EDITORIAL
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La oportunidad y los riesgos
La reformulación de la relación de fuerzas entre oficialismo y oposición en el Congreso de la Nación, como traducción efectiva de la voluntad expresada en las urnas por la ciudadanía, abrió la oportunidad para una profundización de las prácticas republicanas, pero también establece un escenario propicio para que la necedad política y los visos autoritarios generen la parálisis del debate y de la propia función parlamentaria.
Luego de valerse de la estrecha mayoría resultante de la confluencia de sectores antikirchneristas, la oposición privó al gobierno no solamente del manejo de un órgano hasta entonces limitado a acciones refrendarias o testimoniales, sino también del control de las comisiones. Esto último supone contar con la llave para que los proyectos presentados tengan dictamen y puedan ser tratados en el recinto. Y, simétricamente, arrebatarle al oficialismo la posibilidad de bloquearlos o dilatar indefinidamente su curso.
Esa mayoría momentánea arremetió también, bordeando la misma prepotencia y descuido por las formas que suelen caracterizar el accionar oficial, contra la presidenta del Banco Central. El fracaso de la sesión del Senado en la que contaba con rechazar su pliego -en un trámite casi tan automático como la firma del dictamen negativo en la comisión de Acuerdo- sirvió para constatar una serie de sospechas y fortalecer determinados temores.
Quedó claro, por si no lo estaba, que en la Cámara Alta no existe una mayoría fija, y que ésta será necesariamente circunstancial, y forjada en el marco de la atención a cada uno de los temas que sean puestos a consideración. Naturalmente, la volatilidad de esta preeminencia -como demostraron enseguida Carlos Menem y, un poco después, Roxana Latorre junto a su par rionegrina- determina la existencia de votos clave, cuyo sentido también será una incógnita hasta que actúen los factores que lleven a definirlo.
La naturaleza y el poder de convicción de estos factores también serán variables, y merecerán distinto tipo de valoración, en un amplio arco que abarca desde el ejercicio de la más genuina convicción hasta el despreciable mercado de favores espurios, pasando por especulaciones políticas de todo rango.
Esta debilidad congénita de la oposición servirá seguramente para disuadirla de replicar el patoterismo kirchnerista. El gobierno, a su vez, debería tomar nota -como lo reconocen algunos de sus afiliados- de que las cosas cambiaron, y revisar su actitud hacia el Parlamento y los demás partidos. Porque lo que también demostró la sesión del jueves es que ni unos ni otros vacilarán, llegado el momento, en retacear quórum y paralizar así el cuerpo que integran.
Una profunda concientización al respecto y una vocación que, sin renunciar a la confrontación ideológica ni a la estratégica, sea capaz de ponerse por encima de mezquindades y revanchismos, serán el único camino para construir el diálogo. Difícil, irritativo y a veces frustrante mecanismo que, no obstante, es el único capaz de diseñar y sustentar políticas de Estado viables.