México es un país lleno de historia y que está plagado de pequeños poblados como detenidos en el tiempo. Uno de ellos es Taxco, un pueblo minero por excelencia, cuya principal riqueza radica en sus artesanos que trabajan la plata en sus diferentes formas: joyería, orfebrería y piezas de ornato.
Un sinuoso camino de montaña -casi en medio de las nubes- volvió a serpentear y nos dejó perplejos. Allá abajo, bañado por un sol majestuoso, estaba este pueblo fundado en 1539 por los españoles, situado a 1.200 metros sobre el nivel del mar. Varias construcciones sobresalían de las casitas coloniales erigidas a la vera de angostas callecitas empedradas: la iglesia principal (que lleva el nombre de Santa Prisca y San Sebastián), además de otras capillas y conventos centenarios.
Taxco fue fundado en 1529 por los españoles y ya en 1534 se había establecido como una zona minera por excelencia. Pero, según cuentan sus habitantes, en 1515 aproximadamente se había fundado la Taxco Antigua, denominada "Tlachco", palabra autóctona que significa juego de pelota. Así se llamaba el pueblo antes de la llegada de los españoles, quienes llegaron en 1529 en expedición desde Cuernavaca en busca de estaño, pero encontraron oro y plata.
Actualmente se conserva parte de la hacienda construida por el conquistador español Hernán Cortés, que terminara de construir su hijo Martín. Está ubicada en la zona denominada Los Arcos, que también se conservan y servían para traer el agua a aquella hacienda. Éste es el barrio más antiguo de Taxco. Incluso, las nuevas edificaciones deben ser construidas con fachadas en estilo colonial, para preservar su fisonomía.
El viaje -realizado por gentileza de la Secretaría de Turismo de México (Oficina de Convenciones y Visitantes de Ciudad de México)- nos permitió descubrir este antiguo pueblito, plagado de casitas blancas ubicadas en terrazas, con sus típicas calles en pendiente. Pero también pudimos comprobar la simpleza de su gente, que mantiene las tradiciones de generación en generación y, fundamentalmente, se dedica a la platería y al turismo como fuentes de sustento económico. La recorrida la hicimos acompañados del guía Felipe Figueroa, de la Oficina de Convenciones y Visitantes.
Tomando la ruta 95, una moderna autopista con peajes, desde el Distrito Federal se llega a Taxco en aproximadamente tres horas de viaje en auto. Es la misma carretera -como la llaman los mexicanos- que permite apreciar desde lo alto toda México apenas uno deja atrás las complicadas y congestionadas calles de esta ciudad de más de 25 millones de habitantes. Pero es también la que circunda las sierras y montañas para llegar hasta aquel majestuoso ingreso a Taxco.
En el camino no faltan sembradíos de maíz (que los mexicanos llaman elote), habas, trigo, frijol, cilantro, lechuga y coliflor, además de rosas y otras flores, que complementan el placentero viaje entre las montañas. Tampoco escasean los bosques de pinos y ficus, las Santa Ritas, laureles de jardín y chivatos en flor.
En algunas zonas del camino de montaña hay derrumbes y, a pesar de que en algunos sectores se colocó una especie de malla para evitar el deslizamiento de las piedras de manera que no caigan sobre el pavimento, igual ocurren accidentes automovilísticos.
En las montañas se pueden ver calderas de las minas en donde se trabaja la plata y el carbón, además de pequeñas instalaciones donde se hacen ladrillos rojos. La tierra y arena que se sacan para buscar la plata son aprovechados para construir viviendas.
La autopista atraviesa una población que se llama Tres Marías, adonde todos los domingos se reúnen cerca de 2.000 motoqueros que recorren esta ruta llena de curvas peligrosas. Es un corredor de comidas mexicanas, lo que comúnmente llaman tianguis de alimentos, aunque también los hay de artesanías, dulces y barbacoas, y generalmente se ubican a los costados de las rutas.
Dejando atrás el Distrito Federal comienza el Estado de Morelos, adonde está ubicada la ciudad de Cuernavaca, entre las principales. Es considerada "la ciudad de la eterna primavera" porque su clima es cálido y húmedo durante todo el año (entre 20 y 25´ de mínima y 35´ de máxima).
En este punto del viaje hay una curiosa anécdota: cuando le preguntamos al chofer si Cuernavaca era una ciudad grande nos dijo que no, que sólo tenía 2 millones de habitantes. No lo es, en realidad, comparada con los 25 millones de personas que viven en DF. También nos contó que Cuernavaca es una zona de muchos invernaderos de flores (principalmente rosas), los que después pudimos ir viendo al costado del camino, además de típicos puestitos de venta.
La ruta 95 nos introdujo posteriormente en el Estado de Guerrero, donde se encuentra Taxco. Llegamos al hotel MonteTaxco al mediodía y nos encontramos con un despliegue de patrulleros y policías federales. El operativo de seguridad obedecía a la presencia del presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, quien había llegado a Taxco a inaugurar un moderno hospital en la zona norte, que demandó cuatro años para ser construido.
El hotel se encuentra emplazado en la cima de una de las sierras guerrerenses, desde donde se puede apreciar Taxco en toda su extensión. Un enorme cartel publicitario nos había avisado "Bienvenido a las nubes" y pudimos comprobar que estaba emplazado bien alto y las nubes pasaban por abajo, literalmente.
Un tradicional almuerzo nos esperaba en el restaurante El Mirador, ubicado en otro pico de la montaña, bien frente al hotel, con una vista fabulosa del pueblo. Como primer tiempo (como llaman a la entrada) podíamos elegir entre sopa de arroz o de codo al horno (pedacitos de carne); segundo tiempo, alambre de res (cuadraditos de carne cortada a cuchillo con pimientos, cebollas y tocino) con guarnición de frijoles, acompañados por "naranjadas". El postre fue duraznos al natural. El almuerzo fue amenizado con música típica guerrense, interpretada por la Sinfónica local, según nos explicó el dueño del restaurante.
Posteriormente realizamos una recorrida por la parte histórica taxqueña. La plaza principal se llama el Zócalo, como en la mayoría de los pueblos y ciudades mexicanos, y está ubicada a 1.800 metros sobre el nivel del mar. La fuente está dedicada a José de la Borda, un francés que llegó a los 16 años buscando oro y plata, quien mandó a construir la iglesia principal de Taxco, Santa Prisca y San Sebastián, que a fin de año celebrará el 250´ aniversario de su inauguración.
Fue edificada en sólo siete años y se terminó de construir el 3 de diciembre de 1758, aunque recién fue abierta el 1´ de marzo de 1759. José de la Borda no escatimó esfuerzos para su construcción: destinó un millón de pesos de los once que tenía. Su hijo, Manuel de la Borda, fue el primer sacerdote que ofició una misa en esta iglesia, que actualmente está siendo restaurada por expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
La construcción de esta iglesia estuvo a cargo de cuatro arquitectos y un pintor mexicano, usando materiales y mano de obra nativos, y el órgano es la única pieza que fue traída de España.
Su fachada está hecha en cantera rosa, con un estilo propio del siglo XVIII, llena de objetos y representaciones, como el escudo papal, el bautismo de Jesús, estatuas de los 12 apóstoles y de los santos que dan nombre al templo, entre otros. Por dentro, la arquitectura es estilo churriguerresco (en homenaje a Benito de Churriguera), realizado en madera de cedro blanco y rojo, incluso el piso. La iglesia cuenta con numerosos altares (a los que denominan retablos) muy ornamentados, en donde se pueden ver las figuras de más de 150 santos. El principal tiene la imagen de la Inmaculada Concepción, flanqueada por las imágenes de los santos patronos de la iglesia.
En una sala contigua al altar se podían observar grandes cuadros que retrataban a obispos y sacerdotes, sugestivamente de apellido Verdugo, hermanos de la esposa de José de la Borda: José Alfonso se encargaba de montar elementos de tortura en la época de la Inquisición y su hermano era quien decidía quién vivía y quién moría en el pueblo.
Al costado de la Iglesia hay un pequeño bar llamado Berta, en donde se ofrece "la Berta", una bebida típica que lleva el nombre de su inventora. La creó para sacar el mareo de la gente que llegaba hasta el lugar, ante la altura del pueblo. Era una mezcla de limón, miel de abeja, agua mineral y tequila.
Recorriendo los comercios que circundan el Zócalo y sus callecitas transversales se pueden ver diferentes platerías que ofrecen sus productos más bellos, siempre de calidad 925. En su mayoría pertenecen a familias que vienen realizando estos trabajos por generaciones, como los Ballesteros, quienes exhiben con orgullo una réplica de un Cristo hecho en plata, que en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Plateros.
Fue realizado totalmente en plata, es hueco, y las heridas están hechas con ágatas rojas, las espinas con carey y la cruz es de madera de nogal. A fin de ese año, el Papa Juan Pablo II visitó México y le regalaron el Cristo original a su Santidad.
Otros comercios ofrecen objetos de plata, pero combinada con cerámica y oro de 24 kilates. Se los puede ver en platos y vasijas, por ejemplo en la Casa de los Castillo, otra platería tradicional.
Detrás de la iglesia aparecen puestos de artesanos que ofrecen objetos típicos del lugar: cestos hechos en palma, cajitas de madera de linaloc (un cítrico con un suave aroma), máscaras de toros y diablos hechos en madera, además de objetos en cerámica y collares con semillas, entre otros.
Maravillados por las bellezas descubiertas en Taxco, la recorrida continuó hasta el Cristo Monumental. Dejando atrás las angostas callecitas de Taxco, comenzamos a subir la montaña para llegar hasta ese lugar, un mirador realizado en 2002 desde donde se puede apreciar la belleza de la ciudad. La imagen está hecha en pura cantera y está a 2.200 metros sobre el nivel del mar. Una figura de Cristo con los brazos extendidos bendice y protege a este pueblo cálido y trabajador, que nos recibió con sus brazos abiertos.
José de la Borda.
El nombre de José de la Borda está por todos lados en Taxco. Fue quien hizo construir la iglesia principal del pueblo, Santa Prisca y San Sebastián, y al costado edificó su casa, de varias plantas, ambas frente a la plaza principal o Zócalo.
Actualmente, esa vivienda -del año 1759- alberga a la Casa de la Cultura de Taxco y en su fachada tiene grabados los escudos de los nombres de los miembros de su familia: José, Ana María (esposa), y sus hijos, quienes se dedicaron a la vida sacerdotal y religiosa, respectivamente. Sin escatimar en gastos, José de la Borda hizo construir aquella iglesia a su hijo y en agradecimiento a Dios por la vida que tenía.
Durante la visita a la casa -declarada de patrimonio histórico, que en su interior tiene una fuente de agua- pudimos observar que en la escalera principal había una pintura de un conocido dramaturgo mexicano, hijo de padres españoles, a quien conocían como El Jorobadito. Era don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza.
En una de las galerías se destaca el aporte de William Spratling, de Estados Unidos, quien visitó Taxco en 1935 y se dio cuenta que tenía mucho material para explotar. Organizó el primer taller de platería "Las Delicias", con gente de Iguala, un pueblo ubicado a 30 kilómetros de Taxco, cuna de la independencia mexicana, que también era de joyeros pero que trabajaban el oro. Posteriormente creó una escuela de platería con diseños exclusivos y fue el promotor de la Feria de los Plateros, que hasta el día de hoy es reconocida a nivel internacional. Se realiza durante la última semana de noviembre o la primera de diciembre y muestra joyería, orfebrería y piezas de ornato en plata.
El Templo del Ex Convento de San Bernardino data de 1592 y pertenecía a los frailes franciscanos. Hoy funciona una escuela primaria dentro de lo que originalmente fuera el convento.
Su fachada es de estilo neoclásico (posterior al 1800), época en la que fue restaurada, pero conservando el patio original de aquel convento, con una fuente, que daba a los cuartos de los frailes.
Al fondo del ex convento está la iglesia, que el 6 de agosto celebró la festividad de Padre Jesús, patrono del pueblo. La noche anterior se encendieron velas, cohetes, fuegos artificiales y se quemaron carritos que representaban a toros, siguiendo la tradición. Al día siguiente, un grupo de niños vestidos con coloridas túnicas llegaron hasta la Iglesia de Santa Prisca y San Sebastián, bailando al son de la banda de música local.
En la Iglesia había un cristo realizado en plata, que fuera donado por los plateros del pueblo, pero también hay una imagen de un cristo articulado, denominado El Señor del Santo Entierro, de más de 250 años. Era de madera, se podía sacar de la cruz y era colocado en una capilla contigua, en su féretro. Su celebración es el sexto viernes de Cuaresma.
Frente al ex convento se conserva una fuente de donde se sacaba agua para el pueblo, que estaba en funcionamiento (el agua venía por pequeños canales, a modo de acueducto). Era algo típico de las plazuelas, tal como se denominaba a las pequeñas congregaciones de personas, que ahora son los barrios.
Detrás del templo del ex convento hay imágenes que simbolizan la representación de la pasión de Cristo, llevando la Cruz, tradición que se conserva actualmente. Los hombres cargan zarzas con espinas y se visten con capuchas negras. Llevan el torso descubierto y van descalzos. Cargan una cruz y un pequeño disciplinador (con clavos de acero) y se flagelan.
Esta ceremonia solamente se hace en Semana Santa y también participan mujeres, quienes van con la cara descubierta y un vestido negro con un lazo en la cintura. Llevan una vela en cada mano y caminan atadas con cadenas en los tobillos. En general, pueden participar quienes pertenezcan a la congregación que organiza esta actividad o quienes por motivos especiales quieran tomar parte, tras hacer una preparación espiritual previa.