Edición del Miércoles 11 de agosto de 2010

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Antonio González Balcarce - Opinión Opinión

Crónicas de la historia

Antonio González Balcarce

Rogelio Alaniz

Nació en Buenos Aires el 24 de junio de 1774 y murió en la misma ciudad el 5 de agosto de 1819. Vivió cuarenta y cinco años pero, como se suele decir en estos casos, se dio el gusto de estar en todas, en todas las grandes gestas de la patria se entiende. Era hijo de un militar, Francisco González Balcarce y de María Victoria Martínez de Fontes y Bustamante, hija de quien fuera gobernador de Paraguay. Su padre lo inició en la carrera de las armas, en el cuerpo de Blandengues para ser más preciso. Se supone que vivió una infancia apacible aunque, más allá del linaje de la madre, no perteneció a las clases adineradas de la colonia, sino a esa burocracia más o menos acomodada, más o menos pretenciosa.

Cuando los ingleses invaden el Río de la Plata, él es uno de los jóvenes oficiales que se suma a la resistencia. En 1807 es tomado prisionero en Montevideo y trasladado a Londres donde estará dos años en cautiverio. En 1809, cuando las relaciones entre España e Inglaterra se normalicen, recupera la libertad y viaja a España a pelear contra las tropas invasoras de Napoleón. Allí conoce al hombre a quien le será leal toda la vida: José de San Martín. Con orgullo podría haber dicho que fue el único argentino que peleó en España al lado de San Martín. En el campo de batalla, como corresponde a los militares de entonces, es ascendido a teniente coronel de caballería. Todos los ascensos los ganará peleando.

En España, Balcarce define su vocación militar y su vocación patriótica. San Martín lo inicia en la masonería y cuando regresa a Buenos Aires su compromiso con la causa emancipadora es definitivo. Participa en las jornadas de Mayo y cuando lleguen noticias de un levantamiento contrarrevolucionario dirigido por Liniers en Córdoba, él integrará junto con Francisco Ortiz Ocampo y Feliciano Chiclana la conducción del flamante Ejército del Norte.

La orden de fusilar a Liniers no lo satisface pero la cumple. Balcarce como la mayoría de sus compañeros de causa está haciendo los primeros palotes como revolucionario. Acierta y se equivoca, pero el aprendizaje es acelerado.

El Ejército del Norte sale de Córdoba en dirección al Alto Perú. Allí, en esa geografía áspera y desolada se jugará el destino de la revolución más de una vez. El poder político y militar de los godos está en Lima, pero se proyecta hacia el Alto Perú, la actual Bolivia. No sólo la suerte de las armas se juega allí, también la suerte de la economía. La principal fuente de ingresos del flamante Virreinato del Río de la Plata proviene de los minerales del Potosí. Todos los esfuerzos de los revolucionarios de esos años se orientarán a recuperar esa fuente. No lo lograrán, pero importa destacar esta realidad económica, porque de lo contrario no termina de entenderse por qué tantos desvelos por ocupar ese territorio.

El Alto Perú es también un campo de batalla político y militar. Sus principales ciudades han sido focos de levantamientos armados de un signo y del otro. Muchos de los oficiales que pelean a favor del orden colonial son criollos; algunos de los oficiales que militan en la causa patriótica son españoles. La contradicción por lo tanto no está planteada de manera absoluta entre criollos y españoles, sino entre colonialistas y anticolonialistas o entre simpatizantes de un orden republicano y defensores de la monarquía absoluta. A ese escenario, ya de por sí complejo, se suman los intereses locales y las pujas de las diferentes familias por ocupar posiciones de poder. Habría que decir, por último, que la movilización de indios y negros fue un recurso al que apelaron los dos bandos. Indios y negros suelen integrar los batallones de uno u otro ejército. Por último, las disensiones internas entre las élites revolucionarias se hacen cada vez más evidentes.

Todas estas contradicciones deberá afrontar González Balcarce en esta expedición militar. Lo hará con los recursos que dispone y sabiendo de antemano que se trata de un emprendimiento difícil donde la posibilidad de la derrota es una de las alternativas más realistas. Combinar la diplomacia con la beligerancia revolucionaria, la piedad con el rigor, el perdón con la condena a muerte de los jefes contrarrevolucionarios es un arte que no se enseña ni en los libros ni en las academias militares. Castelli, Belgrano, Rondeau o Balcarce aprenderán esta lección en el campo de batalla, acertando y equivocándose.

A Balcarce le toca el honor de haber sido el militar que dirigió la primera victoria de nuestras tropas. Ello ocurrió el 7 de noviembre de 1810 en Suipacha. También fue el responsable de nuestra primera derrota militar el 20 de junio de 1811, en Huaqui, derrota que significará la pérdida total del Alto Perú. Un año después Belgrano recuperará ese territorio y lo volverá a perder en Vilcapugio y Ayohuma. En todos estos años el Alto Perú será un campo de batalla donde el equilibrio militar lo obligará a San Martín a pensar en otro tipo de estrategia. La gran batalla al poder español en América, postulará San Martín, hay que darla organizando un ejército libertador que en lugar de avanzar por el Alto Perú lo haga por Chile y luego por el Pacífico. ¿Y el Alto Perú? Se puede sostener con las guerras de guerrillas dirigidas por Güemes y otros bravos patriotas, responde San Martín sin inmutarse.

Balcarce va a tener que rendir cuentas en Buenos Aires de su derrota en Huaqui, como Belgrano de sus derrotas en Paraguay. Logrará superar el mal momento, entre otras cosas porque dispone de amigos y prestigio. El mismo recuerda que cuando los orilleros se movilizaron en abril de 1811 en defensa de Saavedra, al único militar que reivindicaban era a él.

Para 1813 está en Buenos Aires y es uno de los animadores de la Logia Lautaro. Como militar, participará del sitio de Montevideo y luego se desempeñará como gobernador de Buenos Aires. Cuando Carlos María de Alvear renuncie al cargo de Director Supremo, él lo reemplazará por unos meses. A fines de 1816 está al lado de San Martín en Mendoza . En Cancha Rayada y en Maipú será su asistente. En todos los casos se distinguirá por su lealtad a la causa. Ni el coraje ni las convicciones lo traicionarán, pero si lo traicionará la salud. Para mediados de 1819 regresa Buenos Aires. Está muy enfermo y sabe que va a morir.

Balcarce no deja bienes pero deja cuatro hijos. Uno de ellos es Mariano, que años después se casará con Merceditas, la hija de San Martín. El otro hijo varón será Florencio, escritor y poeta. También deja ejemplos. Tal vez el más elocuente, el que mejor describe su personalidad, es el que resaltan los cronistas chilenos. Se dice que después de la batalla de Maipú se celebra una misa en la Catedral de Santiago para bendecir las armas patrias. A la ceremonia están invitadas las personalidades políticas sociales de la ciudad y los jefes militares. Balcarce es uno de los invitados de honor, pero envía una nota diciendo que no podrá asistir porque la única camisa que tiene está rota y no está en condiciones de comprarse una nueva. Se llamaba Antonio González Balcarce, había peleado contra los ingleses, contra las tropas de Napoleón, había dirigido a los ejércitos patrios en el Alto Perú, había sido Director Supremo y asistente de San Martín, pero no podía asistir a una ceremonia oficial porque no tenía camisa para ponerse.

A Balcarce le toca el honor de haber sido el militar que dirigió la primera victoria de nuestras tropas. Ello ocurrió el 7 de noviembre de 1810 en Suipacha. También fue el responsable de nuestra primera derrota militar el 20 de junio de 1811, en Huaqui.

Antonio González Balcarce

Antonio González Balcarce. Con orgullo podría haber dicho que fue el único argentino que peleó en España al lado de San Martín.

Dibujo: Lucas Cejas

Había peleado contra los ingleses, contra las tropas de Napoleón, había dirigido a los ejércitos patrios en el Alto Perú, había sido Director Supremo y asistente de San Martín, pero no podía asistir a una ceremonia oficial porque no tenía camisa para ponerse.



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