Como buen gaucho, don Pupón nunca dejó de vestirse de bombacha y botas lustrosas.
Como buen gaucho, don Pupón nunca dejó de vestirse de bombacha y botas lustrosas.
Al inolvidable tío Pupón
Prudencio Woullioz, a quien llamaban don Pupón, era hijo de un inmigrante suizo y una nativa de Cayastá. Sonia Blanche, desde San Javier, contó su historia de vida.
TEXTOS. MARIANA RIVERA
Un nuevo relato familiar recibimos en esta sección de la revista Nosotros proveniente de Sonia Blanche, una fiel lectora de San Javier. En esta oportunidad, la historia refiere a su tío Prudencio Woullioz, a quienes todos cariñosamente llamaban “Pupón”.
En numerosos relatos enviados a De Raíces y Abuelos Sonia Blanche hizo referencia a otras ramas de su prolífera familia, oriundos de la costa santafesina. Pero esta vez aseguró que “en estas páginas quiero recordar a un personaje muy particular. Se llamaba Prudencio Woullioz (don Pupón), quien había nacido en Colonia Francesa, en San Javier. Era hijo de un inmigrante suizo, José Wouilloz y de Nemesia Lencinas, nativa de Cayastá”.
Respecto a sus características físicas, Sonia Blanche lo describe de la siguiente manera: “Era de estatura normal; lo recuerdo bastante rollizo, cara redonda, bigotes prominentes (que retorcía afinándolos) de color blanco grisáceo, como su cabellera corta”.
Su tío Prudencio Woullioz se había casado con Vicenta Rodrigo, “hermana de mi abuelo materno, Sixto Clemente. Este matrimonio no tuvo hijos, pero sí adoptivos: una mujer llamada Esperanza y un varón al que llamaban Paíncho, quien atendía en una carnicería de la familia, que estaba donde ahora vive María Mendoza de Morgan, en calle Moreno 1038”, precisa.
“Gozaba de mucha clientela por la buena mercadería que ofrecía, pues hacía traer sus reses de la isla a una casa que pertenecía a la familia Lobos, la que se ubicaba al oeste de San Javier. De allí eran llevadas al matadero oficial donde eran faenadas”, cuenta.
“Como pertenecía a una familia con muy buenos recursos económicos -continuó su relato-, Prudencio había comprado una isla con toda la hacienda, que frecuentaba viajando en una pintoresca lancha. Digo así porque era una de las pocas embarcaciones techadas y con comodidad para varios pasajeros”. En este punto cabe mencionar que Sonia conserva una foto en donde se pueden apreciar las características de dicha embarcación, novedosa para la época.
AGRADABLE Y SOCIABLE
“Era una persona muy agradable y sociable -continuó Sonia-, según cuenta Amable Rivas, que hacía reuniones semanales con grupos de amigos, disfrutando sobremanera. El anfitrión se destacaba por su gran condición de narrador y cuentista, con notable humor, haciendo muy amenas sus tertulias, con chistes oportunos”.
También reseñó que “se lucía como asador su hermano Deolindo, quien contrajo matrimonio con Abelina Yanelli. Tuvo grandes diferencias con su esposa, por lo que ella se radicó definitivamente en Santa Fe, aunque él -en reconocimiento a sus años de matrimonio- le había hecho construir una casa en la zona norte de este pueblo”.
“Él siempre vivió en calle Moreno y San Martín, en una casa que estaba rodeada por una quinta importante, adonde también había una huerta, criadero de cerdos y pollos. Era muy gracioso verlo cómo se las ingeniaba para subir a su manso caballo, primero lo hacía a un tronco de paraíso para poder alcanzarlo y apearse cómodamente. sus paseos eran a diario y mañaneros, y recorría el lugar. Al llegar a General López, frente a la plaza, lo esperaba su hermana Esther (apodada Monona, mi abuela materna), con quien disfrutaba un grato momento de charla”, describió.
SIEMPRE DE BOMBACHA
“Cuando ya estaba separado de su esposa inició una relación con una señora que todos llamábamos Juana, especialista en riquísimas empanadas y pasteles de carne -recuerda Sonia Blanche-. Era una mujer muy atenta y servicial, dispuesta a brindar atenciones al amigo o familiar visitante. Cuando llegaban isleños, en disposición de saludo o información a su patrón y amigo, era una orden impostergable brindarle un rico bife, acompañado de un vaso de vino tinto. ellos lo distinguían trayéndole carpincho, carne de nutria, iguana y pescado o, a veces, algún yacaré”.
“Como buen gaucho, Prudencio Wouilloz (don Pupón) nunca dejó de vestirse de bombacha, botas lustrosas, blanca camisa y pañuelo negro al cuello, además de casco que cubría su cabeza -apuntó-. Recuerdo haber disfrutado de comidas placenteras y en familia en casa de ese tío tan simpático a quien, tanto al llegar como al retirarnos, teníamos que demostrarle cariño con un fuerte beso en cada mejilla”.
deraíces&abuelos
La embarcación de Prudencio, una de las pocas con comodidades para varios pasajeros.