Edición del Sábado 05 de marzo de 2011

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Un día partió el barco, la proa al sudoeste...

Integrantes de la subcomisión de Cultura de Castilla y León de la Comunidad Castellana de Santa Fe organizaron una actividad que trajo a la memoria los recuerdos de aquellos que emprendieron un largo trayecto a estas tierras lejanas.

TEXTOS. MARIANA RIVERA. FOTOS. GENTILEZA NELLY PORRERO.

 

En noviembre del año pasado, la sede de la Comunidad Castellana de Santa Fe fue el lugar elegido para que socios, amigos y la comunidad en general vieran desbordadas sus emociones. El hecho de evocar historias de vida de inmigrantes castellano-leoneses (españoles) que llegaron a nuestras tierras, con los avatares que debieron enfrentar y cómo lo hicieron, fue motivo suficiente para que -en varias oportunidades- se vieran rodar algunas lágrimas.

La actividad -que se denominó “Palabras e Imágenes con Historias”- fue promovida por Nelly Porrero, integrante de la subcomisión de Cultura de Castilla y León de esa institución, quien redactó el proyecto que contó con el apoyo de quienes forman ese grupo de trabajo.

Consistió en que emigrantes españoles pertenecientes a esa región o descendientes de castellano leoneses, con el bagaje histórico que cada uno posee (fotos, documentos, escritos), pudieran hablar sobre la inmigración propia o de familiares, para rescatar historias de vida. Pero lo fundamental fue que esas historias fueron dadas a conocer a las futuras generaciones.

La ocasión fue propicia -aseguró Porrero- para rendir un merecido homenaje a nuestros antepasados y rescatar el bagaje cultural que nos transmitieron: disciplina y amor por el trabajo, sólidos valores morales, sencillez, coraje, tenacidad, humildad, amor por la familia y, sobre todo, honestidad. Esta rica herencia que nos dejaron es la que quisimos transmitir a las nuevas generaciones para que -en el desafiante mundo actual- puedan mantener viva la memoria y los valores recibidos.

En esta ocasión, se eligieron dos de las nueve provincias que integran Castilla y León: Valladolid (la capital) y León. Por este motivo, fueron convocados para relatar sus historias Emilio Pardo Cazurro, por Valladolid, y Marcelino Castro, por León, aunque la autora del proyecto también expuso sobre sus raíces españolas (historia que ya fuera publicada en De Raíces y Abuelos). Todos contaban con rico material de recuerdos, vivencias e interesantes anécdotas de sus antepasados.

HASTA LAS LÁGRIMAS

La apertura de la actividad estuvo a cargo de la presidenta de la Comunidad Castellana, Emilce Arroyo Pastor. Se contó con la presencia de Daniel Hesperúe, gerente de la Federación de Sociedades Castellanas y Leoneses de la República Argentina, quien manifestó a los organizadores la emoción que había vivido al escuchar esos relatos y agradeció el haber podido compartir un momento tan caro a sus sentimientos.

Según comentó la autora del proyecto, “los expositores se emocionaron hasta las lágrimas y el público presente también vibró de emoción. Agradecieron haber podido participar de ese momento, que rescataba el ejemplo de esas vidas de sacrificio, la cultura del trabajo, el largo trayecto que emprendieron aquellos inmigrantes y el amor por su tierra, además de reconocer y agradecer al país y la ciudad que los acogió”.

El Dr. Francisco Millán, integrante de la subcomisión de Cultura, leyó una poesía de su autoría, titulada “El inmigrante”, que reproducimos en esta nota. Un alegre espectáculo de castañuelas (que estuvo a cargo de las alumnas del taller de la Prof. Liliana Zamora) dio el broche final al momento, que concluyó con la degustación de mantecados, masitas y tortas elaborados por integrantes del grupo organizador con recetas de sus abuelas, y un rico jerez. La iniciativa gustó tanto a los presentes -e, incluso, otras personas que no pudieron asistir- que propusieron a la subcomisión realizar periódicamente estos encuentros para seguir contando historias de vida de seres querido que vinieron de la Madre Patria España.

EMILIO PARDO CAZURRO

Mi padre, Eleuterio Zacarías Pardo, nació en Villacid de Campos, en 1893, en la provincia de Valladolid. La familia estaba integrada por mis abuelos y sus hijos: dos varones y tres mujeres. Tenían una explotación rural.

Uno de los hijos, Emilio, estudiaba Ingeniería en Pamplona, cuando tuvo un ataque de parálisis infantil que le afectó el brazo derecho y la pierna. Probablemente, al verse abandonado por parte del Estado, pensaba que tenía que buscar otro país para vivir, aunque mi padre y mis tías me contaban que no querían irse de España.

Lo cierto es que en 1907 ya habían llegado a la Argentina; estuvieron un mes en Buenos Aires y luego vinieron a Santa Fe. Aquel estudiante de Ingeniería revalidó su título y obtuvo el de maestro. Fue designado director en varias escuelas de la provincia pero nunca en la ciudad. Mi padre llegó a ocupar un cargo en la dirección del Ferrocarril Santa Fe.

Alrededor de 1920, el gobierno español dispuso que el cónsul de la ciudad lo comenzarían a designar los ciudadanos españoles integrantes de alguna entidad, motivo por el cual los castellanos decidieron formar el Centro Castellano. Mi padre fue uno de los fundadores de esta institución, creada en 1923. Posteriormente, solicitó la creación de una biblioteca, pero el pedido fue rechazado y presentó su renuncia, actitud aprobada por sus hijos.

Mi madre, Marina Cazurro, oriunda de Morales de Campos, provincia de Valladolid, nació en 1893, pueblo de la zona donde nació mi padre, aunque se conocieron en Argentina. Su familia también se vio obligada a emigrar.

He viajado al pueblo de mis padres, ya que tenía contacto con unos primos; y hasta el cura me esperaba. En el pueblo de mi padre no quedan familiares pero, curiosamente, el 95% de la población lleva nuestro apellido pero ninguno es pariente. Mis padres me decían que teníamos que defender esta tierra y quererla más que a España. Por eso, cuando estalló la guerra de Malvinas, mi hermano y yo nos alistamos en el Ejército.

MARCELINO CASTRO

Mi padre se llamaba Eustaquio Castro García y nació el 2 de junio de 1901 en Candanedo de Fenar, León, España, pueblo de montaña, con 200 habitantes, en el que las minas de carbón son su principal fuente de trabajo. Todavía se conserva la casa donde nació, ya que tuve la ocasión de visitar ese pueblo en 2010, gracias al Proyecto Añoranzas de la Diputación de Castilla y León.

Mi padre -hombre generoso y solidario, que tenía un carácter alegre y divertido, ya que toda tarea la hacía cantando canciones como el pasodoble Doce Cascabeles- me contó que en su niñez había ido hasta 2º grado de la escuela porque su tarea era el cuidado de las cabras. Las llevaba a pastorear a la mañana, a la montaña, y regresaba al atardecer.

Cuando tenía 18 años emigró a la Argentina porque su madre quería evitar que ingresara al servicio militar (duraba 5 años y los mandaban a África). Su interés lo llevó a venir a la Argentina y se radicó en Ceres, al norte de nuestra provincia.

Su primer trabajo fue en el ferrocarril como cocinero y luego en tareas rurales, en tiempos de cosecha, hasta que se independizó y puso en el pueblo un despacho de bebidas. En 1935, contrajo matrimonio con Magdalena Vitobaldi, mi madre, de origen italiano, pero nacida en Ceres. Sus hijos somos Elda Teresa, Alberto Antonio y Marcelino Luis, quienes hicimos la escuela primaria y secundaria en ese pueblo. Pero luego emigramos a Santa Fe para realizar estudios universitarios en la FIQ y UTN. Fue un gran sacrificio para nuestros padres esta etapa de nuestra educación.

En 1952, mi padre pudo volver -fue la única vez- a su tierra y visitar a sus padres, quienes todavía vivían en el mismo lugar adonde él había nacido. Volvió muy emocionado y fortalecido porque había cumplido con su deber de hijo. Siempre manifestaba que el sueño de todo inmigrante es volver a su tierra.

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Autoridades de la institución y de la Federación de Sociedades Castellanas y Leoneses estuvieron presentes en la actividad organizada por la subcomisión de cultura.

Nutrir el vínculo intergeneracional

Una actividad similar a la realizada en la Comunidad Castellana de Santa Fe tuvo lugar posteriormente en el Centro Burgalés de Buenos Aires, en lo que se denominó “Itinerario subjetivo”.

Consistió en rescatar las historias orales de emigrantes que se asentaron en el país hace 50 o más años. Los participantes pudieron contar historias de primera mano a las nuevas generaciones vinculadas a la institución, quienes oficiaron de entrevistadores. Los mayores contaron sus relatos de vida, los motivos de la emigración, los primeros tiempos en suelo argentino y muchos otros detalles del desarrollo de sus vivencias, que quizás sus familiares desconocían.

“El Inmigrante”

por Francisco Millán

El sol aventurero de América lucía/ su simiente de luz en surcos de promesa/ abiertos a la mente del joven que encumbraba/ los andamios de un sueño en tierra americana./ Antes de la partida, en la encendida espera,/ de todos los que emigran/ las brasas de ilusión arden como una llama/ aunque queda del alma, en la patria que dejan/ racimos de la vida que en ella palpitaba,/ las sombras de horas tristes,/ y latentes raíces que la tierra atesora./

Él las lleva engastadas en su haber más recóndito/ como si fuera él mismo un trozo de esa tierra./ Un día partió el barco, la proa al sudoeste/ oteaba lejanías; rasgando el horizonte/ desnudó el otro cielo custodia del poniente/ y al pisar esta tierra sintió lo que dejaba/ latiendo en lontananza:/ agrestes y resecos serrijones de Soria,/ la helada geografía, el río y la alameda,/ las nieves del Moncayo, los suyos, los amigos,/ un sabor de vivencias que esculpieron su temple/ de empecinado empuje, del nivel del acero./

Fueron duros los días, era dura la época,/ y lo que fue esa epopeya que afrontaron los brazos/ midiendo su entereza;/ ante cada contraste, con decidido impulso,/ reforzando su empeño, golpe a golpe enfrentado/ a cada impedimento, sobrepujaba escollos/ creciendo ante el tropiezo,/ supo escalar tormentas sin que cediera el brío/ ni aplacara su ánimo./

La crisis de la época hacía duro el despegue,/ cerraba los accesos a todas las demandas,/ anulando bastiones de comunes resguardos/ para los inmigrantes./ De la ciudad a una pampa perdida en sus confines/ del surco al mineral en la entraña del cerro/ de la sólida maza que fija los durmientes/ a la serena mano que conduce la máquina,/ hasta por fin el cargo y una función estable;/ ascendió a la ancha altura de un cielo diferente/ levantando a su albor las columnas del sueño/ que nutriendo su aliento encauzaba sus pasos./

Alguna vez pensó un retorno a su pueblo;/ recorrer los parajes de encinas y añoranzas,/ beber del manantial,/ escuchar el silencio de abrupta soledad/ que trasunta el rigor del alma castellana./ Sin embargo, el trabajo absorbía los días/ y el sitial de ilusiones, postergando el momento./ Con las nuevas raíces: una esposa, los hijos,/ los vínculos que enlazan el corazón al suelo,/ la labor incesante que encadena jornadas/ al otro despuntar/con los soles del tiempo madurando la piel/ y el ala de su ansia/ sentía la nueva patria sin olvidar su origen/ sentía las dos raíces sustentando su estirpe/ el sostén del pasado y el puntal del presente/ matrices de la gesta que empezó en una aldea/ con un hombre sencillo./

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Fotos, documentos y otros recuerdos familiares completaron la charla con los asistentes.



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Sábado 05 de marzo de 2011
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