La vuelta al mundo

Pinochet y Allende

Rogelio Alaniz

El 11 de septiembre de 1973 las Fuerzas Armadas de Chile dieron un golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende. Los militares actuaron de manera coordinada y en pocas horas controlaron la situación. Las esperanzas de una movilización popular o del pueblo armado resistiendo a los golpistas se derrumbaron con mucha pena y poca gloria. Allende cumplió con su palabra de honor y resistió en la Casa de la Moneda. Como dijera unos meses antes en una entrevista, tuvieron que acribillarlo a balazos para poder sacarlo del lugar donde el pueblo lo había llevado con su voto.

Los chilenos no pudieron o no los dejaron movilizarse, pero en todo el mundo, por lo menos en todo Occidente, los estudiantes, los trabajadores, los partidos políticos democráticos, salieron a la calle a repudiar el golpe. En Santa Fe, hicimos un acto en el comedor universitario y después marchamos en manifestación por calle San Martín hacia el sur. Recuerdo que algunos vecinos salían a la calle y nos aplaudían. También recuerdo una consigna: “Apoyo, apoyo, apoyo combatiente, a Chile que pelea con la clase obrera al frente”.

Por supuesto que nada de eso ocurrió. El golpe de Estado fue planificado al detalle y los obreros -algunos por lo menos- fueron al frente, pero de los pelotones de fusilamiento. Como se supo después, la CIA prestó una inestimable colaboración y a partir de allí se conocieron escenas de horror. La más patética, la más cruel, fue la del estadio Nacional, la cancha de fútbol adonde fueron llevados los detenidos para ser torturados y, en más de un caso, asesinados. Al martirologio de Víctor Jara, el cantante de izquierda acribillado a balazos luego de que los verdugos le cortaran las manos, las mismas con las que tocaba la guitarra, todavía lo recuerdo con un leve escalofrío.

Por razones de militancia política, al otro día viajé a Buenos Aires. Insisto en la fecha: septiembre de 1973. En la Argentina, gobernaba el peronismo y todavía los horrores de las Tres A no eran tan evidentes. En esos días, Buenos Aires parecía haberse vestido de rojo. Ésa era la sensación. Las columnas de manifestantes, con banderas rojas y efigies del Che, se extendían a lo largo de Callao y Entre Ríos, y ocupaban las calles laterales de la plaza Congreso. Los diarios calcularon que entre ochenta y cien mil personas se habían manifestado en las calles. Manifestábamos con bronca y con esa particular alegría que teníamos los jóvenes de entonces cuando salíamos a la calle.

En una reunión política realizada en un local partidario de Caballito, alguien propuso armar brigadas internacionales como en España. La idea, por suerte, no prosperó y digo “por suerte” porque si se hubiera aprobado todos los que allí estábamos nos hubiéramos anotados para cruzar la cordillera. Brigadas internacionales... el sueño del pibe... aunque se sabe -hoy se sabe- que nunca segundas partes fueron buenas, sobre todo si se tiene en cuenta que muy bien no les fue a las brigadas internacionales que fueron a luchar contra Franco.

Advierto que estas consideraciones las hago ahora, cuando soy casi cuarenta años más viejo y cien años menos iluso, porque entonces, la idea de marchar a Chile para luchar contra la dictadura en un acto de solidaridad me entusiasmó como nos entusiasmaba a todos.

Pasada la excitación contestataria nos fuimos resignando a lo inevitable. En Chile, la dictadura llegaba para quedarse. Pinochet encarnaba los vicios más detestables de un dictador, pero un sector importante de la sociedad chilena parecía no pensar lo mismo. A esa experiencia la pude verificar quince años después, cuando parado con unos amigos argentinos en una de las esquinas de la Alameda, en Santiago, veíamos desfilar a multitudes que vivaban a Pinochet. ¡Qué lección de la historia! Habían pasado quince años del golpe de Estado, del golpe que supuestamente venía a hambrear y explotar al pueblo; y sin embargo, multitudes de diferentes clases sociales manifestaban en la calle su amor por el dictador.

Con todo, ninguna de esas escenas logró modificar mis puntos de vista sobre Pinochet o sobre Allende. Por más que me lo proponga, no puedo ser objetivo con ellos. Como ejercicio mental puedo entender por qué se dio el golpe de Estado o los errores cometidos por el gobierno de la Unidad Popular, pero ninguna comprensión objetiva -si es que esa palabra puede usarse- puede alterar mi subjetividad. Con los amores juveniles tenemos la obligación de ser leales. Por lo menos con algunos. Y Allende y la Unidad Popular constituyeron una de mis grandes pasiones juveniles. La otra fue la república española. Se pueden leer todos los libros de historia que expliquen con documentos en la mano la responsabilidad de la república en la guerra civil, pero llegado el caso sigo siendo republicano y emocionándome cada vez que escucho las coplas españolas. Sé que no soy objetivo, pero con ciertos amores uno tiene derecho a darse esos lujos.

Volvamos a Chile. Es verdad que la Unidad Popular llegó al gobierno con el 33 por ciento de los votos. También es verdad que la Unidad Popular no se proponía humanizar el capitalismo; su objetivo era el comunismo en clave soviética. Hoy, todas estas conclusiones son evidentes, tan evidentes como el que comenta con pedantería los resultados de los partidos de fútbol con el diario del lunes en la mano. En aquellos años las discusiones eran otras, los anhelos de justicia se construían con otras certezas.

En la izquierda, sin ir mas lejos, se debatía si era posible asegurar el pasaje pacífico del capitalismo al socialismo La experiencia demostró que no era posible, que no era posible el camino de las urnas y mucho menos el camino de las armas. Hoy se sabe que ni el poder ni la economía socialista se pueden construir en el contexto de la legalidad burguesa. No se puede, es imposible y el fracaso se paga con mucha sangre y mucha soledad porque, importa recordarlo una vez más, Pinochet no dio el golpe respaldado sólo por la CIA y las armas del Ejército, Pinochet dio el golpe porque contó con el apoyo de amplios sectores sociales, apoyo que ya se expresaban en la calle desde hacía meses.

Hay que admitir que para los primeros meses de 1973 la situación social era insostenible. El desabastecimiento, el boicot económico, la célebre huelga de camioneros apoyada por la CGT argentina, desestabilizaban la vida cotidiana de los chilenos. ¿Maniobra de la derecha? Por supuesto. Pero, ¿acaso la Unidad Popular debía esperar otra cosa de quienes ellos mismos calificaban de explotadores y verdugos del pueblo?

El golpe de Estado se dio el 11 de septiembre, pero la derecha había ganado la batalla unos meses antes. En este punto, no hay que llamarse a engaño: cuando las amas de casa salieron a la calle con las célebres cacerolas y los fascistas y momios convocaban a las multitudes a desfilar por las calles de Santiago y Valparaíso, estaba claro que la derecha había ganado la batalla.

Arribar hoy a estas conclusiones es más o menos sencillo, pero en 1973 no había clima intelectual para este tipo de reflexiones. En el mundo de la Guerra Fría, y en un país dependiente de un Estados Unidos -que tenía como presidente a Nixon y secretario de Estado a Kissinger-, no era fácil posar de objetivo y advertir sobre los beneficios de la moderación. Por el contrario, todos queríamos ser rebeldes y transgresores.

Para los jóvenes de entonces, en la Unidad Popular estaba lo mejor de la sociedad: los luchadores, los militantes sociales, los poetas y artistas, la buena gente en definitiva. Como pasó tantas veces, la revolución social se vestía con los oropeles de la rebeldía y la bondad humanas. La fórmula era infalible, aunque no necesariamente verdadera. ¿Subjetivo? Por supuesto. Tan subjetivo que cuarenta años después sigo creyendo, más allá de cualquier racionalidad funcionalista, que entre Allende y Pinochet hay un abismo, el mismo que separa la sensibilidad de la brutalidad, el coraje civil de la cobardía moral, la decencia de la felonía ¿Exagero? Miren las caras de uno y otro, mírenlas con detenimiento, escuchen los tonos de sus voces, presten atención a sus gestos. Si después de tomarse ese trabajo siguen sin darse cuenta de lo más importante, es porque el problema ya no está en Allende o en Pinochet, sino en cada uno de ustedes.

Pinochet y Allende

Ataque a La Moneda. La fotografía, tomada el día del golpe de Estado, muestra el asedio al palacio presidencial del que Allende sería retirado muerto.

Foto: Agencia AFP