Santa Fe | Domingo 21 de marzo de 2010 | 00:38 hs

Opinión
Edición del Sábado 04 de julio de 2009

Interpretaciones poselectorales de Cristina Kirchner

Cristina Fernández tiene derecho a realizar la interpretación que considere más adecuada, pero queda claro que la sociedad no está obligada a compartirla ni a coincidir con sus singulares apreciaciones.

 

Hubiera sido deseable que la presidenta le hablara a los argentinos el mismo domingo a la noche para felicitarlos por su comportamiento electoral. No lo hizo. Esperó casi veinticuatro horas para convocar a una conferencia de prensa y transmitir su particular lectura de las elecciones, una interpretación que resultó muy parecida a la que en su momento hiciera De la Rúa en una situación similar.

En principio, es bueno que se convoque a una conferencia de prensa. No es lo habitual en la Argentina. Las dos o tres veces que los Kirchner lo han hecho, la reunión estuvo signada por tensiones innecesarias, muchas de las ellas consecuencia de los preconceptos que la pareja gobernante tiene de los medios de comunicación. A la hora de señalar méritos, habría que decir que las declaraciones de la presidenta a favor del diálogo político y la construcción de consensos es una noticia positiva para los argentinos y las instituciones. Cabe esperar que las palabras coincidan con las conductas.

Sin duda, Cristina Fernández tiene derecho a realizar la interpretación que considere más adecuada, pero queda claro que la sociedad no está obligada a compartirla ni a coincidir con sus singulares apreciaciones. La reflexión filosófica que concluye que “no hay hechos sino interpretaciones” debe en este caso relativizarse al máximo. Es que Nietzsche, cuando la formuló, no se estaba refiriendo a la política; mucho menos, a que la búsqueda de la verdad sea una aventura abierta a cualquier interpretación, por arbitraria que resulte.

Es verdad que la derrota siempre duele, pero también es cierto que desde el punto de vista político nada se gana con negar los costados más evidentes de la realidad. En tal supuesto, a la derrota se le suma la necedad o la alienación. Perder una elección en una sociedad democrática, no debería ser una tragedia. En una reciente entrevista, Natalio Botana ponderaba la ética de la derrota como una de las virtudes fuertes de una cultura democrática. El enunciado vale no sólo para los Kirchner.

Con respecto al desarrollo de la conferencia de prensa, es necesario insistir en la necesidad de que esta práctica -propia de los Estados democráticos- se reitere con mayor frecuencia o se institucionalice como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos. Es importante que el primer mandatario dialogue con la prensa y se someta a sus preguntas. Los beneficiarios, en tales casos, no son los dueños de los medios sino los ciudadanos.

Por último, cabe señalar una vez más los prejuicios de los Kirchner respecto de los medios. No los pueden disimular; parecen ser más fuertes que ellos. Cada vez que tienen la oportunidad, la mandataria o su esposo se despachan contra algún periodista, algún diario o alguna cadena informativa. Mientras esa hostilidad se mantenga, mientras sigan considerando a la prensa como una enemiga, los enunciados acerca del diálogo y del consenso pierden consistencia o no son más que palabras echadas al viento.



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