Nosotros: NOS-13
Toco y me voy
Una para secar el cabello
Antes, el secado del pelo era una cuestión natural: o te secabas al sol y al aire libre, o te agarraba, con una naturalidad animal, la nona a vos y a todos con una única toalla -tipo lija gruesa: no sólo te secaba; te hacía masajes capilares y te largaba despejado y libre al mundo, otra que Spa- y listo. Pero no hay que negar los adelantos de la tecnología. Me parece que voy a tomarles el pelo.

Podría hacer una primera división genérica y señalar con antipatía que los varones tenemos menos problemas para el secado de nuestros cabellos, sencillamente porque tenemos menos o no tenemos. Pero no es una verdad absoluta: muchos vagos tienen lanas largas y requieren de más cuidados y tiempos de secado que la más coqueta de las mujeres. Y hay chicas que resuelven con inusitada practicidad la cuestión, pues se bañan, se secan un poco y ya. Igual, la cuestión está planteada y de última, por algún lado hay que empezar. Sí es cierto que la mujer requiere -o sea: quiere más, quiere previamente, necesita constitutivamente, clama- de mayores cuidados.

No se trata ya de la enorme batería de productos pre, durante y post lavado del cabello, sino de considerar el sistema de secado.

Muchas veces, cuando no hay prisas o porque sí, el secado es natural y las mujeres sólo se envuelven una toalla como si se tratara de un turbante, para luego dejar que el cabello se seque solito.

Decía que antes, la nona o tu vieja te secaban con una toalla y unas fricciones tan enérgicas que lo que único que querías era sobrevivir. Después de esas sacudidas, a quién le importaba el cabello: salir de esas garras posesivas e inapelables era el único objetivo.

Pero nuestras hermanas fueron creciendo y tomando decisiones propias sobre el modo de arreglarse el cabello. Y en algún momento, nadie sabe cómo, apareció en casa un primer secador del cabello, primitivo, que largaba un aire caliente peligroso y ya con olor a chamuscado.

La escala previa a ese adelanto que aceleraba el tiempo de preparación de una mujer para salir a la dura batalla por la búsqueda del macho cabrío (o aunque sea un manso gatito, algo‡) o por la más dura todavía de brillar más y estar mejor que la otra, aunque sea tu mejor amiga, era el ventilador. Esas viejas máquinas, al máximo, y la mujer a dos centímetros poniéndole el pecho (el cabello) a la situación.

Luego los secadores se fueron haciendo específicos, vulgarizados, generalizados e imprescindibles en cualquier hogar, de manera que su uso, diseccionado sobre el cabello podía secarlo de manera más rápida y efectiva.

También la forma fue cambiando: desde un tubo grosero del aspecto de una batata grande hasta la forma de revólver o arma espacial, que de última prepara también a la mujer par ejecutar -hay que cambiar nomás el artefacto a empuñar- al desalmado que no entiende los cuidados y dedicación que una mujer debe prestarle a su cabello, y la insoportable presión que significa que vos, botarate descuidado y desprejuiciado, digas muy suelto de cuerpo el "inocente": ¿Te falta mucho? Mucha gente viviría todavía hoy o por lo menos seguiría casado o en pareja con la misma mujer si no formulara esa pregunta en ese momento‡

También cambiaron los materiales desde luego, pero me parece que ahora muchas firmas se pasan de mambo. No sólo te aseguran que te venden secadores que secan el pelo, sino que te dicen en la cara misma -y no se les mueve un pelo, cuec- que en realidad no se trata de aire caliente sino de iones negativos. Loparió: una cosa es secarte el pelo con aire caliente y otra muy distinta es con iones negativos que tienen propiedades anti frizz (nada que ver con ananá fizz, que es otra cosa) y la capacidad de mantener la humedad natural del pelo pero al mismo tiempo el cerramiento de la cutícula. Tomá.

Pasa que son secadores halógenos con laser (tomá de nuevo) y la rejilla del aparato está recubierta con cerámica (tomá) y nano partículas de turmalina (recontratomá), que es una piedra semipreciosa que emite naturalmente iones negativos, además de generar un calor infrarrojo lejano. No es un secador de pelo: es una joya. No te seca el pelo: te hace feliz. Yo a veces sospecho que la brutal practicidad de la abuela era menos presuntuosa y tecnológica pero más sincera, y con resultados finales parecidos. No tenía, la nona, me parece, ni un pelo de tonta. Y no diré más.