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Opinión
Edición del Sábado 21 de agosto de 2010

Opinión / La brecha generacional

En familia

La brecha generacional

La brecha generacional

Rubén Panotto (*)

rubendpanotto@ciudad.com.ar

Tan sólo tres o cuatro décadas atrás, cuando se hablaba de desavenencias y confrontaciones entre jóvenes y adultos, caratulábamos y encuadrábamos su causa en la brecha generacional, como si se tratara de una falla biológica y social, una herencia no deseada principalmente por los adultos.

Históricamente, los jóvenes han sido considerados como rebeldes incorregibles; no obstante, cabe reconocer que, en lo positivo, han sido fuente de profundos cambios culturales, políticos y sociales. Tanto es así que muchos se preguntan si la llamada brecha se trata de algo bueno o malo, útil o desechable. Los adultos hemos concebido la brecha como un vacío de comprensión y consenso, en el necesario intercambio de experiencias y saberes entre adultos y las nuevas generaciones. La brecha siempre ha provocado desajustes en las estructuras de la autoridad entre abuelos, padres y nietos; origen de desencuentros en los ámbitos de la familia, la escuela, el trabajo y la sociedad, especialmente en temas sobre la ética y la estética, la moral y la religión, el consumismo y las buenas costumbres. ¿Quién no ha escuchado a una abuela quejarse de los jóvenes que no ceden el asiento en el colectivo, de su vocabulario procaz y la falta de pudor en las actitudes “cancheras” de adolescentes?

No obstante lo expuesto, la idea es proponer y ofrecer algunas definiciones y rescatar el valor que significa la brecha generacional, al momento de considerar el rumbo de la vida de nuestros niños, jóvenes y adolescentes.

Quizás el propio significado de la palabra brecha nos obliga a pensar en una grieta, un quiebre, un vacío que separa, cuando, por el contrario, debemos considerarlo como un espacio, un estado de cambios e inter-cambios entre dos o más generaciones. El intercambio debe ser generoso, abundante, respetuoso, sin agravios, en que los padres y adultos transfieran experiencia, cultura; las raíces que darán la identidad indispensable para que nuestros hijos y jóvenes decidan caminos y establezcan metas que les justifiquen el verdadero sentido de la vida. A la vez, los adultos recibimos de ellos el nuevo mundo que van creando, “en el entorno de nuevos derechos y libertades, la TV y la Internet, el debilitamiento de la autonomía y las tradiciones”, como lo expresa el periodista y escritor chileno José Joaquín Brunner.

La propuesta es no profundizar la brecha, sino tirar puentes, dialogar y sobre todo escuchar con empatía, sin considerarse propietarios indiscutibles de la verdad. Un proverbio bíblico dice “el que mucho habla, mucho yerra; y el sabio refrena su lengua”... y escucha.

Uno de los puentes más eficaces para reducir la brecha es la influencia que proviene de los adultos, que tan bien define la escritora Eda Garnier cuando dice: “La influencia es darse calladamente, sin gritos, como el cartel solitario al costado del camino. No vocifera, no habla, pero indica el camino correcto”. Hoy tenemos que aceptar profundos cambios de paradigmas, como un fenómeno inevitable a nivel mundial, en el acortamiento de las diferencias generacionales.

Un psicólogo manifestaba que un joven de diecinueve años ya no se entiende con un adolescente de trece. La tecnología, el lenguaje y los códigos van cambiando vertiginosamente, transformándose en un desafío gigantesco para los padres de hoy. El tsunami de información al que tienen acceso nuestros hijos por las nuevas tecnologías está produciendo una inédita transformación en la relación padres-hijos, a tal punto que los adultos se sienten avasallados y desplazados, produciéndose lo que el licenciado en Psicología Jorge Galli llama el “síndrome de Homero Simpson”, el adulto borrado.

Estamos en el tiempo apropiado para que los padres, docentes, profesionales de la educación, sociólogos y maestros de la vida propongamos estrategias, desechemos el facilismo, analicemos el relativismo y restablezcamos los valores del diálogo fraterno, la inteligencia emocional, el placer de la tarea cumplida, la importancia del esfuerzo y el ejemplo, y los valores espirituales de la fe, la esperanza y del amor sacrificial.

(*) Orientador familiar



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