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Opinión
Edición del Miércoles 17 de diciembre de 2008

Opinión / La muerte de Simón Bolívar

EL SILENCIO DEL LIBERTADOR

La muerte de Simón Bolívar

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El otro libertador. De ojos claros y pelo rojizo, Bolívar fue un hombre de pensamiento y un estratega militar. La imagen de época lo muestra con su uniforme de general, engalanado con entorchados y diseños en hilo de oro.

Foto: Archivo El Litoral

Rogelio Alaniz

Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830. Las crónicas dicen que el deceso se produjo a la una y media de la tarde después de una larga agonía. En aquellos años la tuberculosis no perdonaba y mucho menos a un organismo debilitado por las privaciones y rigores de las campañas militares y los profundos y desgarrantes desengaños políticos y afectivos.

Cuando Bolívar murió tenía cuarenta y siete años. Estaba solo y vencido; era una sombra del libertador que había impresionado a multitudes con su estampa y su arrogancia. En su voluntario ostracismo lo acompañaba un puñado de oficiales y soldados leales y el amor de Manuela Sáenz. Curiosamente, el general que quince años antes había lanzado la consigna de la guerra a muerte a los españoles, vivió los últimos meses en una finca de las afueras de Santa Marta, propiedad de un hacendado español.

No son éstas las únicas contradicciones que desgarran una vida plena de alternativas. El gran conductor de los ejércitos libertadores, el hombre proclamado como el libertador, el creador de una América grande, confesaba casi al borde de la tumba que los pueblos de América eran ingobernables y que los revolucionarios como él no habían hecho otra cosa que “arar en el mar”.

La vida de los grandes hombres está tejida por contradicciones. Si no las tuvieran, no serían grandes. Sus contradicciones son reales, dolorosas, para más de uno decepcionantes. Pero en términos históricos, lo que diferencia a un libertador de un aventurero es que esas contradicciones se dan en el interior de una íntima y perdurable coherencia. Bolívar luchaba por la república, pero creía en la monarquía; bregaba por el federalismo, pero defendía el poder centralizado; era masón, pero en sus últimos años defendió un régimen clerical que a los católicos más fanáticos le hubiera parecido excesivo. Su ideario era americanista, pero su modelo de régimen político era anglosajón y sin embargo fue grande, fue valiente y fue lúcido.

Se lo conoce más por su leyenda y las manipulaciones de las que ha sido objeto, que por su verdadera encarnadura histórica que fue admirable. En el siglo veinte, izquierdistas y populistas lo han tomado como modelo atribuyéndole ideologías y valores que él no podía compartir por la sencilla razón que no los conocía. Cierta izquierda que ve en él un anticipo de Lenín -o algo parecido- debe lidiar con el libro escrito por Marx que no vacila en calificarlo de aventurero astuto y desalmado.

Para el argentino medio, devoto del Billiken, Bolívar es un ambicioso, un personaje dominado por la codicia y la vanidad, a diferencia de un San Martín modesto y generoso. Es verdad que Bolívar era ambicioso y amaba la gloria, pero ningún guerrero de la Independencia podía tirar -en ese tema- la primera piedra. Lo que sucedió en Guayaquil no fue un duelo entre el ambicioso y el modesto sino entre el poder de Bolívar, que contaba con el respaldo de tropas victoriosas y generales triunfantes, y la debilidad de San Martín, impugnado en Perú, traicionado por muchos de sus oficiales y condenado a la soledad desde Buenos Aires. En ese contexto, estaba claro que el ganador en la conferencia sería Bolívar. Y que no es la psicología, o los chismes de la psicología, lo que explica las grandes decisiones.

Más que reprocharle el resultado de una conferencia con desenlace previsible, habría que juzgarlo por lo sucedido con su maestro Francisco Miranda. Los indicios en su contra son muy serios y hasta la fecha no se han desmentido. Según los relatos más ecuánimes, Bolívar entregó a Miranda a los españoles para salvar su vida y la de sus amigos. Como consecuencia de ello, Miranda fue a la cárcel y allí murió solo y abandonado como un perro.

Ninguna de esas tragedias políticas logra opacar su nombre en el balance general. Fue un político de mirada amplia y profunda, en más de un caso un visionario, un general lúcido y valiente y un hombre culto, un librepensador que, al decir de uno de sus biógrafos, si no se hubiera destacado en la política revolucionaria habría sido un gran escritor o un filósofo de primer nivel.

Simón Bolívar nació en Caracas el 24 de julio de 1783. Pertenecía a una familia criolla y adinerada que se preocupó por darle una educación de primer nivel. A los nueve años ya era huérfano de padre y madre, como se decía entonces. Sin embargo, sus tutores se preocuparon por designarle los mejores maestros. Uno de ellos fue Simón Rodríguez, librepensador, masón, científico y humanista; el otro fue Andrés Bello, quien lo inició en los misterios de la literatura y en las virtudes de la diplomacia y la mesura.

Como todos los niños bien de su tiempo, Bolívar viajó a Europa a completar su educación. A los veinte años se casó con María Teresa Rodríguez del Toro. Con ella regresó a Caracas, pero la joven mujer moriría víctima de las fiebres tropicales ocho meses después. Huérfano y viudo casi al salir de la adolescencia, Bolívar regresó a Europa y su principal compañía fue Simón Rodríguez. Él sería testigo del célebre juramento del muchacho en el Monte Sacro de Roma a favor de la independencia de los pueblos de América Latina.

Desde 1811 a 1824, es decir hasta la batalla de Ayacucho, la vida de Bolívar se confunde con la lucha revolucionaria por la libertad de estos pueblos. El joven aristócrata, el niño educado con los maestros más distinguidos, el excelente bailarín, el discreto galanteador y ponderado amante se revelará como un político sagaz y un militar talentoso.

En su itinerario hay errores y derrotas, pero lo que predominan son los aciertos y las victorias. A diferencia de los necios, Bolívar es capaz de aprender de sus equivocaciones. Integrante de la célebre aristocracia mantuana es uno de los primeros en darse cuenta de que la lucha por la independencia no tiene destino si no suma en el emprendimiento a indios, mestizos y esclavos. No habría independencia política sin liberación social. Ésa es la conclusión a la que arribó después de ser derrotado por las tropas de Boves, integrada por llaneros.

Desde 1817 en adelante, las victorias militares coronaron sus esfuerzos. La batalla de Boyacá en 1819 liberó a Venezuela, la de Carabobo a Colombia y la de Pichincha a Ecuador. Después vendrían las liberaciones de Perú y Bolivia. Y no hace falta ser un experto en etimología para saber en homenaje a quién este último país lleva ese nombre.

Su proyecto de una América grande fracasó porque fue el resultado de una concepción política equivocada. Una cosa era la liberación de España y otra, muy distinta, creer que era posible la constitución de una sola nación sobre las ruinas de la dominación española. América Latina no era una nación, era un territorio dominado por los españoles y cuya unidad era más administrativa que política. Roto el cordón burocrático de la dominación colonial, los territorios quedaron liberados a sus luchas internas que irían definiendo en un recorrido tortuoso los flamantes Estados nacionales, con sus límites y sus alcances, sus miserias y grandezas.

No fue la maldad o la perfidia de sus colaboradores lo que frustró su sueño y tal vez su ambición. La gran república de la gran Colombia fracasó, se disgregó, como consecuencia de las inevitables contradicciones internas sociales y políticas.

En su dolorosa agonía en Santa Marta, Bolívar contempló impotente cómo se iniciaban las guerras civiles, cómo lo abandonaban sus oficiales y cómo cada uno de los generales que habían cabalgado junto a él, se transformaban en caudillos. Después de su muerte, ese proceso de desmembramiento continuaría. Era inevitable, se trataba del duro precio a pagar por la independencia de España. Pero esa ya es otra historia.

 



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