Opinión: OPIN-05 Mala memoria
Vista de la cuadra en cuestión, a comienzos del siglo XX. Resalta la casa de altos que habitara el ex gobernador Simón de Iriondo, cuya recova se articulaba con la de los inmuebles que seguían hacia el este. Ese registro urbano, que desapareció con las sucesivas demoliciones, fue retomado luego por los modernos edificios de altura que se levantaron en esos terrenos. La única casa patrimonial de aquel conjunto era la de Iriondo, que presentaba un frente "italianizado" y un segundo patio con construcciones del siglo XVIII, típicas de la arquitectura de la Colonia. Foto:

Gustavo J. Vittori

La tormenta de ideas es un método empleado por grupos creativos o de análisis para estimular la inteligencia y la imaginación productivas. Se utiliza por igual en empresas modernas y en países centrales como apreciada herramienta para la innovación.

En nuestra ciudad, en cambio, las tormentas se hacen en vasos de agua. Minúsculas pero desgastantes, inútiles pero dañosas, nos dan la medida de nuestro atraso, nos muestran el bajo calibre de nuestras preocupaciones.

La última de estas turbulencias, microscópica en sus causas generadoras pero con ciertos efectos expansivos en determinados segmentos socioculturales, se produjo por el traslado de la fábrica de alfajores Merengo al barrio Roma y la puesta en marcha de un proyecto edilicio en el terreno que hasta ahora ocupara frente a la plaza 25 de Mayo, en Av. Gral. López entre San Martín y San Jerónimo.

En rigor, lo curioso es que hubiera una planta de fabricación de productos sencillos, semiartesanales y de poco valor agregado en un terreno céntrico de gran valor inmobiliario. Por lo tanto, la migración de la fábrica responde a una lógica elemental y sigue el camino de todas las fábricas del mundo que se alejan de los centros urbanos por razones de producción, de aprovisionamiento y, también, por argumentos de orden económico y urbanístico. Este es un caso más. ¿Cuál es entonces el problema?

Por lo que he leído y escuchado, se trataría de la supuesta "ruptura" de la tradición de 157 años de la alfajorería Merengo en el barrio Sur y de la demolición del "histórico" edificio que la alojaba.

Sin embargo, ninguna de estas afirmaciones es cierta. En primer lugar, la tradición sigue viva porque la marca está vigente y la fábrica sigue funcionando. El sitio en el que se realice la producción efectiva importa poco. En todo caso es más relevante el factor humano, la tradición familiar, máxime en este tipo de productos, elaborados en base a recetas antiguas y "secretos" bien guardados.

Desde hace décadas, esta tradición encarna en la familia Montemurro, pero se inició mucho antes Äa mediados del siglo XIXÄ con Hermenegildo "Merengo" Zuviría, así apodado por sus tareas de repostero. E, incluso, si se comparte la tesis de Horacio Rosatti, antes todavía, por obra y gracia de unas hermanas Piedrabuena Ävinculadas con su familiaÄ, expertas en amasijos criollos y en trasmutar la leche y el azúcar en el más dulce néctar de la gastronomía nacional.

De modo que entre un extremo y otro del recorrido histórico hay distintas personas y familias, así como períodos de discontinuidad comercial. Pero el nombre y el producto han perdurado.

En cuanto al lugar de la fábrica y comercio, sabemos que cambió varias veces. Estuvo emplazado en 3 de Febrero y San Jerónimo, esquina suroeste, en una casa de altos, donde en 1853 se alojaron los convencionales constituyentes José Benjamín Gorostiaga y Juan María Gutiérrez, actores decisivos en el Congreso que nos dio la primera Constitución. Luego se radicó enfrente, en la esquina noroeste, donde hoy se emplaza la sede de los Tribunales. Más adelante, ya durante el ciclo de los Montemurro, se mudó a 3 de Febrero entre San Jerónimo y 9 de Julio, vereda sur. Allí la recuerdo Äpor concurrirlaÄ durante mi infancia y juventud. En los "70 se trasladó al sitio que ahora deja.

En consecuencia es un dislate hablar de un edificio patrimonial y de mutilación de la memoria histórica. Es más, como en esa época acudía a diario, al Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales, porque se había despertado mi interés por la historia y daba mis primeros pasos en ese terreno bajo la guía de Agustín Zapata Gollán, puedo dar testimonio de los orígenes de la construcción que hoy motiva la polémica.

Agustín era un personaje convocante, y tanto a la mañana como a la tarde recibía la visita de amigos Äalgunos en grupos consolidados y periódicosÄ y de estudiosos e interesados en la historia colonial. Entre ellos solía asistir Hipólito Montemurro (padre), que habitualmente endulzaba desinteresadamente con sus alfajores y "conitos" los recibos oficiales en la enramada del parque arqueológico de Santa Fe la Vieja. Recuerdo una tarde en la que a solicitud de "Polo", Agustín ejecutó a mano alzada los primeros bocetos de lo que habría de convertirse en la nueva sede de Merengo. Nueva, aunque Montemurro se entusiasmara con un diseño de aire colonial que poco tenía que ver con la arquitectura confederal del tiempo de "Merengo" Zuviría, el fundador. Mucho menos, con las tendencias contemporáneas.

En verdad, Zapata Gollán era una suerte de expresión tardía del Renacimiento. Hombre de múltiples talentos, tenía la curiosidad del periodista, la paciencia del arqueólogo, el método del historiador, la pluma del escritor, la inspiración del artista. Era un buen dibujante y grabador; por eso y porque era un conocedor profundo de las cosas del período colonial, Montemurro le pidió la gauchada del dibujo de un local de comercio de "estilo" neocolonial. Zapata lo hizo, pero no era su fuerte. Y así quedaría demostrado en la derivación material de aquellos trazos realizados para un amigo.

Equívocos al margen, lo cierto es que el boceto de compromiso de Zapata Gollán se convirtió, supongo que con la participación técnica de un arquitecto, en proyecto construido, una obra "historicista", pintoresquista, adjetiva, de pobre diseño e inocultables problemas de escala. Pero se hizo, y se hizo con un cierto sentido de provisoriedad, ya que el proyecto de fondo era un edificio de seis pisos Äpor eso la dimensión de la estructura de baseÄ que en ese momento no se podía levantar debido a restricciones municipales.

Con los años, nuevas ordenanzas removieron los obstáculos para erigir allí edificios de altura y se construyeron dos, uno a cada lado del terreno en el que se erguía el local de Merengo. Así, perdió toda escala, en tanto el borde norte quedaba interrumpido por un gran vacío que le restaba consistencia física y estilística, perturbando severamente su carácter de marco de la plaza histórica y ceremonial.

Por consiguiente, el anuncio de la inminente construcción de un edificio que nivelará la altura de los que existen en sus flancos es, en principio, una buena noticia desde el punto de vista urbanístico, tanto como el hecho de que haya empresarios dispuestos a invertir en una ciudad que no se caracteriza por su capacidad de iniciativa privada real y efectiva.

Se pueden entender las reacciones de algunos vecinos por la pérdida de una referencia visual o de un sitio elegido para compartir una mesa de amigos. Pero no se puede pretender frenar un emprendimiento legítimo, lícito, generador de empleo y dinamizador de actividades profesionales y comerciales, con emanaciones de mala memoria, golpes de efecto emocionales y argumentos inconsistentes. Además, tampoco es cierto que Merengo se haya ido del barrio Sur, porque ya ha habilitado su nuevo local comercial en un edificio contiguo. Por lo tanto, no hay materia para la discusión, sino reflejos motorizados en algunos casos por vivencias propias y, en otros, por falta de información.

Lo que sí preocupa es la aparición de algunos cuestionadores crónicos que se oponen cuando hay propuestas para construir y también se oponen cuando hay decisión de demoler. "Palos porque bogas, palos porque no bogas". Resistentes a cualquier cambio que no sea el imaginado o impulsado por ellos, intentan exacerbar a la opinión pública con datos erróneos y sesgados juicios de valor.

Quienes se muestran preocupados por las tradiciones, entendidas como intangibles culturales, deberían empezar por respetar las normas de la Constitución, la tradición más importante de cuantas aquilata Santa Fe, reiterada sede de las convenciones constituyentes que han construido el edificio institucional de la Argentina moderna y que consagran, entre otros, los derechos a "trabajar y ejercer toda industria lícita... y a usar y disponer de su propiedad". Se lo debemos a la buena memoria.