Escenarios & Sociedad: SOCI-07
Día de todos los Difuntos
"La muerte no es la última palabra"
Por Mons. José María Arancedo - Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

La muerte forma parte del horizonte de la vida del hombre, pertenece a nuestra verdad de seres creados. De un hombre que, por otra parte, ama la vida y desea conservarla. Parecería que hay una contradicción. Frente a ello la fe se nos presenta como un don que ilumina esta realidad propia del ser espiritual. La fe no resuelve este problema negándolo, tampoco buscando soluciones mágicas o palabras de consuelo vacías, sino partiendo del valor de la vida como un acto creador del amor de Dios. Hemos sido creados para la vida, no para la muerte. La muerte no es lo definitivo en la vida del hombre, sino un momento que hace a un aspecto de su condición de criatura, por ello no disminuye su verdad y dignidad de hijo de Dios llamado a una vida plena y definitiva de comunión con él. Fuimos creados por él y para él.

Este es el mensaje que Jesucristo nos ha revelado sobre nuestro futuro, pero que podemos intuirlo en cuánto seres espirituales. Así lo testimonia la historia del pensamiento y la filosofía. El hombre no es un ser absurdo, es decir, alguien con deseos de vida y trascendencia pero que carece, o no tiene una respuesta adecuada a esta pregunta sobre su destino. La fe tampoco es un recetario para evitar la muerte en este mundo, sino una luz que da sentido y sabiduría a la vida del hombre. Por ello desde la fe podemos decir que la muerte, como acto último de la vida del hombre en el mundo, no es la última palabra. Esta verdad sobre el hombre, que nos revela la fe y se apoya en la palabra de Jesucristo, es lo que da sentido y esperanza a nuestra vida.

Pero no podemos como hombres dejar de sentir a la muerte como algo que nos separa y entristece, que nos deja el dolor por la ausencia de nuestros seres queridos. ¿Qué hacer entonces frente a esta realidad que está siempre presente en nuestra vida? Yo les diría algo muy simple que creo profundamente: en lo personal prepararnos, la muerte forma parte de nuestra vida, San Francisco la llamaba la "hermana muerte", con cercanía y respeto. En segundo lugar, ante la muerte de nuestros seres queridos, acompañar el dolor de quienes lloran su ausencia. Finalmente, tener siempre presente esta realidad en nuestra oración, sea respecto a nuestra vida de peregrinos, como a la de aquellos que ya no están. La muerte nos pone ante la verdad desnuda del hombre. La oración, en cuanto diálogo con Dios, trasciende este marco tan limitado de esta vida, y nos introduce en esa dimensión nueva y real que es aceptarnos como criaturas, pero sobre todo como hijos, de un Dios que es Padre y Creador.

La celebración del Día de todos los Difuntos, es una ocasión que nos invita a vivir desde la fe la realidad de la muerte y el recuerdo de nuestros difuntos. Acordarnos de ellos y pedir a Dios que estén junto a él es un acto de amor hacia ellos, pero además nos hace bien a nosotros, porque en este acto de fe, que es el fundamento de nuestra esperanza, actualizamos nuestra condición de peregrinos.

Acompañándolos en este día de recogimiento y de oración, en el que valoramos la vida como don de Dios, les hago llegar junto a mi afecto mi bendición.