La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
El G20, alcances y límites de una Cumbre
Rogelio Alaniz
Ciertas reuniones internacionales son necesarias; hay que hacerlas, trabajar en ellas con seriedad y, por último, saber que no se deben esperar resultados extraordinarios. Este principio general vale para la reunión del Grupo de los Veinte (G20) celebrada en Washington días pasados. El G20 fue creado en 1999 y está integrado por las ocho grandes potencias del mundo y algunos de los principales países “emergentes”. Ese año se acordó la inclusión de la Argentina. Era la época de las relaciones carnales proclamas con humor por Guido Di Tella, canciller del gobierno de Carlos Menem. Hoy, uno de los modestos logros de aquel tiempo en política internacional le ha permitido a la señora Cristina Kirchner lucir su vestuario en los salones de la Casa Blanca.
En esta última reunión se sumaron al encuentro España y Holanda cuyos representantes hablaron bajo el paraguas de la Unión Europea. Algo parecido ocurrió con la República Checa. El anfitrión de la jornada fue George Bush que con la cena del viernes y los anuncios de prensa del sábado se despidió como presidente. Los dos protagonistas importantes de la jornada, los que despertaron más interés y fueron asediados por los periodistas de todo el mundo, fueron Lula, de Brasil, y Hu Jintao de China.
De todos modos, la nota de la jornada la dio nuestra presidente llegando tarde a la foto oficial, un hábito que repite en la mayoría de las reuniones internacionales sin saber a ciencia cierta si lo hace para despertar expectativas o por una obsesión neurótica con el vestuario y el maquillaje, licencia que ni Susana Giménez ni Mirtha Legrand seguramente se permitirían.
La ausencia en la foto oficial fue el único momento en que la mandataria argentina llamó la atención o fue tenida en cuenta, porque hasta ese instante sus operadores trataban infructuosamente que la presidente argentina fuera recibida por algún mandatario importante, además de Lula, quien con su proverbial paciencia se permite realizar estas concesiones más allá de los desaires y las desprolijidades que la diplomacia argentina comete contra el país vecino.
De todos modos, la ausencia que más se notó, la que gravitó más en el ánimo de los presentes y la que más extrañaron los periodistas, fue la de Obama. En algún momento se corrió el rumor de que el presidente electo de EE.UU. se haría presente en la cumbre aunque más no fuera que para darle el gusto a los fotógrafos y a los amigos de los rumores. Nada de eso ocurrió. Obama brilló por su ausencia. Para el New York Times, este vacío expresaba el deseo manifiesto de Obama de que de la crisis se debe hacer cargo Bush hasta el último día de su mandato. Después se verá.
El objetivo de esta reunión del G20 fue deliberar respecto de la reciente crisis financiera y proponer algunas medidas correctivas. Las decisiones que se tomaron se registraron por escrito y son declaraciones plagadas de lugares comunes y buenas intenciones que poco y nada dicen con relación a la naturaleza de la crisis, sus responsables y las medidas alternativas para superarla. Algunos de los mandatarios firmantes aún no habían regresado a sus países de origen cuando los diarios informaban que las Bolsas de Europa y Japón manifestaban una leve caída, confirmando el principio de que los mercados no suelen impresionarse demasiado por los anuncios que se hacen en estas reuniones.
El planteo de la Unión Europea y los llamados “países emergentes” fue casi coincidente: se impone regular los mercados financieros, la crisis es una consecuencia de los excesos y desbordes de los operadores económicos que actuaron sin límites ni control. Para sorpresa de más de un observador, EE.UU. aceptó este punto de vista pero, acto seguido, empezó a ponerle sus propias condiciones. En el discurso oficial de Bush, se admitía que algunos excesos se habían cometido y que por lo tanto había que hacer esfuerzos para no repetirlos, pero con inusual claridad dijo a continuación que ninguno de estos errores podía poner en discusión los principios de la economía capitalista, los beneficios de los mercados libres y los perjuicios de la regulación excesiva.
A partir de allí, los operadores empezaron a delinear el borrador que compatibilizara las posiciones más encontradas. No fue fácil, pero el oficio pudo más que las incompatibilidades. En principio se acordó que a la regulación la deben realizar los Estados nacionales y no un organismo multinacional, “porque ellos constituyen la primera línea de defensa contra la inestabilidad de los mercados”.
Lula insistió con la responsabilidad que le cupo a EE.UU. en la crisis y planteó que, a diferencia de otros tiempos, la contaminación económica provino de un país central luego de que las naciones emergentes habían realizado esfuerzos notables para asegurar economías más o menos previsibles. Los discursos de Sarkozy y Zapatero también fueron críticos contra EE.UU. o, para ser más precisos, contra la filosofía que aboga por la libertad absoluta de los mercados. Bush los escuchó en silencio.
Las reformas al FMI y al Banco Mundial fueron otros de los temas que ocuparon la atención de los presentes. Sobre estos puntos nadie se hizo demasiadas ilusiones, pero al mismo tiempo todos aceptaron que estos organismos internacionales están llamados a cumplir funciones importantes. Lo que más sorprendió a algunos observadores latinoamericanos habituados a convivir con la retórica antiimperialista, fueron las críticas durísimas contra el FMI y el Banco Mundial realizadas por parte de la derecha liberal norteamericana.
Por último, se discutió sobre las funciones que debía cumplir la Organización Mundial de Comercio. En estas cumbres internacionales, los países emergentes reiteran la contradicción -por lo menos teórica- de quienes abogan por la libertad de los mercados y los beneficios del comercio libre, mientras protegen y subsidian a sus productores locales. Por su parte, Estados Unidos y Europa siempre prometen que, en algún momento, estas deformaciones serán corregidas. Sin embargo, hasta la fecha las promesas nunca han dejado de ser promesas.
Los presentes acordaron que la próxima reunión se celebrará antes del 30 de abril del próximo año. Para esa fecha, se estima que el horizonte estará algo más despejado y que los países estarán en mejores condiciones para calibrar la profundidad de la crisis y la eficacia de las medidas tomadas hasta la fecha. Para abril de 2009, Obama ocupará la Casa Blanca y y todos estiman que estará en condiciones de hacer propuestas más concretas y creíbles que las que pudo efectuar Bush, un presidente que está a punto de dejar el poder y con un nivel de desprestigio muy alto. La situación no es frecuente, aunque le queda la satisfacción, a modo de consuelo, de que en el interior de la Cumbre el mandatario más desprestigiado no fue él, sino su colega Cristina Kirchner. Hay, incluso, una diferencia a favor de Bush: él cae al 27 por ciento de popularidad después de ocho años de ejercicio del poder en situaciones harto difíciles, mientras que la señora Kirchner está en el 23 por ciento cuando aún no ha cumplido un año en la Casa Rosada.
Con Cristina. Ésta es la segunda y definitiva “foto de familia” tomada en Washington. La imagen informa poco acerca de rangos, contradicciones y conflictos entre sus integrantes.
Foto: efe
Obama brilló por su ausencia. Para el New York Times, este vacío expresaba el deseo manifiesto de Obama de que de la crisis se debe hacer cargo Bush hasta el último día de su mandato. Después se verá.
Las decisiones se tradujeron en declaraciones plagadas de lugares comunes y buenas intenciones que poco y nada dicen con respecto a la naturaleza de la crisis, sus responsables y las medidas para superarla.