La escritora santafesina Susana Colombo envió la historia de vida de su abuelo Marsilio Gasparini, pero también reflexionó sobre el amor que éste tenía por su esposa, Olivia Macacaro. TEXTOS DE SUSANA COLOMBO

La escritora santafesina Susana Colombo envió la historia de vida de su abuelo Marsilio Gasparini, pero también reflexionó sobre el amor que éste tenía por su esposa, Olivia Macacaro. TEXTOS DE SUSANA COLOMBO
DE RAÍCES Y ABUELOS
Un homenaje al abuelo Marsilio
De Alpo a Santa Fe. Allí comienza la historia de esta rama de mi familia en Argentina en Santa Fe: en Alpo, fracción de Villafranca di Verona, Región del Veneto, Italia.
Un 29 de agosto de 1896 nacía mi abuelo, Marsilio Gasparini, hijo de Giuseppe y de Amalia Tosoni. Siete hermanos menores compartirían su infancia y gran parte de su juventud. Su padre poseía un campo y se dedicaba a su cultivo, mientras su madre como era propio de las mujeres de su época- se avocaba a las tareas hogareñas.
En realidad ellos no vivían en el pueblo propiamente dicho, sino en las afueras, en la zona de la campagna, conformando un conjunto de casas de estructura similar. Por lo general debajo había un espacio (la stalla) reservado al ganado, cuyo número era considerablemente menor al que solemos ver en nuestros campos argentinos, mientras la vida familiar propiamente dicha se desarrollaba en el primer piso. Y, en el segundo solía reservarse para guardar el fieno para alimento de los animales.
En general las casas eran (y lo son aún) de frentes austeros, con ventanas sin balcón y techo a dos aguas de tejas, siguiendo una misma línea arquitectónica, lo cual, sin embargo, dista mucho de la monotonía, pues cada familia le daba su “toque’ particular a cada vivienda.
Mi abuelo Marsilio fue combatiente en la Primera Guerra Mundial (1914- 1918), en el Batallón de Alpinos. No solía hablar demasiado en general y mucho menos de la guerra, pero quedan algunos recuerdos de sus historias, en su mayoría, dolorosas. La situación era de una crueldad tal que en las trincheras compartían cigarrillos y otros objetos precisamente con aquellos contra los que, ante la orden, debían, minutos después, disparar.
Concluida la guerra y vuelto a su terruño, comenzaron los años de las luchas sociales por reivindicación de mejores condiciones laborales. Y en ellas participaba mi abuelo, con ese impulso por la justicia y la equidad que marcarían su carácter, rasgo por el cual siempre lo he admirado con la profundidad de un sentimiento muy hondo.
Por una discusión
Cierta noche, seguramente en el bar, se habrían encontrado quienes combatían por una sociedad más equitativa, no autoritaria, quienes sostenían una postura diversa políticamente. Quizá por el impulso que suele tomarse en los bares, en medio de esas discusiones acerca de fascismo y antifascismo, mi abuelo cerró un duro puñetazo en el rostro del hijo del farmacéutico del pueblo, quien era, precisamente por entonces, el líder político del lugar.
De ahí en más, comienza a tejerse la historia argentina, pues Marsilio debió permanecer varios días escondido entre los maizales de la zona. Los soldados lo buscaban y esa búsqueda tenía un solo destino: la muerte.
Como la búsqueda no cesaba y ante el temor de ver muerto a su hijo, Amalia, su madre, le dice que se vaya per l’America, que era preferible eso a verlo muerto (“preferible lejos y vivo que cerca en una tumba”).
No sabemos cómo logró salir de Italia. Lo cierto es que llegó a Brasil, pero no muy a gusto allí se embarcó en el buque Santos y el 30 de octubre de 1924 arribó a Buenos Aires. De allí siguió un poco la ruta de otros italianos: San Francisco y luego Rosario. Allí comenzó a trabajar para un paisano de apellido Ragazzi en el oficio de vidriero y cuando supo que ubicaba una especie de sucursal en Santa Fe, pidió su traslado.
En esta ciudad encontró el lugar que le pareció más apropiado para continuar su vida y una vez que se estableció, escribió una carta a su novia que había dejado en Alpo. Sin embargo, esto es tema para otro escrito.
Lo llamaban el bello
Mientras, quiero concentrarme en la figura de mi nonno porque para mí es la figura de la honestidad y del cumplimiento en la palabra. Es la imagen de quien, aunque se acostase muy tarde una noche, al día siguiente se levantaba temprano a trabajar, aún cuando trabajaba por su cuenta y por tanto no debía cumplir horarios.
Es la figura de la justicia y la equidad. Es así que cuando cobraba el aguinaldo de su jubilación hacía una distribución justa del mismo entre sus nietos, dando a cada uno una parte igual. Participaba de modo activo en la vida de las asociaciones italianas, entre otras: socio benemérito de la Unión y Benevolenza de Santa Fe, socio fundador del Centro Friulano, pues por entonces, los vénetos se sentían estrechamente unidos a los friulanos (con ellos también viajaba a Colonia Caroya).
Por su oficio de vidriero era conocido en todo Guadalupe y, por cierto por las mismas asociaciones italianas. En Italia lo llamaban el bello, precisamente por ser un hombre atractivo, por sus rasgos, pero también por su figura y su estilo al vestir.
Si bien hablaba poco, sus palabras eran siempre precisas. Así, cuando era una niña que comenzaba a leer, cierta vez me paré orgullosa delante de él -que estaba sentado como siempre en su sillón hamaca bajo la parra de la galería del patio- y le dije: “Escuchá cómo leo, nonno” y le leí mi lección.
Al terminar, esperaba que él me dijese lo bien que lo había hecho, como suponía haría cualquier abuelo al escuchar las primeras lecturas de su nieta. En cambio, dijo: “Bueno, ya vas a leer todo corrido...”. En principio para mí fue un duro golpe, pero como sus palabras tenían un don especial, lejos de amedrentarme me dieron el impulso necesario para poner todo el esfuerzo que fuese preciso para aprender a leer “de corrido’. Fue mi impulso y cada vez que leo en público, lo recuerdo.
Mi memoria de él, en mis primeros años, era de un abuelo que se dedicaba a su quinta y al que alguna vez vi hacer vino. Pero también el abuelo que comenzó a tener problemas de visión, quedando casi ciego. Mas como los niños suelen tener un ángel especial tuve mi propio recurso para jugar con él “a la maestra’. Consistía en lo siguiente: yo tomaba mi cuaderno y escribía una multiplicación u otra operación matemática, jugando al papel de maestra. Luego, le iba preguntando número por número el resultado de la operación y así.
Grandes enseñanzas
Todas las tardecitas lo recuerdo en el sillón del living, frente al televisor que transmitía supongo que sería por el viejo canal 13- Hogar Dulce Hogar, y además, un programa emitido desde Italia. Él casi no podía verlos, pero los escuchaba.
Los domingos por la mañana el sonido de la casa de mis abuelos era el de la radio que emitía un programa también referido a la colectividad.
Él además tenía el don de salvarme de las sopas de la nonna. No había almuerzo que mi abuela no sólo no me ofreciese, sino que no me sirviese directamente la sopa (contra mi voluntad), comida que producía en mí una multiplicidad de extrañas y feas sensaciones. Mi abuelo ponía fin al tire y afloje entre ambas (“te hace bien no me gusta’) con sus palabras que en un españolizado dialecto decían: “Decala, vecha, povera chica. Decala que no le gusta..”. Esas eran las palabras que en actitud de resistencia, mientras mi abuela insistía, yo aguardaba como a un bálsamo.
Solo una vez retornó a Italia, en el año 1964, y pude saber que en ese momento, no quería regresar a Argentina, pues se encontró con un país nuevo y pujante. Tanto para afirmar: “È qua l’America!”.
Este es mi piccolo homenaje al hombre gracias a quien aprendí la inutilidad de la guerra, la importancia de la honestidad y rectitud, que el valor de cada persona está precisamente en esto, en que es persona y que Dios está en la naturaleza. La imagen de la justicia y la equidad. El equilibrio. Aquél que pensaba mucho las cosas antes de hablar, pero que defendía sus convicciones hasta con el exilio. A no dudarlo, para mí: un ejemplo, un orgullo.

Marsilio Gasparini nació en Alpo, Villafranca di Verona, Italia, en 1896.
Un amor desde Verona
Esta es la visión romántica de la historia de mis abuelos. Ambos vivían en Via Ognissanti, en un lugar llamado Alpo, fracción de Villafranca di Verona (Verona Italia). La calle Ognissanti, que traducido significaría “Todos los santos” se distribuye de tal manera que abarca a todo un grupo de casas (forma una borgata), de modo que ella y él eran vecinos pero no de lado sino que los fondos de sus viviendas daban uno con el otro.
Él había nacido en ese lugar, el 29 de agosto de 1896, hijo de María Tosoni y Giuseppe. Ella, si bien se sentía absolutamente italiana, en realidad, había nacido en Valença, Brasil, el 31 de marzo de 1898, e inscripta en Minas Gerais, un par de días después, debido a las dificultades de distancia y trabajo, bajo el nombre de Olivia Pascua. Este último nombre desapareció en la radicación en Italia. Hasta el país americano sus padres, Rosa Aprili y Giuseppe, habían viajado para la cosecha del café donde permanecieron varios años, pues antes que Olivia había nacido su hermana María y el regreso se produjo cuatro años después.Al ingreso en Italia se radicaron definitivamente en Via Ognissanti.
Es decir que ambos se conocieron desde siempre. No me había permitido una versión romántica de la historia de mis abuelos, la dureza del trabajo, los sacrificios que debieron afrontar, la guerra, no me permitieron descubrir la otra parte de la historia: ellos se conocieron desde siempre y juntos afrontaron todos los obstáculos: la distancia, la familia, la vida, la muerte. Ambos vinieron desde Vía Ognissanti, Villafranca di Verona y vivieron en calle “Coronel’ como aclaraba mi nonna- Espora en Santa Fe, siempre juntos. Fue la observación reciente de una amiga la que me permitió dar paso a esta versión.
Verona parece inspirar estos amores capaces de dejarlo todo, como en la inspiración de Shakespeare y su “Romeo y Julieta”. Será el aire de Verona -me digo-, el que inspira amores eternos. Será el aire de Verona.

Olivia y Marsilio Gasparini con su primer hijo, quien falleció a los 22 meses.

Olivia en la puerta de la primera casa donde vivieron en Santa Fe, en Saavedra 1841.