Tanque que no es de guerra
Tanque que no es de guerra

En la niebla.
Foto: Amancio Alem
Por Raúl Fedele
“Tanque australiano”, de Marcelo Leites. Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2007.
Este último poemario de Marcelo Leites comprende tres textos. El primer largo poema que da título al conjunto nos habla de uno de esos momentos míticos en los que Pavese sienta el origen y el aliento de la poesía: una noche en la infancia de luna llena “pegamos la cara en el espejo/ entramos descalzos a la noche/ y sin saber qué esperar/ bajamos al tanque australiano”. Y nos sumergimos en él como en un agujero blanco en el que se concentra toda la realidad y toda la metafísica. Un cosmos, si no revelado por lo menos proyectado: sirenas, la ciudad con sus luces, los poetas admirados, una sinfonía de Mahler y mil discos de vinilo, y los cuarenta años cumplidos en el futuro, una gota cayendo sobre la hierba sedienta, bajando por el tallo del tulipán, una gota como sonido insistente y casi invisible “y cuando empezó a llover/ un elemento indivisible de la música”, lo seco y lo mojado, lo árido y lo fértil, todo en un tanque australiano argentino que no es de guerra pero que hasta podría serlo (“o -al menos- una trinchera”), que no es de guerra sino de agua, un tanque como el globo del planeta y de la existencia. Frente a la loma donde se entroniza el tanque australiano hay un campus militar, con disparos que interrumpen la quietud (“—Son sólo tiros al blanco./ —Pero suficientes como signo de época”); de manera que hasta la realidad más datada y localizada tiene su contingencia en este aleph: “un círculo de agua cristalina/ contenida por paredes de chapa circular y oxidada”, el tanque australiano en la loma.
En el segundo y el tercer poema, Leites manifiesta una suerte de ars poetica. En el primero, el viento, nadador, habla y declara, como el extranjero de Baudelaire, amar las nubes (“que pasan, pasan...”), reconoce que la entropía del conocimiento no nos salva y que “habrá que seguir cantando/ y las voces unidas en el canto/ deberían, al fin, bastarnos”.
El último poema, aún más explícito como programa poético, nos habla de “el jilguero de Leopardi”, que canta sin saber por qué o para qué, que persiste en el canto aunque nadie lo escuche, que canta gozando de su soledad. A partir de Leopardi y de Rilke ése parece ser el sino de la poesía de nuestro tiempo; el canto solitario que debe sobreponerse a todo el pesar por el mundo soñado que no es, por el mundo que podría ser y no es, y que se despliega en un vacío y en ese vacío proyecta y fulgura el Paraíso.
Marcelo Leites es una de las grandes voces de ese Parnaso de la poesía argentina actual instalado en Concordia, Entre Ríos. Nació en 1963 y publicó los libros de poesía : “El margen de la aldea” y “Ruido de fondo”.
Lo que dijo el viento

Al atardecer.
Foto: Amancio Alem
Por Marcelo Leites
Las hilachas de luz describen
siluetas diminutas, desnudas.
Hileras verdes en galería
adelgazándose en las sombras.
La luna irradia mi cuerpo
¿Soy todavía?
¿Soy un río que viene y va
o sólo su reflejo?
Estallido de agua.
Nado contra la corriente,
y mis brazos levantan vuelo.
Nadar es apropiarse del agua.
En la costa bailamos unidos
un ritual ebrio
cuyo ritmo hemos olvidado.
El aguaribay mueve sus ramas
y la lengua absorbe el centro
picante de los pimientos rojos.
El viento entre las ramas del aguaribay.
Arranco una rama
y la rugosidad de mis manos
cede a la savia de sus hojas.
Este olor a resina pegajosa me acompañará
en el viaje definitivo.
La superficie iluminada de la costa,
los biguaes y sus círculos sobre el río,
la insistencia del grito de las aves
y los dorados que saltan fuera del agua
deberían bastar a la hora de hacer un recuento.
Cuchilladas de sol en las nubes oscuras.
Las brasas oscilan tenues sobre los restos
del mediodía: el humo de la carne asada:
el pan y el vino y esa canción que quedó
flotando como una revelación
deberían bastarte, aunque más no fuera
como una lacerante maravilla.
¿Y la alegría de la mesa compartida?
¿Aún te dicen algo esas nubes?
Dibujan entre los huecos del cielo
los rostros que creías fieles
con una sonrisa lejana y suficiente.
¿Aún te dicen algo esas nubes
que se disgregaron en el aire?
Pasan
Pasan
Pasan como las plumas
tornasoladas del pavo real.
¿Te dicen algo, todavía?
Ah, la entropía del conocimiento.
Saber no nos salva:
Nos deja al borde
de nosotros mismos:
Los zumbidos de las moscas
nos atraparon como arañas en su tela.
Hemos llevado el universo a nuestra casa
y hemos cerrado la puerta.
Pequeños hombres grandes
Pequeños monstruos maquillados
que acusan con el dedo de dios
y no dejan a nadie en paz.
No se puede tolerar a los intolerantes,
no, Oliverio, no hay que compadecerlos:
hay que ignorarlos.
¿Y la alegría de la mesa compartida?
Todavía el aire bombea tu corazón.
No has muerto en ninguna batalla,
y aunque tu papel en el universo
sea como el paso de una hormiga
sobre una brizna de hierba,
cada día renuevas el salto.
Debería, entonces, alcanzarte.
Ahora, en esta primavera de guerra,
los hijos toman aire de mis pulmones
y cantan una canción.
Estas voces enamoradas del mundo...
Habrá que seguir cantando
y las voces unidas en el canto
deberían, al fin, bastarnos.
Las luciérnagas no saben que iluminan la noche.
Suspendidos en el espacio, los amantes
quedan exhaustos como dos nadadores.
El mundo se cae a pedazos
y todavía estás ahí, del otro lado,
tendida, tendiéndome una mano.