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Opinión
Edición del Lunes 05 de abril de 2010

Opinión / La prepotencia

La prepotencia

Luis Guillermo Blanco

Una persona prepotente, según la Real Academia Española, es aquella “que abusa de su poder o hace alarde de él” (lo cual es algo muy distinto que ejercer con decoro una autoridad bien ganada y digna de respeto). Más cotidianamente, prepotente es quien pretende llevarse a los demás por delante. Pero, ¿qué poder? Cualquiera que posea (económico, político, social, laboral, etc.) o que otros (familiares, conocidos, subordinados, etc.) le concedan por algún tipo de temor que le tengan. Y aun, vale acotar, con el que crea contar (vg., mediante una “amenaza” cualquiera, por revanchismo o por despecho). Y de todo lo cual gusta jactarse. Pero no sólo por ello se reconoce a personas así, pues, cualquiera que fueren sus grados de educación, también estilan hacer gala de su autoritarismo, siendo engreídos, extremadamente exigentes, intransigentes, descalificadores y manipuladores. Algunas de sus frases favoritas, entre muchas otras, son “esto es así, y si no te gusta, ahí está la puerta”, “si no entendiste es problema tuyo, yo ya te lo expliqué”, “esto es lo único posible”, etc. Lo que ocurre es que sus baja autoestima, inestabilidad emocional, inseguridad, carencia de capacidad para la autocrítica y sus temores a perder tanto el lugar como el control de la situación de que se trate, los impulsan (aún inconscientemente) a obrar de esta forma. O peor aun, cuando la prepotencia es hija de la soberbia, la megalomanía o la neurosis, rayana con la psicosis y/o propia de un psicópata. Variables que pueden conjugarse.

La agresividad verbal -tal como la explica Bernardo Stamateas- está habitualmente presente en sus dichos, aun solapadamente: siendo directamente mordaz, intimidante y ofensiva; buscando defectos en los demás -agigantando sus errores (sin reconocer jamás los suyos propios) y/o minimizando sus logros-. Fallida forma de relacionarse, siempre pretendiendo así mantener su poder y autoridad, sean reales o imaginarios. Pero sabiendo que, por lo común, no son queridos y/o soportados ni aceptados, por lo cual están siempre a la defensiva. Evitarlos no es fácil, pues siempre los hay. Soslayar quedar atrapado en su juego macabro y ponerles límites, puede lograrse. Lo más práctico, según quién sea y la situación de que se trate, entre otras estrategias -opina Stamateas-, es tratarlos como personas intrascendentes, pero con un sutil respeto; mirarlos con “cara de nada”, sonreírles y darles a entender que los ha escuchado; contestarles algo incoherente y no darle valor a sus agravios, o brindarles una respuesta hábil y educada que los desarticule. Y no “imitarlos”, no sea cosa de pasar a ser un vulgar mandón más.

Dado que la gente escucha no sólo lo que decimos, sino también cómo lo decimos, nuestro tono de voz, gestos y posturas son disparadores de emociones y, como tales, de respuestas. Porque toda comunicación humana no sólo transmite información sino que, al mismo tiempo, impone conductas (Paul Watzlawick). Por ejemplo, es muy distinto enfatizar enérgicamente: “¡Quiero “tal cosa’!” o “¡Quiero que hagas/no hagas “esto’!”, que decir “Me encantaría que Ud. tuviese a bien” o “Sería de mi agrado que Ud.”, por favor mediante (una olvidada fórmula “mágica”), etc. Pues si bien el contenido del mensaje (lo querido) es el mismo, existen notorias diferencias en el enunciado, esto es, en el sentido de las palabras y en la forma en que se expresa la idea. El receptor del mensaje las percibe de otra forma y, en uno y otro caso, las respuestas pueden ser distintas. De un “¡A mí qué me importa lo que Ud. quiere!” a evaluar y tal vez acceder a un gentil perdido, hay una diferencia sideral.

Asimismo, tampoco debe pasar desapercibido que la prepotencia puede ejercitarse bajo una máscara de victimización, humillación o sufrimiento. En ocasiones, con teatralización y/o bastante convincente. Pero su meta es la misma: “hágase mi voluntad”. Y en todos estos casos, y aunque pueda resultar riesgoso (todo prepotente gusta armar escándalos), saber decir no. Porque el “sí” y el “no” forman parte de toda negociación, y no son sólo palabras sino límites y permisos que nos damos a nosotros mismos (Stamateas). Por eso, “un “no’ pronunciado con la más profunda convicción es mejor y más grande que un “sí’ enunciado sólo con el propósito de complacer o, lo que es peor, de evitar un problema” (Ghandi).

Pero volvamos a la prepotencia en su máxima expresión. Relata Suetonio que, habiendo sido reconvenido por su abuela Antonia, el perverso emperador romano Calígula le dijo: “Recuerda que todo me está permitido y contra todos”. Él pensaba: “Que me odien con tal que me teman”. Olvidó que la prepotencia es el arte de crear enemigos y augurarse un destino perturbador. Y que, en verdad “nosotros no lo podemos todo” (Montaigne), y que tampoco todos son fácil presa de temores. Y así fue como Calígula no pudo evitar morir apuñalado a manos del tribuno Casio Querea y otros conjurados. Su prepotencia demente murió con él. Un prudente y oportuno “no”, no es una puñalada. Pero una persona extremadamente prepotente o cuya prepotencia es expresión de un capricho o de un resentimiento puede “sentirlo” como un homicidio. El suyo.

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Según la definición de la Real Academia Española, la persona prepotente es aquella que “abusa de su poder o hace alarde de él”, lo cual evidentemente es algo muy distinto a ejercer con decoro una autoridad bien ganada y digna de respeto.

Foto: Archivo El Litoral



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