Bambalinas del segundo mayor fraude de la historia
El loco Madoff
Bautista Say Nomore
Cuando hace algunos meses supe que un abogado amigo (válgame el oxímoron) se disponía a colocar sus ahorros en una boutique de inversiones en Internet, que prometía dividendos suculentos justo en el medio de la hecatombe financiera global, sentí ese sobresalto desapacible que uno experimenta frente a un niño fascinado y convencido por el engaño trivial, de quien hace aparecer caramelos o monedas detrás de sus orejas.
Había advertido esa misma sensación hace más de veinticinco años. Un familiar estaba anotado en una de las por entonces difundidas “cadenas” que proliferaban entre padres de alumnos de una misma escuela; luego de hacer un aporte modesto, el incauto debía conseguir 16 “inversionistas” que repitieran el esquema: cada uno debía contribuir con la misma suma, y luego conseguir otras 16 personas dispuestas a lo mismo; cuando esos 16 aportantes finalizaran su tarea, mi pariente recibiría su capital, multiplicado por 8.
Fue inútil explicarle que, para completar la primera vuelta de la “cadena”, se necesitaban 256 participantes y, para la octava, no alcanzaba con la población mundial. Peor todavía: me resultaba absolutamente incómodo intentar convencerlo de la imposibilidad de multiplicar escandalosamente el dinero, sin atender al equilibrio ineludible entre las tres variables elementales de cualquier ciclo económico (desde jugar a las figuritas hasta hacer funcionar a un país o al mundo entero): recursos, trabajo y capital.
Con matices de diferencias, las “cadenas” domésticas y las boutiques globales responden a un arcaico método que descansa sobre una pirámide de inversionistas, en la que la base paga lo que el vértice gana, antes de que todo se desmorone; la avidez de plata fácil hace que la mayoría reinvierta, en lugar de tomar las ganancias.
Carlo Ponzi, un inmigrante que había dilapidado sus reservas en el juego durante el viaje desde Italia a Estados Unidos, se volvió millonario de la noche a la mañana (llegó a controlar el Hanover Trust Bank), al refinar el esquema piramidal, en diciembre de 1919.
Con la promesa de una tasa de retorno de la inversión del 50% a los 45 días, o la duplicación del capital luego de 90, logró que en 6 meses unas 40 mil personas (la mayoría obreros y empleados de escasos recursos, además de las tres cuartas partes de los policías de Boston) invirtieran más de 15 millones de dólares en “papeles Ponzi”, a un ritmo febril, hasta que el fraude se hizo evidente.
Se recuperaron menos de 5 millones, Ponzi fue condenado a 5 años en prisión en un primer juicio y luego a otros 9 años, pero consiguió huir y reflotar una y otra vez el esquema en Florida y más tarde en Texas, antes de ser capturado; en 1934 fue deportado a Italia desde donde viajó a Brasil como agente de la aerolínea estatal Ala Littoria (cerrada posteriormente por traficar armas); luego de sufrir un infarto, murió en un hospital de caridad de Río de Janeiro en 1949, a los 66 años, y fue enterrado en un cementerio para indigentes.
La lista imprecisa e inconclusa de clientes —individuos, bancos, compañías, e inclusive entidades de beneficencia— expuestos a pérdidas atroces en los fondos de inversión del septuagenario magnate financiero Bernard Lawrence “Bernie” Madoff, no está integrada por cándidos e ignotos personajes como los míos o los de Ponzi. Los bancos Santander, BBVA, BNP Paribas, Credit Mutuel, Dexia, HSBC, Kingate Management, Mitsubishi UFJ, Natixis, Nomura, Reichmuth, Royal Bank of Canada, Royal Bank of Scotland, Société Générale, Unicredit, Union Bancaire Privee o Unione di Banche Italiane fueron estafados en cientos (BBVA: U$S 404 M) y miles de millones (Santander: U$S 3.100 M) de dólares.
Ni la opulenta marquesa de Bellavista, Alicia Koplowitz y Romero de Juseu, ni el ex dueño del equipo de fútbol americano Las Águilas de Filadelfia y litigante consuetudinario contra cualquier cosa que provenga del Estado, el excéntrico Norman Braman (suele volar en avión hasta donde fondee su yate de 52 metros de eslora para ofrecer prodigiosas fiestas), ni familias ilustres como los Rechlers o los Wilpons escaparon a la seducción de la “riqueza transgénica”, y es muy probable que la industria inmobiliaria padezca sus efectos.
Stephen J. Helfman, un abogado de Miami atrapado en el engaño, se quejaba días atrás en un country club (sitio preferido para hacer negocios) de Palm Beach: “Treinta y seis años de lealtad, a lo largo de dos generaciones, y esto es lo que conseguimos”.
Uno puede tener mucho dinero por ser inteligente, pero no al revés.
Madoff (pronunciado “mei-dof”, homófono de algo así como “hurtado”) solía contar que hizo sus primeros 5.000 dólares como guardavidas de Rockaway Beach en los suburbios de Queens, al sur de Long Island, y como instalador de sistemas de riego subterráneo para jardines y parques. Con esos ahorros fundó Bernard L. Madoff Investment Securities LLC en 1960, y comenzó a trabajar a través de las hojas rosadas de la National Quotation Bureau; para poder competir con los miembros de la Bolsa de Comercio de Nueva York (NYSE, New York Stock Exchange), la compañía empezó a usar la tecnología de información disponible; así, sentó las bases para el desarrollo de la transición de la National Association of Securities Dealers (NASD) hacia su versión automatizada, NASDAQ, de la cual Madoff llegó a ser presidente de las mesas de directores y de gobernadores.
Uno de los más ingeniosos inventos de Madoff fue llamado legal kickback: consistía en pagar comisiones a los brokers de Wall Street para incentivarlos a que ejecutaran las órdenes de sus clientes a través de su compañía, lo que lo llevó a ser el mayor dealer de la NYSE (llegó a comercializar cerca del 15% del volumen de transacciones); Madoff justificaba esta práctica con un argumento singular: “Si tu novia va a comprar provisiones al supermercado, las góndolas que las muestran están pagadas por las empresas que produjeron esas mercaderías. Al fin de cuentas, ni ellas ni yo alteramos el precio al público”.
Otro hallazgo de Madoff fue instigar la creación del mercado after-hours MarketXT para permitir que los pequeños ahorristas e inversionistas residuales —inhibidos para operar durante las rondas habituales— pudiesen comprar y vender a través suyo, entre las 4 de la tarde y las 8 de la noche, en un mercado de valores virtual posterior al cierre. Una de las jugadas iniciales fue suscribir un acuerdo con Eclipse Trading para derivar operaciones a su sistema, conocido como Indivex. Lo que al término del siglo 20 movía moderados volúmenes de acciones, pasó a ser un serio mercado paralelo legal, plagado de turbulencias debidas a la iliquidez y a la volatilidad, pero no por ello menos sustancioso.
En 1999, las cuatro mayores firmas del mercado de valores de Estados Unidos unieron fuerzas para respaldar a Primex Trading, un embrionario sistema para la subasta abierta e interactiva de acciones, una versión electrónica de la NYSE con la posibilidad de que los actores realicen arreglos y perfeccionen estrategias entre sí.
“Hay un elemento de incertidumbre en el mercado”, declaraba el vocero Johnathan Humphreys, “y nosotros estamos observando estas innovaciones que creemos que pueden alcanzar una masa crítica y disponernos mejor para servir a nuestros clientes”.
Los cuatro nombres de las signatarias de la alianza acaso despierten reacciones dispares en el lector de hoy: Citigroup; Goldman, Sachs & Company; Merril Lynch & Company; y Bernard L. Madoff Investment Securities.
Pero la estafa de proporciones épicas —en términos de alcances y de duración— incubada por Madoff (y consentida por la Securities and Exchange Commission, SEC, en especial durante la era Bush) a lo largo de 48 pacientes años es, qué duda cabe, la cereza del postre. Sobran testimonios acerca de la fe absoluta que Madoff generaba en la gente, al punto de que muchas personas llegaban a implorarle que aceptara sus dólares, en tanto se decían los unos a los otros: “Sólo dale tu dinero a Bernie y estarás a salvo”.
Sin embargo, de los 17 mil millones en activos que la compañía mostraba al empezar 2008, a los inversionistas sólo les quedará el consuelo de pensar que de todos modos habrían perdido casi la mitad en el mercado ordinario (a propósito, el premio Nóbel de Economía Paul Krugman se pregunta —y no él solo— “¿Cuán diferente es, en realidad, la fábula del señor Madoff, de la historia de la industria de las inversiones como un todo?”).
En el esquema de Ponzi, no todos pierden: como en la ruleta, aquellos que saben retirarse a tiempo, retienen su inversión y tal vez ganancias. Pero al término, si existen esos ganadores, la justicia los obligará a ceder capital hacia los perdedores, tal como sucedió en el caso del Bayou Group en 2005, aunque la bancarrota involucrara sólo unos 400 millones. El fundamento legal es que nadie puede gozar de los beneficios de un fraude.
Claro que no será fácil desentrañar la trama al cabo de casi cinco décadas durante las cuales miles, o acaso decenas de miles de clientes, invirtieron directamente, o a través de otros numerosos esquemas de Ponzi paralelos y aún vivos, colgados del enorme y por demás confiable árbol de Madoff, quien goza de libertad condicional (fue arrestado, acusado de fraude por el FBI, a instancias de sus propios hijos, Mark y Andrew), después de consolidar una fianza de 10 millones de dólares, con su departamento de Manhattan.
Todo el mundo terminará sufragando un elevado precio por la ineptitud de los poderosos organismos reguladores —como la SEC— a la hora de realizar su trabajo.
—Papá, ¿qué es un inversionista agresivo?
—Es el único animal que tropieza durante cincuenta años con la misma piedra.




