Barack Obama será el primer presidente no blanco de un país que hasta hace pocos años seguía discriminando oficialmente a los negros y donde existe una importante minoría que sigue considerando que EE.UU. debe ser gobernada por anglosajones, blancos y protestantes. Su victoria provoca expectativas, ilusiones y esperanzas en Estados Unidos y en el mundo entero. También interrogantes. Por primera vez en muchos años la opinión internacional coincide con la opinión interna: lo que quiere el mundo también lo quiere Estados Unidos. Por lo menos el resultado de las elecciones así parece indicarlo.
Más allá del debate abierto acerca de la real factibilidad de implementar un cambio o de la identidad misma de ese cambio, está claro que la llegada de Obama a la Casa Blanca marca el inicio de una nueva era no sólo por una cuestión de color, sino porque desde los tiempos de John Kennedy un candidato no despertaba tantas esperanzas.
En los EE.UU. el voto no es obligatorio y, por lo general, el porcentaje de votantes es bajo. Pero en estas elecciones votó el 75 por ciento del electorado, lo que evidencia las expectativas que despertó este candidato. El fenómeno se amplificó con los ricos debates que Obama mantuvo con McCain a lo largo de la campaña, un candidato que también supo estar a la altura de sus responsabilidades históricas. El entusiasmo de jóvenes, mujeres, diversas minorías demuestra que Obama no fue un candidato más. La formidable movilización que produjo su candidatura es el indicio más claro de su popularidad y, al mismo tiempo, de las responsabilidades que lo aguardan en el futuro.
Para la Argentina y América Latina en general, la victoria de Obama no producirá grandes efectos, al menos en un primer momento. América Latina no está en la agenda prioritaria de EE.UU. y no tiene la importancia que en la actualidad revisten Medio Oriente y la región del Golfo, por ejemplo. No obstante, los observadores señalan que Obama representa un cambio en la sensibilidad en el modo de percibir y abordar los problemas y los conflictos.
Las declaraciones de Obama respecto del tema de Cuba y Venezuela revelan una predisposición diferente. La Argentina no será una prioridad de la nueva gestión, entre otras cosas porque hace rato que para EE.UU. sus aliados estratégicos y confiables son Brasil, Colombia, México y Chile.
Que nuestro país no sea prioritario para el imperio no es lo mejor que nos puede pasar, pero tampoco debería ser una mala noticia. En todo caso siempre dependerá de la lucidez de nuestra clase dirigente aprovechar las diversas oportunidades que se abren hacia el futuro. No es necesario que la Argentina sea el principal socio de Estados Unidos, lo preocupante es que nos transformemos en su enemigo o que nos aliemos con sus enemigos históricos.
Por último, la llegada de Obama a la presidencia de la nación inyecta un shock de confianza indispensable a la hora de superar la actual crisis financiera. Habrá que ver cuáles son las medidas que se implementan de aquí en adelante, pero hay que señalar que, desde el punto de vista político, se crean las mejores condiciones para empezar a salir del marasmo económico y social.