Crónica política
Cita con el futuro
Crónica política Cita con el futuro “Ojos que se abren como la mañana y que cerrándose dejan caer la tarde”. Macedonio Fernández Rogelio Alaniz Las elecciones son un termómetro de la sociedad y poseen la virtud de recordarles a los gobernantes que la sociedad es pluralista, que no existe un centro exclusivo del poder y que la manera más inteligente de gestionar la política es el respeto a las instituciones. Una democracia que funciona no desconoce el conflicto pero no lo pone en un primer plano. El conflicto es necesario, y sobre todo inevitable, pero la tarea de los gobernantes no es exacerbarlo sino controlarlo. La consigna “Orden y Progreso” formulada por los maestros de la Generación del Ochenta era básicamente correcta y había que ponerla en práctica aceptando la prioridad del orden como garantía del progreso. Mal no nos fue. Ciento veinte años después, la consigna debe ser traducida a las necesidades del siglo XXI, pero desde el punto de vista de la organización de una sociedad, el objetivo deseable de todo gobernante debería ser el mismo: orden y progreso. Decía que el domingo pasado emergió con total nitidez la Argentina plural. La noticia es buena; y si se quiere, muy buena, pero para ser sincero diría que a esa Argentina plural le hacen falta propuestas, programas de cambio, que son los que en estas elecciones brillaron por su ausencia. Estamos a punto de celebrar el bicentenario de la Revolución de Mayo y de la declaración de la Independencia. Es una buena oportunidad para empezar a ponernos de acuerdo en algunos puntos de gobernabilidad. Para que ello sea posible, hacen falta lucidez e instituciones sanas. Ninguna de estas dos condiciones están presentes. O por lo menos no están presentes como lo exige el tiempo histórico. Dicen que cuando Malraux lo conoció a De Gaulle dijo: “He aquí el hombre que Francia necesita”. Yo no soy Malraux, pero no avizoro entre los dirigentes políticos actuales algo parecido a lo que se le presentó al autor de “La condición humana”. Tenemos políticos moderados, políticos llenos de buenas intenciones pero no hay -no se ven-, grandes estadistas, hombres que sepan plantarse fuerte en la coyuntura y mirar siempre un poco más lejos que el resto; hombres capaces de hacer coincidir el más básico sentido común con la lucidez más exquisita; hombres que conocen como nadie el alma de su pueblo, sus debilidades, sus grandezas, y al mismo tiempo saben tomar distancia de las pasiones cotidianas; hombres que suelen identificarse con el ciudadano común pero saben preservar para sí una cuota de distinción, de inteligencia, que los hacen diferentes. Lo decía José Manuel Estrada, el gran Estrada: “Una democracia es el gobierno del pueblo, es cierto, pero el gobierno del pueblo gestionado por los mejores”. Y no hay políticos grandes sin objetivos grandes. La Argentina tiene que aprender a crecer, tiene que aprender a distribuir, tiene que aprender a relacionarse con el mundo y tiene que aprender a ser más justa. No es imposible hacerlo. No es fácil, pero no es imposible. Tenemos todas las condiciones objetivas para hacerlo, pero la decisión política en estos casos es imprescindible. Esa decisión política es la que no veo. Hoy pareciera que empiezan a ponerse de moda los buenos administradores. No está mal, pero no alcanza. La Argentina, para ser rica y justa, necesita transformarse. No podemos darnos el lujo de administrar la decadencia. La Argentina, para ser viable, necesita crecer en serio a seis o siete puntos anuales en los próximos diez años. Para ello hace falta algo más que disponer de los beneficios de una buena coyuntura o de la bendición de una administrador prolijo. El pasado domingo el mensaje de la sociedad fue crítico de los afanes hegemónicos de los Kirchner y puso en un primer plano las virtudes de la moderación. Los dirigentes que han sido revalidados en estas elecciones son hombres cuyo capital político es justamente el equilibrio, la templanza. Es un buen punto de partida. Es un buen punto de partida pero no alcanza. Para que el equilibrio no se transforme en mediocridad y la moderación en impotencia son necesarias las ideas y la capacidad de decisión. Ideas más decisión dan como resultado a un estadista. Todos los países que crecieron en riqueza y justicia contaron con grandes estadistas, con grandes jefes políticos. Es lo que necesitamos y es lo que no veo. Las elecciones convalidaron a cinco o seis presidenciables para el 2011. Nombro a los principales: Reutemann, Cobos, Macri, De Narváez (si resuelve su nacionalización) y Scioli. Son hombres que tienen rasgos comunes. En lo personal son todas personas de bien, cada uno podrá estar más de acuerdo con uno u otro, pero nadie los puede impugnar por sus vicios. En lo político son moderados, con un perfil ideológico ubicado en lo que hoy se llamaría el centro derecha. Ninguno de ellos cuenta con tradiciones políticas importantes. Todos provienen del mundo empresario, profesional o deportivo. Ninguno fue militante. Descreen de los partidos políticos y de las teorizaciones. Su modelo de político es el buen administrador. Ponderan el sentido común en sus versiones más ramplonas; su olfato es más importante que cualquier disquisición racional. Han dirigido una empresa, un club de fútbol, una lancha o un auto. Suponen que la experiencia que adquirieron en sus oficios les alcanza y les sobra para hacer política. Mal no les ha ido hasta el momento. Su vigencia puede ser criticada pero no desconocida. Quienes desde la militancia política o partidaria se fastidian por este dato de la realidad deberían preguntarse qué hicieron mal o qué no hicieron para que la sociedad haya privilegiado estos liderazgos. Según se mire, estos dirigentes son en la coyuntura un síntoma de rechazo a los hábitos hegemónicos del oficialismo, pero también pueden ser la expresión o el signo de una decadencia política y un malestar cultural. A mi modesto entender, ni el líder populista ni el administrador despolitizado son la respuesta que la Argentina necesita. A la crispación populista no la corrige el funcionario que supone que a una nación se la administra como se administra un almacén. En la Argentina el pueblo ha demostrado con sus idas y vueltas que desea vivir en una sociedad más justa. Hay matices y contrastes, pero el sentimiento mayoritario es bastante claro. El problema, o uno de los problemas importantes, no está planteado tanto a nivel popular como en el nivel de las clases dirigentes. Hay que decirlo de una buena vez. Lo que está fracasando en la Argentina es su elite dirigente. En ese concepto, incluyo a políticos, sindicalistas, intelectuales y empresarios. No sólo no han resuelto los problemas sino que en más de un caso ellos han sido el problema. No nos engañemos, sin una clase dirigente con ambiciones de Nación, es decir con proyectos sociales colectivos, el país está llamado al fracaso, a la versión más miserable del fracaso, es decir, a una lenta y exasperante cuesta abajo hacia el abismo sin fondo de la decadencia. Con todo, el escenario de la provincia de Santa Fe autoriza un moderado optimismo. El resultado de las elecciones puso en un primer plano la vigencia de dos grandes coaliciones políticas que discrepan en puntos centrales acerca de la gestión del poder, pero que en los grandes objetivos tienen más puntos en común que lo que ellos mismos están dispuestos a admitir. Eso creo y eso quiero creer. Como corresponde a una elección democrática en serio, aquí no hubo vencedores ni vencidos. Nunca los hay cuando la diferencia de votos no llega a dos puntos. La gobernabilidad de Binner no está comprometida por esta elección. Tampoco tiene por qué estarlo. Por su parte, Reutemann ha revalidado su liderazgo en el peronismo y ha demostrado a los que no lo querían admitir, que sus gestiones sin ser brillantes tampoco han sido una catástrofe. Binner en versión progresista y Reutemann en versión conservadora configuran el realineamiento ideal para una sociedad moderna y democrática. Podemos y debemos estar con uno o con otro -yo personalmente lo estoy- pero no podemos perder de vista la legitimidad de los protagonistas y el hecho de que en la democracia no hay enemigos sino adversarios. Hoy pareciera que se ponen de moda los buenos administradores. No está mal, pero no alcanza. La Argentina, para ser rica y justa, necesita transformarse.
Figuras. Reutemann y Binner son hoy los dos principales dirigentes políticos de nuestra provincia; ambos, con proyección nacional. El senador festeja el triunfo en su búnker de Santa Fe; el gobernador habla con la prensa, luego de votar en la ciudad de Rosario. Fotos: Mauricio Garín y Agencia Rosario.
Hermes Binner en versión progresista y Reutemann en versión conservadora configuran el realineamiento ideal para una sociedad moderna y democrática. |