Opinión: OPIN-04
La vuelta al mundo
¿Qué sabemos de la crisis?

Rogelio Alaniz

Respecto de la crisis financiera debemos hacernos cargo de dos cosas: que existe y que de ella sabemos poco. En el café o en la sobremesa tenemos el derecho de decir lo que mejor nos parezca, sabiendo de antemano que nuestras opiniones son eso, opiniones, es decir puntos de vista nacidos de una información incompleta y que pueden refutarse fácilmente. La otra certeza de la que nos podemos hacer cargo es que la crisis de alguna manera golpeará en la economía nacional, ya que se sabe que los grandes colapsos en los países centrales se descargan en el corto o mediano plazo en los periféricos y, hasta tanto se demuestre lo contrario, la Argentina sigue siendo un país periférico.

A partir de allí todo es incertidumbre. Los principales economistas del mundo, los que exhiben grandes reconocimientos académicos, no se han puesto de acuerdo, entre ellos sobre la extensión, duración y consecuencias de la crisis. Leo a uno de estos gurúes y dice que en realidad la crisis es una señal del fortalecimiento de Estados Unidos y no de su debilidad, como lo demuestra, entre otras cosas, la estampida de la gente hacia el dólar.

También se asegura que a la crisis hay que entenderla como un contrapunto entre la productividad de Estados Unidos y la irrupción de China en el mercado mundial. Mientras, no faltan los que señalan que un tiempo histórico ha llegado a su fin, y a lo que ocurre hay que interpretarlo en el contexto de la actual crisis energética y del medio ambiente.

Si los diagnósticos son diferentes, a nadie debe llamarle la atención que las terapias también lo sean. Para algunos el mercado en poco tiempo cicatrizará las heridas y todo volverá sobre su cauce, incluso mejor que antes; para otros, ya estamos transitando la antesala del infierno y lo que nos espera de aquí en adelante es más fuego y más cenizas.

También sobre estos puntos podemos permitirnos algunas certezas generales. La crisis habilita una vez más a la izquierda para que le extienda un nuevo certificado de defunción al capitalismo. Ya en 1929 Trotsky decía que efectivamente la burguesía había agotado su capacidad de desarrollar las fuerzas productivas y de allí en más lo que se avecinaba eran situaciones revolucionarias con grandes luchas lideradas por la clase obrera mundial. La experiencia demostró que Trotsky una vez más se equivocaba y que los muertos que anunciaba gozaban de buena salud.

Trotsky no fue el único izquierdista amigo de extender certificados de defunción. Para el dogma marxista, el capitalismo en algún momento se va a aniquilar como consecuencia de sus propias contradicciones. Según ellos, la explicación es científica y sólo hay que sentarse a esperar que el cadáver del odiado enemigo pase por la calle rumbo al cementerio.

Economistas y sociólogos burgueses, pero también socialistas y religiosos, demostraron que las crisis son constitutivas del capitalismo, que no hay capitalismo sin crisis, pero que ellas, más que expresar un síntoma de enfermedad son una manifestación de salud. Las crisis destruyen pero también crean, el proceso es duro y a veces despiadado, pero funciona en esos términos, y nada se gana en estos casos con derramar lágrimas o indignarse, sobre todo cuando lo que importa en primer lugar es comprender.

El capitalismo no va a desaparecer con esta crisis y Estados Unidos no va a perder su liderazgo. Los que piensan lo contrario se equivocan o anteponen sus deseos a la realidad. El capitalismo -o las sociedades abiertas, o como mejor lo quieran llamar- es una realidad histórica que se distingue por sus contradicciones internas y sus matices.

El texto más claro, más elocuente, más bellamente escrito, el canto de amor más elegíaco a favor del capitalismo no lo escribió Alsogaray, Erhard o Macri, sino Carlos Marx. Aconsejo leer El Manifiesto Comunista, y en particular los párrafos dedicados a ponderar los logros civilizatorios de la burguesía, para apreciar lo que representaba para Marx el único régimen social que conoció y estudió a fondo: el capitalismo, porque del socialismo y el comunismo Marx sólo opinó sobre la base de intuiciones, pero no atendiendo a consideraciones científicas.

La clave del éxito del capitalismo es su capacidad para reformarse, para adaptarse a los nuevos tiempos. Como modo de producción fue capaz de desarrollar aptitudes que el comunismo, supuestamente su superación histórica, no pudo o no supo realizar. Para bien o para mal, el capitalismo entendió el significado de las revoluciones científicas y tecnológicas y su incidencia en la actividad productiva. Contradiciendo los pronósticos marxistas más rígidos, el desarrollo de las fuerzas productivas no liquidó al capitalismo sino al comunismo. Trágica o irónica astucia de la historia.

¿Esto quiere decir que por lo tanto el capitalismo es el mejor de los mundos posibles? Como muy bien dice el sociólogo liberal Ralf Dharendorf: "Si el capitalismo se transformara en un sistema sería necesario luchar contra él con la misma pasión con la que luchamos contra el comunismo".

En los años treinta, el capitalismo no se hundió como creían los comunistas y los fascistas, pero se reformó. El hombre clave de esa reforma se llamó Keynes, el producto de su ensayo intelectual en Estados Unidos fue el New Deale y en Europa después de la guerra los Estados de Bienestar. Hasta el día de hoy, los historiadores consideran que el mejor período del capitalismo fue el que se inició en 1945. "Los treinta gloriosos años" dijo Raymond Aron para referirse a ese ciclo que concluyó en 1975, dando inicio a un nuevo período económico conocido como globalización con hegemonía del capital financiero.

O sea que la crisis del treinta produjo una respuesta que para la humanidad fue beneficiosa. El derrumbe de los mercados, el agotamiento del comercio libre tal como se lo entendía entonces, la desaparición del patrón oro, obligó a las clases dirigentes, o a sus fracciones más lúcidas, a pensar una salida al sistema. Lord Meynard Keynes lo expresó con mucha claridad: "El capitalismo es un modelo económico que funciona más o menos bien, pero de vez en cuando necesita de algunos correctivos que los debe dar el Estado". Eso fue todo, nada más y nada menos.

Por supuesto, que hubo muchos que no estuvieron de acuerdo. En el mundo intelectual personajes como Hayek o Von Mises, por ejemplo, pusieron el grito en el cielo y se prepararon para librar una lucha ideológica que no ha concluido hasta la fecha. Lo hicieron con testarudez y talento. El neoliberalismo que parecía derrotado y sepultado en 1945 resucitó en los años setenta joven y vigoroso. Hoy ha vuelto a exhibir algunas de sus lacras, pero la lección es interesante y permite afirmar con bastante seguridad que todo proceso de desarrollo hacia el futuro necesita del mercado y del Estado, que estas dos categorías deben complementarse y no excluirse y, por lo tanto, corresponde a las clases dirigentes establecer en cada circunstancia cuánto corresponde de mercado y cuánto de Estado.

La crisis actual podrá ser más o menos profunda, lo deseable en todo caso es que la transformación del capitalismo también lo sea. Los "liberals" norteamericanos, el Papa, los principales líderes políticos del mundo libre así lo desean, tal vez por razones diferentes, pero movilizados por la misma pasión crítica. No hace falta ser un gran reformador social, y mucho menos un revolucionario, para darse cuenta de que el capitalismo en las actuales condiciones no puede continuar.

¿Cómo se implementará técnicamente, qué costos habrá que pagar, qué consecuencias -negativas y positivas- provocará poner límites al capital financiero? Preguntas de difícil respuesta y todo lo que se diga al respecto está más cerca del horóscopo que de la reflexión científica.