Dinero por nada: cuando los pobres le tienden una mano a los ricos
La utópica república de Chimérica
Dinero por nada: cuando los pobres le tienden una mano a los ricos La utópica república de Chimérica Ricardo de Aquino Cuando aconteció la llamada Guerra Fría —eufemismo que describía una situación compleja y que dividía aguas— comenzó a usarse la muletilla “peligro chino”, para referirse a cualquier circunstancia peliaguda. El origen de la etiqueta provenía de la eventual amenaza que la China post 1936 representaba para Occidente, sobre todo cuando por los años 50 se agenció una creciente capacidad nuclear. El tiempo pasó, cambiamos de centuria, y China logró la calificación de país con economía de mercado (capitalista, pero gobernado por una dictadura comunista), y de un día para el otro, los inversionistas del mundo libre descubrieron una formidable oportunidad de negocios. De pronto, todos quisieron invertir en China y atraer capitales chinos a las economías domésticas, comprarles barato y venderles caro; exaltados, sentenciaban: “Ver Shangai y después morir” (mientras trabajaba para Goldman Sachs como banquero de inversiones, el actual secretario del Tesoro, Henry Paulson, quien hizo más de 70 viajes a China). China se volvió el “gigante bobo” del que los sagaces visionarios occidentales podían sacar provecho sin demasiado esfuerzo y con un mínimo de riesgo. Nadie parecía darse cuenta de que, por más que pueda ser fatuo —y no es el caso—, un gigante es siempre un gigante, con su peso, su fuerza y su poderío; peor todavía: con su escala. Woody Allen escribió que el mejor cocinero del mundo había sido Mao Tsé Tung (en pinyín: Máo Zédong), porque había sabido darle de comer a 800 millones de personas (hoy necesitaría 500 millones de platos más). La escala —el manejo y la gestión de la escala— es la clave para la comprensión de un fenómeno tan vasto, complejo y diverso. Ahora que el reventón de la inconmensurable burbuja norteamericana (USB: United States Bubble) hace que todos corran sin saber hacia dónde, algunos estudiosos del fenómeno se aperciben de los peligros de jugar a los naipes con un cíclope. Hasta no hace mucho, los economistas de la Reserva Federal creían que el extraordinario flujo de dinero barato proveniente de China que financiaba el enorme consumo interno era parte de un ciclo que, si bien no duraría para siempre, en una economía globalizada se prolongaría al menos por algunas décadas hasta declinar. El canje de manufacturas chinas a precio de mercado de pulgas por bonos y débitos hipotecarios, unido al descenso pronunciado de la tasa de interés (regulada por la “FED”), provocó el corrimiento inevitable hacia el mercado bursátil, el consumo obsceno de bienes y servicios, y el desmesurado boom inmobiliario. El valor de mercado de la mayoría de las compañías se disparó a la estratósfera. Todo podía comprarse en comodísimas cuotas a un interés rayano con lo nulo, y no había nadie que no aspirara al menos a un departamento de lujo nunca valuado debajo del millón de dólares, más las correspondientes vituallas. Parece una tradición reincidente el no prestarle demasiada atención al déficit comercial y, en todo caso, financiarlo con crédito externo, un hábito que suele volverse adicción, más tarde o más temprano. A gobiernos y gurúes, el tándem déficit propio-crédito ajeno se les representa un desafío abstracto, en vez de una dificultad perentoria. El desenfreno se hace más agudo cuando el dinero fresco es barato (porque el acreedor devalúa la moneda a su antojo y sin presión del FMI): eso pasó con la plata china que se escurría —y se escurre— hacia la Unión, mientras justamente por esa debilidad monetaria, las exportaciones se expandían —y aún lo hacen, aunque en grado menor— para hacer de China un líder global autosubsidiado. La cintura de pollo de la FED para operar sobre la tasa de interés —que afecta de modo directo al sistema bancario— frente al patético florecimiento de la especulación inmobiliaria, unida a la política férrea de Beijing de no dejar flotar el yuan e inundar el mercado norteamericano con fondos laxos, formularon un cóctel letal. Niall Ferguson, un escocés especialista en historia económica, teoriza que las obligaciones financieras y comerciales entre ambos países son tan estrechas que bien puede hablarse de una sola y delirante nación, a la que bautizó jocosamente “Chimérica” (en castellano, literalmente, “Quimérica”). La sonrisa inicial se desdibuja con sólo pensar que uno de cada 10 dólares de la deuda pública estadounidense está anclado a China. El crecimiento y la prosperidad son siempre más atractivos que la planificación y la moderación, y por cierto los incentivos a ambos lados (crédito y bienes baratos para EE.UU., estabilidad financiera y solidez exportadora para China) fortalecieron el círculo. Pero mientras en Occidente la propensión al gasto era casi una manía, en Oriente ocurría todo lo contrario, ya por razones histórico-culturales, ya por realidades individuales. Así las cosas, el ahorro chino insufló la burbuja norteamericana, y creó un serio desequilibrio que ya no puede mirarse como puramente económico. A diferencia del provecho obtenido en diferentes momentos de su historia, en este caso Estados Unidos no usó la plata fácil para construir la infraestructura del nuevo milenio: sólo autos caros, casas fastuosas, viajes de lujo, derroche en operaciones militares casi nunca justificadas, libertinaje bursátil y osadía bancaria fueron —a la manera de una venganza ancestral— el opio que hizo bambolear a la nación más poderosa de la Tierra. Lo llamativo es que no hubieran escarmentado ni con la lección japonesa de los años 80 (cuando debieron forzar la devaluación del dólar y la apreciación del yen en el nombrado “Plaza Accord”), ni con la crisis de los hidrocarburos de los 70. En el caso de China, los lazos son mucho más enérgicos, en especial porque la mano de obra barata y abundante para la producción atrajo como moscas a las inversiones extranjeras, especialmente norteamericanas; la compra de bienes de uso (durables y no tanto) y de consumo que abarrotaron los comercios de este lado de Greenwich sobrepasó —y en mucho— la venta de productos, mayormente primarios o semielaborados, destinados a China. La bancarrota de la economía estadounidense era cuestión no de tiempo, sino de oportunidad: de haber seguido el curso tradicional, el esquema no habría perdurado; pero China se las arregló para reinvertir sus excedentes comerciales en Estados Unidos, mientras aplicaba hacia adentro manu-militari para que la rueda mantuviera su inercia, con la fuerza de mil millones de personas moviéndose al unísono. Cuestión de escala, en menos de 10 años, los chinos multiplicaron sus provisiones a expensas del superávit: hoy, el Banco Popular cuenta con más de 2 billardos (2 millones de millones) de dólares en reservas, justo cuando el dólar cobra valor, mientras unos 652 mil millones en bonos del Tesoro están en manos chinas. Cierto es que, atadas a un dólar caro, las exportaciones pierden competitividad, en tanto los frutos de la bonanza jamás alcanzan a derramarse sobre los consumidores chinos quienes, además, desdeñan los bienes importados, ahorran como hormigas para afrontar gastos eventuales, y son reacios a instrumentos tan universales como las tarjetas plásticas. El rescate de los bancos y de las fábricas de automotores —que se proyecta más gravoso que lo esperado— dependerá de la continuidad del apego chino a comprar bonos de deuda estadounidense, un hábito que sólo perpetuará el círculo vicioso. |
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