Edición del Sábado 18 de junio de 2011

Edición completa del día

Las tinieblas del poder (*)

3.jpg

“La despedida final”, de Oscar Bony.

Carlos Catania

 

“Alrededor de la Plaza”, de Carlos María Gómez. Ediciones UNL, Santa Fe, 2011.

En la crítica y en el examen de lectores serios, la tentación de buscar puntos de referencia literarios y aun filosóficos, que sostengan o aclaren estilo y contenidos de determinada novela, es inevitable. Si admitimos que el arte se hace sobre el arte, el asunto tiene su razón de ser. Lo grave sería fijar una etiqueta comparativa que, con la mejor de las intenciones reduzca la originalidad y profundidad de la obra. En el caso de Carlos María Gómez y su última novela, Alrededor de la Plaza, las “influencias” que la mayoría de los lectores, incluido el autor de esta nota, creía advertir en sus obras anteriores, ha desaparecido, si es que existían. Resultaba sumamente cómodo recurrir a Chandler, a Chase, a Hammet, para introducir los modelos de novela negra, policial, etcétera. Naturalmente, Patricia Highsmith anda girando por ahí. Todo lo cual tiende a tipificar la narrativa de Gómez. En todo caso, sus novelas son policiales, de la misma manera que también lo es Crimen y Castigo, es decir, van más allá de la artesanía comercial que a menudo caracteriza a aquellos prolíficos narradores. Los géneros suelen reducir los alcances de una novela, de la misma manera que minimizamos la importancia de un escritor bautizándolo de regional o (¡ay!) de costumbrista.

Carlos María Gómez supera los arquetipos que pretenden equipararlo. Su personalidad creadora, independiente, no está al servicio de “tramas” más o menos entretenidas, sino que indaga la condición humana en su permanente conflicto con un sector del sistema social que manipula y envilece. Obsesionado menos por el poder en sí que por las tinieblas que lo envuelven facilitando su impunidad, convirtiéndolo casi en una abstracción, Gómez se empeña en una indagatoria de hechos puntuales, de dominio público, destinada a revelar el accionar de los brujos, de los vampiros, como los llama recordando el filme de Polanski, El bebé de Rosemary, donde una conjuración de “iniciados” prepara el advenimiento del Demonio.

Esta vez, el protagonista es un escritor. Gómez se involucra (hasta usa su apellido) respaldado por una suerte de Ética peligrosa en estos tiempos, donde la propuesta de valores reales lo convierte automáticamente en marginal. A diferencia del hombre vencido, entregado al curso de los acontecimientos, el protagonista padece el martirio a que lo conduce su indocilidad. La Plaza, rodeada por los representantes del poder, adquiere un aspecto ominoso. Pero no se trata de una denuncia indiscriminada; el relato no cae en demagogia. Por el contrario, separa paja de trigo y se constituye en la rebelión de un espíritu lúcido frente a la corrupción, el acomodo, la hipocresía y falsa retórica que, a la postre, crean un estilo de vida. Por fortuna, personajes como el Poeta y Nube, inseparables del escritor, nos revelan que el mundo aún es capaz de generar ternura. En Alrededor de la plaza, brisas poéticas soplan sobre comarcas de podredumbre; en su alternancia se vislumbra cierta modesta esperanza, un anhelo de relaciones vitales emancipadas y dignas para el ser humano. Se sabe que cada palabra del escritor repercute, cada silencio también. Palabra urgente, en ocasiones desolada. Vigorizante al fin.

Escritor riguroso, consecuente, Carlos María Gómez habla por los que no pueden hablar... o no quieren hacerlo, o temen, o sacan partido de su obsecuencia. Dejar pasar, dejar hacer... Gómez sabe muy bien que el mayor peligro a que está expuesta una sociedad, es llegar a confundir la verdad con el error en que todos coinciden. Santa Fe es el sitio, pero Alrededor de la plaza, merced al estilete del escritor, se inserta en la cultura universal.

(*) Ante una nueva reedición de “Alrededor de la plaza”, reproducimos el texto que Carlos Catania escribiera en oportunidad de su primera edición, en nuestras páginas literarias del 5 de septiembre de 1998.

4.jpg

Carlos María Gómez.

Foto: Alejandro Villar



Compartir:
Imprimir Compartir por e-mail
  
Sábado 18 de junio de 2011
tapa
Ir Ediciones ANteriores
Todo el diario

TODOS LOS DÍAS.
• El Litoral
• Deportes
• Espectáculos
MIÉRCOLES
Motores y tendencias
SÁBADOS
CampoLitoral
Nosotros
DOMINGOS
Clasificados

Otras Noticias de Artes y Letras
1.jpg El poemario y el poema que da título al libro de Arturo Borra apelan al naufragio como múltiple metáfora: el hundimiento en el vacío, el silencio y la oscuridad, y la posibilidad que de ese vacío y silencio y oscuridad se reinvente una lengua, un destino, un nuevo testimonio. El presente es la caída y la historia es la suma de esos hundimientos, y la única salvación radica en el naufragio mismo, en los frutos del rescate. Emily Dickinson se había estremecido con la misma percepción: “La diferencia entre desesperación y terror / es como la diferencia / entre el instante del naufragio / y cuando el naufragio ha sucedido. // La mente en sosiego -inmóvil- / resignada como el ojo / en el rostro del busto / que sabe que no puede ver”.

La pérdida y la reconquista

5.jpg Suele catalogarse a Alice Munro de narradora de hechos cotidianos, mínimos, banales. Nada menos cierto; sus historias están plagadas de hechos y personajes excepcionales, con la irrupción de no pocos asesinatos y conflictos éticos cruciales. Que la narración se despliegue en un devenir sostenido y rutinario no implica que la fatalidad y la tragedia no aniden en sus páginas. Esa corriente a la que el lector es arrastrado, de arroyo que imperceptiblemente (o por momentos desbocada, inevitablemente) se puebla de remolinos o desemboca en cataratas, es el mayor logro de la capacidad narrativa de Munro, como se demuestra una vez más en los relatos de “Demasiada felicidad”, del cual extractamos estas páginas del cuento “Juego de niños”. Verna era bastante más alta que yo y no sé cuántos años mayor... ¿dos, tres? Era flaca, de constitución tan delgada y con una cabeza tan pequeña que me recordaba una serpiente. El pelo, fino, negro y lacio, le caía sobre la frente. La piel de su cara me parecía tan descolorida como la portezuela de nuestra vieja tienda de campaña de lona, y sus mejillas se hinchaban como la portezuela de la tienda con el viento. Siempre tenía la vista torcida.

De “Juego de niños” (fragmento)

    Lo más visto en
Ahora En Portada