Ante las puertas de un nuevo conflicto
Entre la desesperación y la farsa

Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Samuel Johnson, escritor y ensayista inglés.
Foto: Dibujo Cejas
El gobierno amaga con nacionalizar al comercio exterior, enfrenta a la CIA y reta al imperio, mientras deja la puerta abierta para la vuelta del (y al) FMI.
Sergio Serrichio (CMI)
CMI
No es necesario ser un exégeta de Samuel Johnson, el ensayista y pensador inglés del siglo XVIII, para ver, en su conocida frase de que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”, una condena al uso de “la Patria” como coartada para disimular miserias, más que un ataque al patriotismo sincero, a la lealtad a un pasado y a ciertas vivencias, valores e ideas que los miembros de una colectividad creen tener en común (de hecho, Johnson se refiere a los scoundrels que, además de “canallas”, puede traducirse como “miserables”, pero de espíritu).
Interpretar la Argentina de hoy a la luz de aquella frase parece un exceso. Pero, como mínimo, la multiplicación de tics nacionalistas y patrioteriles, de falsa virtud ofendida, de repetición de argumentos que en boca de quien los pronuncia son un mal chiste, sugiere dos posibilidades: o el gobierno está cayendo en la desesperación, o está representando una farsa que, si de calidad actoral se tratara, podría ganarle el Oscar a la mejor “actuación” política.
Examinemos, primero, la hipótesis de la desesperación.
Apenas días después de reunirse con la Comisión de Enlace rural, voceros oficiales lanzan y dejan correr la versión de una posible nacionalización del comercio exterior de granos, oleaginosas y cereales. Medida que, por cierto, la corriente boba del progresismo “Nac & Pop” está siempre dispuesta a celebrar, sin importar de quién venga la idea y de qué modo y en qué momento se implementa, aunque en esos detalles estribe la diferencia entre una medida sensata y otra ruinosa.
A través del ministro del Interior, Florencio Randazzo, y la ministra de Producción, Débora Giorgi, la administración de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) dio a entender que el núcleo del tironeo con el campo pasa hoy por la liquidación de los 9 millones de toneladas de soja que, según cálculos oficiales, permanecen invendidos.
Yo no fui
Sin embargo, sobre la nacionalización del comercio exterior, sea sobre el modelo del Iapi (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) del primer peronismo o sobre el de las Juntas Nacionales de Granos y Carnes que el menemismo (entonces acompañado por los Kirchner) terminó de liquidar en los noventa, ningún funcionario ha dicho “esta boca es mía”.
Hay indicios para sospechar que, en rigor, la intención no es proceder, sino asustar. Provocar la venta y acelerar exportaciones por siempre a estar de las cuentas oficiales, unos 3.000 millones de dólares escamoteados por la avaricia agraria y que por retenciones arrimarían cerca de 3.500 millones de pesos al fisco K. El beneficio sería doble: mayor oferta de dólares, para sofrenar la presión devaluatoria, y más pesos, para aceitar los planes oficiales.
Como para abonar la tesis del impulso nacionalista, el gobierno también sobreactuó su molestia con unos dichos de Leon Panetta, el director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, sobre supuestas y especiales vulnerabilidades de la Argentina, Ecuador y Venezuela ante la crisis económica internacional.
¿Qué mejor combo para la progresía de cartón que un gobierno que se planta ante la CIA, de bien ganada fama maléfica y no menos destacables, aunque sí menos conocidas chambonadas, y reta al embajador del imperio, mientras amaga recuperar las “rentas de la tierra” para el bien de todos.
De yapa, también está en juego la posible “argentinización” de cuotas adicionales de YPF, la petrolera cuya venta a la española Repsol tanto debe al lobby patagónico que en los noventa encabezó el entonces gobernador Néstor Kirchner y de cuyo producido se alimentaran los ya legendarios (y todavía expatriados) “fondos de Santa Cruz”.
PARA EL OSCAR
La hipótesis de la farsa, de la suprema actuación política, despunta no bien se revisan el momento y la oportunidad de la potencial nacionalización. A diferencia de la reestatización de las AFJP, aquí no hay bolsa de dinero por tomar. La realidad es más compleja.
Varios países de perfil similar al de la Argentina han tenido o tienen mecanismos estabilizadores de precios y de comercio exterior para dar previsibilidad a su producción agroalimentaria. En casi 6 años de ejercicio, el kirchnerismo no sucumbió a ideas de ese tipo, confortable como estaba en su casilla de peaje, cerquita de los barcos, cobrando una tarifa siempre en ascenso.
La nacionalización —o variantes del estilo— presenta inconvenientes. El primero es que obligaría al kirchnerismo a trabajar. El ritual del anuncio, útil para el canje de heladeras o del enésimo plan de las mismas viviendas, no sirve ni para distraer, cuando hay de por medio campos, silos, trenes y camiones que van y vienen, buques y puertos de salida y de destino. En segundo lugar, garantizar la provisión interna y tener saldos exportables en un escenario de precios mundiales en baja puede implicar pérdidas. Y aun si se molestara en poner el trabajo donde pone la lengua, el gobierno enfrentaría un tercer problema: lidiar afuera con los mismos gigantes a los que correría de aquí. Más fácil es cobrar peaje, y que arriesguen otros.
Arrima verosimilitud a la variante farsesca el reacercamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, luego de cuatro años de no añorada ausencia, enviará a la Argentina su “misión de artículo IV”, aquella que el Fondo hace a los países-miembro, estén o no bajo un “programa” del organismo.
“Ni regalada” queremos la plata del FMI, dijo la semana pasada el ex presidente Néstor Kirchner en esas incursiones electorales en las que critica a quienes hacen incursiones electorales. Pero enseguida agregó que distinto sería si el Fondo “cambia”.
El “cambio” es la reforma de los organismos y la arquitectura financiera internacional que se discutirá en Londres a principios de abril, en una reunión a la que la Argentina asistirá como miembro del G-20. Con el Fondo renovado, obamizado, quién sabe si hasta peronista (ya nos informará la presidenta), el kirchnerismo se avendría a pedirle hasta 15.000 millones de dólares. Es la variante que manejan sectores del gobierno que, como el jefe de Gabinete, Sergio Massa, están aplicados a los deberes financieros.
Nadie en este mundo inmerso en una abrumadora crisis está exento de dificultades, y la necesidad tiene cara de hereje. Pero qué bueno sería que el gobierno al menos nos ahorre la molestia adicional de tener que discernir si lo suyo es desesperación o mera hipocresía.




