Eloísa Cartonera nació como un pequeño espacio cultural en el año 2003, cuando el fenómeno de los cartoneros estaba en auge en Argentina, tras la crisis de 2000-2001. Surgió de la mano de los escritores Washington Cucurto y Fernanda Laguna y del artista plástico Javier Barilaro, como una propuesta comunitaria sin fines de lucro para impulsar la edición de libros artesanales elaborados con cartones recogidos de la calle.
"Comenzamos con la crisis", señala la editorial en su pequeño catálogo, pero no como un "producto de la crisis" ni como una forma de "estatizar la miseria". "Somos un grupo de personas que se juntaron para trabajar de otra manera, para aprender con el trabajo un montón de cosas como el cooperativismo, la autogestión, el trabajo para un bien común, como movilizador de nuestro ser", definen.
Desde entonces, sin saltar los límites de la marginalidad, la editorial ha cambiado de sede, se ha convertido en cooperativa, ha editado cerca de dos centenares de publicaciones y ha vendido miles de ejemplares, tanto en su pequeño taller de La Boca como a través de algunas de las más importantes librerías de Buenos Aires. "Hoy podemos decir que somos un producto del trabajo y queremos que nuestro trabajo sirva para todos", continúa el catálogo de Eloísa.
En su taller de La Boca, seis jóvenes -María, Alejandro, Juan Guillermo, Santiago, Miriam y Alfredo Leonardo, de edades comprendidas entre los 23 y los 35 años-, han encontrado en este proyecto una fórmula para ayudar a los cartoneros -como se conoce en este país a las personas que viven de la recolección de cartones de desecho- y fomentar la literatura.
Los libros se encuadernan con cartones comprados a los cartoneros que se pintan con témperas de colores vivos a mano; por eso cada ejemplar es distinto. "Son como libros dedicados, es algo sencillo pero cariñoso", explica María Gómez, de 26 años.
Algunos de los miembros de la editorial no tienen relación directa ni con la calle ni con la literatura, pero otros, como Miriam o Alfredo Leonardo, han cambiado la basura por los libros.
A sus 23 años, Miriam Sánchez -a quien todos llaman cariñosamente la "Osa"- sabe bien lo que es arrastrar un carro cargando cartones y basura reciclable, porque se ganó la vida en las calles durante mucho tiempo. Pero, desde hace un año y media, es una de las socias cooperativistas de Eloísa Cartonera y, como el resto de sus compañeros, cumple con todas las funciones en esta pequeña editorial: desde comprar los cartones hasta distribuir los libros en las librerías, en las ferias y los puestos callejeros.
Lo mismo sucede con su amigo Alfredo Leonardo, de 30 años, quien trabajó de cartonero hasta hace tres meses y ahora se afana en dibujar portadas imaginativas en la editorial. "La idea es que todos tratemos de aprender de todas las tareas de producción", apunta María, por eso los miembros de la cooperativa colaboran en cada una de las fases del trabajo.
"Eloísa compra el material a los cartoneros a 1,5 pesos el kilo, muy por encima del precio del mercado", subraya Alfredo.
Los trabajadores fotocopian los textos en una vieja impresora Multilit, del año 1970, luego los cosen con grapas, los encuadernan en los cartones y pintan las portadas a mano.
El único requisito necesario para convertirse en proveedor de la editorial es vender cartones de una sola lámina, limpios -porque no se reciclan antes de su utilización- y, a ser posible, de colores.
Los favoritos de María son las cajas de embalaje de los jabones en polvo, porque "están perfumados y el olor dura varios días", asegura.
Para esta joven universitaria, Eloísa Cartonera es un ejemplo de que existen fórmulas alternativas para llevar adelante proyectos de integración. "Queremos fortalecer la organización y tratar de que la gente se dé cuenta de que se pueden hacer otras cosas, no sólo tener un patrón, sino que se pueden tomar las herramientas de trabajo", explica.
La experiencia convenció a los dos últimos incorporados al grupo: Alejandro, chileno, y Juan Guillermo, colombiano, quienes se integraron al proyecto hace seis meses, atraídos por la idea de la cooperativa y la combinación entre el trabajo de los cartoneros y la literatura.
Su labor en Eloísa no les permite grandes lujos, pero les basta para pagar gastos y repartir entre los socios un salario cercano al sueldo mínimo en Argentina: alrededor de 1.000 pesos al mes.
La cooperativa, aclaran, se autofinancia con las ventas de los libros -5 pesos por cada ejemplar-, no recibe subvenciones y en tres ocasiones le ha sido negada una ayuda del Gobierno de Buenos Aires a proyectos de micro-empresas, por eso, como dice Miriam, "el objetivo es vender mucho".
Pero, además, Eloísa Cartonera tiene un objetivo claro de divulgación de autores latinoamericanos.
La editorial pide autorización a los escritores para publicar algunas de sus obras y no edita sin permiso previo.
En su catálogo figuran textos de poesía, cuentos, novelas breves, piezas de teatro y literatura infantil hasta acercarse a los 200 títulos.
La "joya" de Eloísa es el libro infantil "El sol albañil", del joven escritor argentino Ernesto Camili, en una cuidada edición de vivos colores tanto en las tapas como en el interior.
Autores como los argentinos César Aira; Ricardo Piglia; Alan Pauls; el chileno Enrique Lihn, o el mexicano Mario Bellatin, han dado su autorización para que Eloísa edite algunas de sus obras.
Una de las propuestas más ambiciosas de la editorial es publicar los cuentos completos del desaparecido escritor argentino Rodolfo Walsh en tapas de cartón.
Algunos autores no se han limitado a autorizar las publicaciones de sus obras y se han decidido a pasar por el taller de Eloísa en la Boca para ver el trabajo de los jóvenes, como el español Jorge Herralde.
Alejandro recuerda orgulloso cómo Herralde los visitó hace unos meses y compartió con ellos unos estupendos fideos caseros que, dice, le encantaron y le hicieron prometer que volvería.
Sin embargo, los hay también reacios al proyecto, como el peruano Jaime Bayly, quien -según Alejandro- no autorizó a Eloísa a publicar sus textos.
El ejemplo de la argentina Eloísa -cuyo nombre está inspirado en la novia boliviana de uno de sus fundadores- ha cundido y son varias ya las editoriales cartoneras de la región.
En Perú, nació en 2004 Sarita Cartonera, que cuenta con un catálogo integrado por más de medio centenar de libros.
Dos años después, a principios de 2006, el modelo se aplicó en Bolivia, donde nació Yerba Mala Cartonera, de la mano de los escritores Darío Luna, Crispín Portugal y Roberto Cáceres.
La experiencia sirvió para el nacimiento de otra editorial cartonera en el país: Mandrágora, en la ciudad de Cochabamba.
Pocos meses después surgió en Chile Animita Cartonera, que se fue abriendo paso y que hoy forma parte de Editores de Chile, una organización que integra a editoriales independientes del país.
Yiyi Jambo, en Paraguay, Dulcinea, en Brasil, y Cartonera, de reciente creación en Cuernavaca (México), completan la lista de editoriales cartoneras en la región.
Ahora, los "eloísos" argentinos tienen nuevos proyectos comunitarios para ampliar sus horizontes: conseguir un terreno en la provincia de Buenos Aires para sembrar una huerta y comercializar productos naturales y hacer un semanario "cultural y político" junto con organizaciones vecinales de La Boca.
"Quién sabe, si sale bien la huerta, quizá se puedan hacer dulces después para la venta", apunta María.
textos de Mar Marín.