y armonía. La materia que utilizaba, fue, en general, escasa. Pintó con casi nada, atento únicamente a su energía espiritual. Cada obra un soplo, una prueba, un testimonio despojado del enigmático universo".

EL ANCHO DE LA VEREDA

Recuerda Saer en "Una deuda en el tiempo": "La primera vez que lo vi, hacia 1957, debían ser las ocho de la mañana; éramos un grupo de amigos, que habíamos estado de juerga toda la noche, y habíamos terminado en una parrilla que no cerraba nunca. Estábamos a decir verdad bastante borrachos -lo consigno sin orgullo pero también sin vergüenza- y de pronto uno de ellos, señalando hacia la vereda ancha de la Jefatura de Policía, en la esquina opuesta en diagonal a la del restaurante, exclamó "íAllá va Espino!' y salió a la puerta a llamarlo. Yo me di vuelta para contemplarlo y vi una figura oscura, en mangas de camisa, flaca y encorvada, que caminaba haciendo unas eses tan amplias que con su diseño abarcaban todo lo ancho de la vereda soleada; iba tan abstraído en su borrachera que el que había salido a llamarlo tuvo que correr detrás de él, agarrarlo del brazo, y parlamentar un rato en la vereda para convencerlo de que se uniera a nosotros.

"Al fin lo trajo, lo que de todas maneras, no aportó gran cosa a la reunión porque, después de gruñir un saludo, se sentó en silencio en una silla, de la que fue deslizándose de a poco, medio dormido, hasta terminar roncando debajo de una mesa. Nunca había visto a nadie tan borracho y, con su sola presencia, Espino nos relegó al rango subalterno de calaveras aficionados. En 1957 yo tenía 20 años, de lo que deduzco que él debía andar por los 25. Había oído hablar mucho de él, no únicamente a causa de su talento, sino también en razón de su carácter salvaje, de su independencia artística y de su iconoclasia.(...)

"En 1965 me dio la autorización para usar uno de sus cuadros en la portada de un libro que estaba por publicar y cuando me lo encontré un año más tarde me recriminó suavemente que no le hubiese hecho llegar ni un solo ejemplar. Ya no recuerdo qué explicación le dí, pero, pensando en el hecho con cierta perplejidad, me dí cuenta de que, por considerarlo ya desde antes de haberlo conocido, inscrito en un plano mítico, por encima de las cosas humanas, llevarle un ejemplar de mi libro con la reproducción de su cuadro me parecía un gesto inadecuado y banal. Casi diez años atrás, él tenía para mí la dimensión fabulosa de ciertos personajes que estaba tratando de construir en algunos de mis relatos, e incluso había sido el modelo de artista en una novela de mis primeras novelas que quedó sin terminar.

"Una anécdota de Espino lo revela entero: el poeta surrealista Aldo Pellegrini, que vino como jurado al Salón Anual de la Provincia, nos contó a Hugo Gola y a mí, después de las deliberaciones, que Espino, que trabajaba en el depósito del museo, era el encargado de hacer desfilar los cuadros ante el jurado que los contemplaba, discutía e iba tomando sus decisiones. Espino, que era un simple empleado, con su eterno cigarrillo entre los labios, iba pasando los cuadros delante del jurado sin decir palabra. Ante el cuadro de un pintor local sin mucho talento, el jurado, después de una discusión prolongada, decidió darle un segundo premio porque el pintor, según uno de los miembros, había tenido una enfermedad grave ese año. Y Espino , que sostenía el cuadro en silencio, comentó con una sonrisa desdeñosa "¿y eso que tiene que ver?'".

DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL