El artista John Armleder creó esta obra exhibida durante el Festival de Arboles de Ginebra.

El artista John Armleder creó esta obra exhibida durante el Festival de Arboles de Ginebra.
El árbol del retorno
El protagonismo de este símbolo navideño tiene reminiscencias mitológico-religiosas. FUENTE: DICCIONARIO DE MITOS Y LEYENDAS EQUIPO NAyA (*)
Con la Navidad se hallan relacionadas una serie de tradiciones folklóricas, que se apoyan en el nacimiento del Dios-Hombre en el solsticio invernal (debe recordarse que todas estas tradiciones son originarias del hemisferio norte) y el comienzo del nuevo año según el calendario Juliano-Gregoriano. A la cabeza de esas costumbres está el árbol de Navidad.
En los últimos decenios, el árbol navideño se ha “laicizado”, con usos ligados al consumismo. Sus orígenes son germánicos y tiene un significado de retorno. En el plano histórico, no se remonta a demasiado tiempo atrás, aunque la leyenda alemana quiera relacionarlo con Martín Lutero, quien regresando a Wittenberg una silenciosa y fría noche de vigilia, quiso recrear -adornando con pequeñas velas, un abeto doméstico- la impresión fabulosa que tuvo al observar los árboles helados del bosque que resplandecían bajo la luz de las estrellas... Quizá haya sido un intento de la iglesia alemana reformada por conservar una costumbre pagana, atribuyéndole un carácter cristiano.
La costumbre se arraigó en Alemania y los países escandinavos en los siglos XVI y XVII, y de allí paso a Inglaterra: primero fueron los soberanos de la casa de Hannóver, Jorge III (y sobre todo su esposa Carlota), y más tarde el Príncipe Consorte Alberto de Sajonia-Coburgo, célebre marido de la reina Victoria. Cabe pensar que el abeto decorado en los hogares podría considerarse, en cierto sentido, como una prueba de fidelidad monárquica.
En Estados Unidos es más antiguo. Data de la época de la Guerra de la Independencia y se relaciona con los mercenarios asiáticos que militaban en las filas de los ingleses, pero el dato más preciso lo tenemos con la existencia de la costumbre entre los colonos alemanes de Pensilvania. En general, con respecto al Arbol de Navidad se evoca un indiferenciado trasfondo dentrolatico europeo y en ello se pone de manifiesto que otras especies vegetales comparten el honor de ser consideradas de buen augurio: el abeto (siempre verde) es símbolo de inmortalidad, pero junto con éste, se sigue usando el muérdago, la antigua planta de los druidas y de la tradición nórdica. Y en las zonas rurales italianas se quema el “raigón”, un tronco grueso, relacionado con la idea de consumirse el sol solsticial, pero a cuya ceniza, conservada, se le atribuyen virtudes arcanas (considérese que las cenizas son fertilizantes). En Inglaterra, el abeto, muérdago, madreselva, o, en su sustitución, el laurel o el enebro.
Los cultos paganos
Todo apunta a la sacralización de la vegetación, por lo que debemos relacionar el Arbol de Navidad con los cultos paganos de adoración Arboreo-Vegetal. Se presenta también sobre todo en Europa en otras épocas del año, como por ejemplo al comienzo de la primavera, en mayo. Ha sido, por otra parte, la respuesta cristiano-tradicionalista a los ritos Jacobinos del Arbol de la Libertad, a su vez implantados a imitación del folklórico Arbol de Mayo.
Se puede plantear la pregunta de hasta qué punto el árbol del solsticio sea un símbolo puramente vegetal o también cósmico: el Arbol del Mundo, sobre todo en la forma que viene representado en el fresno Yggdrasil, senda y escalera entre las tres regiones cósmicas del cielo, la tierra y la ultratumba, el fresno del cual estuvo suspendido Odin durante sus nueve días iniciáticos. Y a través de su muerte y resurrección consiguió alcanzar la sabiduría contenida en la runas mágicas.
(*) Noticias de Antropología y Arqueología.