Falta menos de un mes para las elecciones en Estados Unidos y los candidatos continúan debatiendo públicamente. Más allá de los contenidos de estos debates, importa destacar las bondades de este hábito democrático consistente en exponer los puntos de vista de los candidatos ante la opinión pública. Desde que el proceso electoral se inició hace casi un año, los principales dirigentes de los dos grandes partidos han polemizado, intercambiado puntos de vista y en más de un caso han expresado acuerdos ante una audiencia de millones de espectadores. El hecho merece mencionarse porque en nuestro país este hábito ha desaparecido si es que alguna vez existió. Por otra parte, nuestros dirigentes y opinólogos no han ahorrado adjetivos para calificar los supuestos vicios del sistema electoral norteamericano, sin percatarse de que en estas latitudes no se cumple uno de los principios básicos de cualquier sistema electoral competitivo.
Es verdad que los debates están muy bien organizados, demasiado organizados para el gusto de algunos observadores, pero en todos los casos los candidatos se exponen y siempre hay una novedad, una diferencia que le permite al público informarse sobre la calidad de los dirigentes y tomar la decisión que considera más conveniente. Al respecto, los analistas siempre recuerdan el famoso debate entre Kennedy y Nixon en 1960, hace casi cincuenta años, cuando una sonrisa inoportuna, una mirada fuera de tono, puso en evidencia algunas cuestiones de Nixon que no estaban presentes en su alocución verbal o que entraban en contradicción con sus palabras.
Sutilezas al margen, el debate entre Obama y McCain es ejemplar desde el punto de vista de una cultura democrática. La opinión pública ha tenido la oportunidad de conocer al detalle las opiniones de los rivales. Esto quiere decir que al requisito básico para tomar una decisión, nos referimos a la información, todos los ciudadanos han accedido. Como corresponde, cada ciudadano hará con esa información lo que considere más conveniente o le dará la importancia que se merece, pero en cualquiera de los casos no caben dudas de que estamos ante un proceso electoral que más allá de sus inevitables impurezas y de los intereses que habitualmente se ponen en juego, merece calificarse de ejemplar.
En el último debate, uno de los temas que se ha puesto en juego ha sido el de la política a seguir hacia América Latina, hacia lo que en otros tiempos se denominara, en términos peyorativos, su patio trasero. Las opiniones de Obama y McCain no trascendieron los lugares comunes. El candidato republicano le reprochó al demócrata no conocer América Latina, una imputación de valor político relativo ya que la presencia física en un territorio no es garantía de conocimiento y mucho menos de implementación de políticas correctas.
En general, los candidatos fueron cautelosos y medidos en sus opiniones. Es posible, por otra parte, que no tengan por el momento un panorama más o menos claro. En todos los casos, parecían más preocupados en la posible reacción del amplio y complejo electorado hispanoamericano que en los problemas reales del continente al sur del río Bravo.