SOBRE “LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA”

De cómo empeorar los productos para que sobreviva la industria

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No deja de ser curioso que la “obsolescencia programada” haya surgido al mismo tiempo que la producción en masa, como la consecuencia lógica del aumento desmesurado de los índices de producción y de la posibilidad real y concreta de acceder a los productos. Los engranajes de los “Tiempos Modernos” que protagonizara Charles Chaplin, nos han atrapado. Foto: Archivo El Litoral.

Estanislao Giménez Corte

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I

Hacia 1815, impulsado quizás por los extraordinarios avances y adelantos de ese enorme proceso conocido como revolución industrial, el economista ginebrino J. C. Sismonde de Sismondi escribió: “¿Qué pasará ahora, que todas nuestras necesidades están satisfechas?”.

La lógica indicaba entonces, como sucedió, que a mayor producción correspondiera una distribución más rápida y un aumento de la demanda (de los productos, de los bienes), merced, entre otras tantas causas, a las mejoras de las condiciones laborales de los obreros. Ecuaciones éstas que redundarían, por propio peso, en beneficios para “todos”. Pero ese sería sólo el comienzo, o un ápice apenas, de los cientos de consecuencias del mencionado proceso. Sobre uno inesperado, paradójico, pero presente cada vez más, trata este texto.

II

Sismonde, como tantos, analizaba las cosas desde la lente de uno de los relatos más poderosos de la modernidad: el del progreso. No podemos si no ver, ahora, con un sentimiento de autocompasión, incluso de piedad, esa pregunta; pero de piedad por nosotros mismos ¿no? No porque el autor estuviera equivocado, sino porque la historia mostraría que los adelantos técnicos para producir más, no necesariamente redundarían en beneficios para las poblaciones ad infinitum. Según las leyes de la economía clásica, la consecuencia del aumento de producción sería mayor demanda, previa mejora de las posibilidades fácticas de las personas de alcanzar nuevos niveles de consumo. Aquello, con todo, sucedió así, o más o menos así, durante un determinado lapso.

III

A veces, una simple anécdota sirve para ilustrar una situación, un acontecimiento, un tema, de formas más categóricas y determinantes que cualquier argumento. La anécdota es la siguiente: a fines del siglo XIX, las compañías de electricidad de los EEUU, y por extensión, todas aquellas que importaran su modelo productivo, estaban en condiciones de proveer a los consumidores de bombillas de luz de enorme calidad y duración (tanto, que sólo una servía por más de 2.500 horas). La progresión de la producción de éste y otros productos requería de apenas una dosis de racionalidad: a mayor avance de la tecnología, mayor calidad en los productos y mayor durabilidad. Pero las cosas no funcionan así, al menos no en este mundo.

Desde hace algún tiempo circula en YouTube un interesante documental coproducido por la televisión catalana y española, llamado “La obsolescencia programada. Comprar, tirar, comprar”. Allí se plantea, de forma bastante brutal, la consecuencia de la inversión de lógica a que fueron llevados ingenieros, empresarios -y la tecnología en general-, tras llegar a la conclusión de que debían empeorar la calidad de sus productos para mantener y equilibrar un sistema -llamémoslo genéricamente la sociedad de consumo- que ve como ruinosa la durabilidad exagerada de un producto. Una suerte de autoatentado o boicot intencionado.

El documental muestra, sin anestésicos, cómo los productores de bombillas y cientos de ellos a consecuencia, decidieron acortar la vida útil de sus productos, con el objeto de mantener sus demandas a flote, y merced a la lógica establecida en el aforismo: “un poco más nuevo, un poco antes de lo necesario”.

Se impuso así la generación de una sensación de demanda permanente, merced a una aparente “novedad” con carácter de urgente. Mucho, muchísimo, y bien, se ha escrito sobre la denominada civilización del ocio y la sociedad de consumo. Beatriz Sarlo, en los noventa, explicaba el fenómeno bajo la construcción de “la mitología de la necesidad permanente”. La tríada que explica el documental no abunda en referencias bibliográficas o académicas y hunde su lente en casos concretos: impresoras que dejan de funcionar porque portan un chip de duración; teléfonos celulares que deben ser cambiados cada año; tecnología cuya batería no puede ser cambiada, todo ello, bajo el imperio de que el capitalismo actual está basado en el círculo vicioso: publicidad, obsolescencia programada y crédito.

IV

El problema de la obsolescencia programada, empero, no es sólo que la calidad de los productos es peor intencionadamente, sino que en algunos casos, éstos están diseñados directamente para dejar de funcionar a determinado tiempo de uso. El motor de la sociedad de consumo -crear un consumidor ex professo insatisfecho- nos arroja a una suerte de carrera enloquecida que encuentra, en los shoppings, en el mercado informático, a dos de sus ejemplos más demoledores.

Diseñar productos para que fallen, acaso con la anuencia secreta de los propios consumidores, ha pasado a ser una suerte de norma imperante en la sociedad de consumo. Todo tiempo pasado “fue”, ni mejor ni peor, podría decirse, pero parece que, en cuestión de calidad, utilidad y prestación de los productos, efectivamente, aquéllos eran mejores. Dejo acá, ahora, este comentario, porque tengo que cambiar el teclado.