Edición del Sábado 18 de junio de 2011

Edición completa del día

La pérdida y la reconquista

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Arturo Borra, poeta santafesino radicado en Valencia, España.

 

De la Redacción de El Litoral

“Umbrales del naufragio”, de Arturo Borra. Ediciones Baile del Sol, Tenerife, Islas Canarias, 2010.

El poemario y el poema que da título al libro de Arturo Borra apelan al naufragio como múltiple metáfora: el hundimiento en el vacío, el silencio y la oscuridad, y la posibilidad que de ese vacío y silencio y oscuridad se reinvente una lengua, un destino, un nuevo testimonio. El presente es la caída y la historia es la suma de esos hundimientos, y la única salvación radica en el naufragio mismo, en los frutos del rescate. Emily Dickinson se había estremecido con la misma percepción: “La diferencia entre desesperación y terror / es como la diferencia / entre el instante del naufragio / y cuando el naufragio ha sucedido. // La mente en sosiego -inmóvil- / resignada como el ojo / en el rostro del busto / que sabe que no puede ver”.

Las resonancias de tal metáfora se dimanan en todo el libro de Borra, donde la apertura de la noche, la invasión del silencio, el hundimiento de la tierra, el dolor de la caída, son sincrónicos a la ausencia de uno mismo, el reino de las sombras y el desierto como la única consistente realidad. Pero son también simultáneos a la redención que puede sobrevenir tras el naufragio, a “volver a empuñar un silencio / y dejar / que esta lengua reinvente su testimonio”.

En los textos ensayísticos de Borra que se encuentran en Internet pueden rastrearse claves de su poética, tanto en su estudio sobre el célebre “Contra los poetas” de Gombrowicz como en el titulado “El espacio literario como madriguera”, en el que parte de Kafka para radiografiar ese lugar íntimo donde el sujeto se encuentra a la deriva, antagonista de sí mismo, sin salvación, sin guarida posible siquiera en el subsuelo más hondo, o, para continuar con la metáfora del naufragio, en el océano más desolado. “El sujeto literario, así pensado, es no-identidad consigo mismo: por eso la escritura está ligada a un devenir” en el que la subjetividad ya no puede comunicarse de forma diáfana con los otros, pero tampoco puede acceder a una soledad absoluta. (...) Aunque pueda concebirse ‘un sujeto en falta’ como irreductible a sus posiciones, la práctica (estética, ética, política) adquiere aquí un valor constitutivo. Los otros, incluso ese otro que es el sí mismo, están ahí, irreductiblemente. Y en esa interrelación constitutiva, por más desesperación que exista, por más lucha por la supervivencia que domine, la promesa de erotismo tampoco puede soslayarse sin más, aunque no sea sino para mitigar la división, el desasosiego, el repliegue”, escribe Borra en su ensayo. Y en una de las poesías del libro que nos ocupa: “Más que los barullos de la Razón / y los atropellos del goce, más / que la soledad de morirse y / seguir aferrados a las tablas / astilladas que prometen el rescate / hundirse / y naufragar, / en los otros naufragar / para seguir siendo / más que un muro / sobreviviente”.

El naufragio, además, como espacio literario, se atisba como la pérdida de una certeza lingüística (lengua madre o habla madre) para la reconquista de otro decir, a la vez abismo y maremágnum: “Haber callado después del encallamiento / sin comprender todavía el fracaso universal (...) Haber callado / haberse hundido / en el abismo que abre las preguntas / y así volver a empuñar un silencio / y dejar / que esta lengua reinvente su testimonio”.

Arturo Borra nació en 1972 en Santa Fe. Licenciado en Comunicación Social, en la Universidad Nacional de Entre Ríos, se dedicó a la investigación y docencia universitaria hasta 2003, cuando se radicó España. Ha publicado poemas y cuentos en distintas revistas literarias y es coautor de la antología poética “Aldaba” (2003). En la actualidad, dicta talleres de comunicación y literatura y participa en algunos encuentros poéticos en Valencia. Enlace: http://arturoborra.blogspot



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Sábado 18 de junio de 2011
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5.jpg Suele catalogarse a Alice Munro de narradora de hechos cotidianos, mínimos, banales. Nada menos cierto; sus historias están plagadas de hechos y personajes excepcionales, con la irrupción de no pocos asesinatos y conflictos éticos cruciales. Que la narración se despliegue en un devenir sostenido y rutinario no implica que la fatalidad y la tragedia no aniden en sus páginas. Esa corriente a la que el lector es arrastrado, de arroyo que imperceptiblemente (o por momentos desbocada, inevitablemente) se puebla de remolinos o desemboca en cataratas, es el mayor logro de la capacidad narrativa de Munro, como se demuestra una vez más en los relatos de “Demasiada felicidad”, del cual extractamos estas páginas del cuento “Juego de niños”. Verna era bastante más alta que yo y no sé cuántos años mayor... ¿dos, tres? Era flaca, de constitución tan delgada y con una cabeza tan pequeña que me recordaba una serpiente. El pelo, fino, negro y lacio, le caía sobre la frente. La piel de su cara me parecía tan descolorida como la portezuela de nuestra vieja tienda de campaña de lona, y sus mejillas se hinchaban como la portezuela de la tienda con el viento. Siempre tenía la vista torcida.

De “Juego de niños” (fragmento)

3.jpg En la crítica y en el examen de lectores serios, la tentación de buscar puntos de referencia literarios y aun filosóficos, que sostengan o aclaren estilo y contenidos de determinada novela, es inevitable. Si admitimos que el arte se hace sobre el arte, el asunto tiene su razón de ser. Lo grave sería fijar una etiqueta comparativa que, con la mejor de las intenciones reduzca la originalidad y profundidad de la obra. En el caso de Carlos María Gómez y su última novela, Alrededor de la Plaza, las “influencias” que la mayoría de los lectores, incluido el autor de esta nota, creía advertir en sus obras anteriores, ha desaparecido, si es que existían. Resultaba sumamente cómodo recurrir a Chandler, a Chase, a Hammet, para introducir los modelos de novela negra, policial, etcétera. Naturalmente, Patricia Highsmith anda girando por ahí. Todo lo cual tiende a tipificar la narrativa de Gómez. En todo caso, sus novelas son policiales, de la misma manera que también lo es Crimen y Castigo, es decir, van más allá de la artesanía comercial que a menudo caracteriza a aquellos prolíficos narradores. Los géneros suelen reducir los alcances de una novela, de la misma manera que minimizamos la importancia de un escritor bautizándolo de regional o (¡ay!) de costumbrista.

Las tinieblas del poder (*)

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