La vieja dama del Rin

La vieja dama del Rin

Encrucijada de todos los caminos europeos, Colonia conoce desde hace tiempo una segunda juventud que hace brillar sus dorados antiguos y sus restaurados vitraux de las iglesias. La tragedia de los bombardeos que la hicieron sucumbir quedaron, por suerte, entre neblinosos recuerdos.TEXTOS. NIDIA CATENA DE CARLI.

Si bien es cierto que las propuestas turísticas cuyo destino es Europa hacen hincapié en las grandes capitales convocantes, plenas de atractivos, monumentos y acontecimientos relevantes, es innegable que el viajero libre de esta dependencia, puede descubrir escenarios subyugantes en itinerarios menos convencionales, dentro del amplio abanico de posibilidades que ofrece el “viejo continente”.

Es así que, luego de visitar Berlín, capital alemana y la emblemática Puerta de Brandeburgo, me dirigí a la ciudad de Colonia, conocida como “La vieja dama del Rin”, por su emplazamiento en la orilla izquierda del río.

MEMORIAS DE UNA CIUDAD

Los orígenes de Colonia como ciudad del Imperio Romano están asociados al nombre de Agripina, esposa del Emperador Claudio, quien consiguió para la ciudad que vio nacer (era hija del General Germánico) el titulo de Colonia romana, con el nombre de Colonia Claudia Ana Agrippinensium -fundada en el año “38 antes de Cristo-. Pero fue en la Edad Media cuando la ciudad fue adquiriendo gran relevancia, ya que Colonia no sólo tiene un puerto sobre el río Rin, sino que fue y es un punto estratégico, encrucijada de las rutas desde Inglaterra, Francia y los Países Bajos hacia Europa Oriental y hacia Italia.

Colonia fue un miembro preeminente de la Liga Anseática; estuvo mas de veinte años en manos francesas lo que contribuyó, al quedar prohibido el culto protestante, a que predominara hasta hoy en día la religión católica.

Durante la segunda Guerra Mundial soportó más de 250 ataques aéreos, que dejaron la ciudad prácticamente en ruinas. Más del 90 por ciento de las casas quedaron destruidas y los daños de la catedral y en las demás iglesias fueron enormes. Unas 20.000 personas perdieron la vida y muchas más quedaron sin techo.

Sesenta años después de la catástrofe, la ciudad bimilenaria que Roma fundara a orillas del Rin ha olvidado definitivamente las cenizas y recuperado sus ganas de vivir. Colonia vuelve a encarnar hoy las mejores virtudes alemanas a la sombra de las torres, su magnifica catedral.

COLONIA HOY

El núcleo alrededor del cual se ha ido expandiendo la ciudad es una media luna, cuyo lado recto es el Rin y cuyo lado curvo está delimitado por una sucesión de anchos bulevares que forman el Ring. Más allá de éste se encuentran los barrios nuevos. El Ring marca el lugar donde se erigían las murallas de la ciudad. En el epicentro de la media luna se alza la catedral y la zona peatonal que la rodea.

Pero lo más representativo de Colonia se encuentra en el barrio antiguo junto al río, en los alrededores de la plaza del Mercado Viejo. Allí es donde podemos ver las casas antiguas más bellas que quedaron en pie. Es un barrio de calles estrechas y acogedoras, donde se concentran los locales de buen comer y mejor beber.

El paseo puede prolongarse aún más; queda toda la parte moderna del centro, con la Hohe Strasse y la Schildergasse, templos de las compras y la moda.

En esta zona se pueden encontrar interesantes muestras de arquitectura contemporánea de los años cincuenta en adelante; o bien, puede uno perderse por la ciudad y acabar en la famosa y perfumada casa 4711, origen del agua de Colonia, o en algún otro rincón acogedor del centro.

La reconstrucción ha servido como banco de pruebas de urbanistas y arquitectos y el resultado es una ciudad equilibrada y agradable, donde pasear es lo más natural.

LA CATEDRAL, UN SÍMBOLO

Los quinientos nueve escalones que conducen a la Catedral de Colonia a casi cien metros de altura, son un intento de aproximarse a Dios. Así, seguramente lo sintieron quienes la construyeron en el Medioevo. Hasta la pura técnica constructiva adquiría un carácter simbólico, digno de ser interpretado.

En efecto: la cal de la argamasa significa el amor / La arena, la sustancia terrenal que el amor ha elegido para sí / El agua, el vehículo que funde el amor celestial con nuestro mundo terrenal.

Cada uno de estos elementos fueron imprescindibles en la construcción de esta Catedral Gótica, que fuera terminada hace poco más de cien años, ya que su edificación estuvo interrumpida por más de trescientos años.

Su origen está en un templo románico de época carolingia, reconstruida varias veces en los siguientes siglos, a la que Federico I, apodado Barbarroja, traería desde Milán las reliquias de los Reyes Magos -amados y venerados desde entonces-. En 1248, tras un incendio que arrasó con el edificio, comenzó a levantarse la catedral que hoy preside la ciudad con sus 144 metros de largo, 86 de ancho y 157 de altura máxima.

El interior transmite una sorprendente sensación de levedad, a pesar de sus dimensiones; contribuyen a ello sus bellos y coloridos vitraux, la riqueza de sus obras de arte y reliquias.

Un punto de especial interés lo merece el coro, que es lo más antiguo del templo, y la llamada Casa de lo Reyes Magos, un maravilloso relicario de plata dorada, esmaltes y gemas construidos en tiempos del Emperados Oton IV. Una leyenda asegura que quien acerca su oído, puede escuchar el galopar de la comitiva de los Reyes en su camino hacia Belén.

La catedral es el símbolo de Colonia, presente desde cualquier punto de la ciudad, lo cual facilita la orientación en una urbe pensada para el disfrute de quienes la visitan.

En la ciudad existen doce iglesias románicas, la más antiguas de las cuales es San Pantaleón, que data de 980. Todas fueron dañadas en mayor o menor medida durante la guerra y los trabajos posteriores de restauración se han prolongado hasta hace una década.

Las características individuales de estos templos románicos varían mucho: desde la sencillez de San Gereón hasta el refinamiento de San Martín Mayor.

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La reconstrucción ha servido como banco de pruebas de urbanistas y arquitectos, y el resultado es una ciudad equilibrada y agradable, donde pasear es lo más natural.

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UNA CIUDAD ECLESIAL, DOMÉSTICA Y BURGUESA, DONDE LO NUEVO Y LO VIEJO FORMAN UN TODO INSEPARABLE.

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UNA CIUDAD PERFUMADA

La mayoría de los autores coinciden en atribuir la invención del agua de colonia a un italiano, Juan María Farina, quien en 1709 se estableció a orillas del Rin para regentear un negocio de perfumes. A esa agua perfumada que tanto éxito tuvo entre sus clientes él la denominó “agua de colonia”. A su muerte, sus familiares heredaron el negocio y el secreto de la fórmula, que continuó creciendo con gran suceso.

En el año 1819, habían surgido en Colonia sesenta fábricas de ese producto que usaban el nombre de su famoso inventor. Un pleito ganado por la familia hizo que solo tres de dichos establecimientos pudieran llevar su nombre.

La primitiva fábrica se hallaba emplazada frente a la “Jülichs Platz”; ésta denominación fue agregada en la etiqueta como sello de garantía.

Para otros, sin embargo, el inventor fue Paul de Feminis, en Milán, que llamó a su creación “agua admirable””. En la actualidad no cabe ninguna duda de que el perfume se debe a su lugar de origen: la hermosa ciudad alemana en la que, al decir de sus habitantes, “todo es tan perfecto que, hasta cuando llueve, cae agua de Colonia”.