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Edición del Sábado 05 de febrero de 2011

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Chancletas, ojotas y sandalias

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El verano, la idea de un calzado o un descalzado cómodo, impuso a la familia de las chancletas, sus primas las ojotas y las parientas copetudas, las sandalias. Y lo hizo más allá de los límites del verano y de la playa o el baño. Esta es una nota fresca y calza justo para esta época del año.

TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.

La chancleta, además de mujer, es un calzado peligroso, traicionero, un amor fácil y fresco, una relación de verano, amigable en principio y riesgosa y hasta inadecuada después, cuando entrás a transpirar y patinar ahí arriba.

No en vano en las fiestas patronales, en las kermesses de los pueblos, entre las competencias tradicionales, tenías en el podio al palo enjabonado, la carrera de embolsados y allí, codo a codo con la competencia del huevo y la cuchara, estaba la imperdible carrera en chancletas y para atrás. Yo he visto a gringos sanos y jocundos sudar la gota gorda, concentrados, yendo para atrás y, enredada su chancleta suela de plástico advenedizo, capaz de dar un doblez completo y trabarse en la mismísima calle principal del pueblo y ante todo el mundo-, caerse como un gran árbol en la tormenta. Hay que ver caer a esos tipos: más de cien kilos hechos a conciencia en el duro laburo del campo y a base de chorizo en grasa, y ahí los tenés desparramándose de espaldas frente al juez de paz, el comisario y el cura.

La competencia en cuestión da cuenta del carácter traicionero del calzado, que antes se reservaba para la intimidad del hogar o para ir a una pileta o al mar. Se entiende aquí por chancleta al calzado sin talonera, ni laterales, compuesto sólo de una suela de plástico, generalmente de vivos colores, y que se sostiene con una cruz también plástica o de goma a la altura del juanete. Los dedos, el talón, los laterales están libres y esa libertad, agradable, tiene como contrapartida un calzado ocasional, sin hormas, recto y no muy adecuado para la columna o para desplazarse en largas distancias.

La ojota, su prima, es igual, sólo que tiene una V invertida y un punto de anclaje entre el dedo gordo y el que le sigue. Antes, división sexista, las chancletas las usaban los hombres y las mujeres preferían las ojotas. Hoy no hay diferencias, todos usan todo y no nos referimos sólo al calzado.

Chancleta es también una referencia entre despectiva y jocosa a una mujer, preferentemente pequeña. En el parto, en el nacimiento mismo, se podía decir de modo machista “macho, dijo la partera” o, machista también, “chancleta”, si se trataba de una nena.

La generalización del uso de la chancleta generó hasta el verbo “chancletear”, un espanto, pero que refiere tanto al uso de la chancleta y sus parientes no se dice ojoteando o sandaleando- como al arte de doblegarle la talonera a otro calzado un zapato, una alpargata- de modo de convertirlo en una suerte de chancleta.

Decía que el calzado mutó estacionalmente: antes estaba circunscripto al verano y ahora se usa prácticamente en cualquiera de sus variantes todo el año. También cambió su contexto, compartiendo con bermudas y hasta ropa interior colocada en primer plano, un marcado ascenso social.

Ya no quedaron confinadas a un hogar o a un baño, sino que se sumaron a la onda fresca de formar parte del guardarropa, incluso el más sofisticado. Para ello, se creó la sandalia (bueno, bueno, se creó: es tan antigua como el hombre), y se la dotó de cuero, buen diseño y así entró en los salones junto con el lino o las prendas finas. Hoy están generalizadas y aceptadas y las hay muy elegantes, incluso con taloneras algunas, más o menos cerradas; sobrias unas, más jugadas otras.

Y acá estamos. Me acuerdo que un año el gringo Tobías, con varias derrotas encima, llegó a la competencia de chancletas mascando chicle. Nadie vio en qué momento el cretino se sacó el chicle, lo partió en dos otra que multiplicación de los panes- y en plena competencia pegó sendos pedazos en sus talones. Los 140 kilos de Tobías hicieron el resto: las chancletas se le quedaron adheridas cinco años con las chancletas así, inamovibles- al talón, como si se tratara de cemento rápido y así, como una exhalación, corrió hacia atrás sin tropezar, cruzó primero la meta y ganó arteramente tres botellas de moscato y un pollo. Lo dicho: la chancleta es tramposa y traicionera. Y terminamos acá: empiezo a patinar.



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Sábado 05 de febrero de 2011
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