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Edición del Sábado 18 de junio de 2011

Edición completa del día

Poemas de Arturo Borra

Naufragios

si todo se hunde y la caída

es historia presente. Si el suelo

desfondado registra la huella del desastre Si

no hay nada sólido ya si ya no hay

más que balbuceo protesta alzamiento no

será desde la altura

si no hay más que hundimiento agua turbia

sin solaz ni descanso

si todo amenaza con ser nada

habrá que naufragar para rescatarse

El otro lado

Es llamada de lo incierto,

manos que trepanan la piedra,

arca rota insinuando soles sin herrumbre,

mirada que naufraga en la penumbra

en busca de su otro lado.

Más

Más que miedo, ya llegan, ahora toca, la invasión

arrastrará todas las empalizadas,

más que la red del espanto, más

que el Juicio antes de los juicios, más que yo puedo y tú debes,

y tanta profecía del desastre,

más que los barullos de la Razón

y los atropellos del goce, más

que la soledad de morirse y

seguir aferrados a las tablas

astilladas que prometen el rescate

hundirse

y naufragar,

en los otros naufragar

para seguir siendo

más que un muro

sobreviviente

Poemas de Arturo Borra

Umbrales del naufragio

Haber callado después del encallamiento

sin comprender todavía el fracaso universal/

esta grilla fracturada

que sujeta los pájaros.

Haber saltado la verja

entre monosílabos hasta no poder hablar

dejando que el silencio asome

por esta sombra caída

desde la lengua/ desde las hojas miopes/

sol minúsculo

sin vocablo.

Callen nostalgias/ callen hendiduras

que lo Absoluto siempre tuvo rostro de alguna muerte

que el naufragio sólo dice el balbuceo del que pregunta.

Callen y que el silencio apuñale las regiones del nombre

y la oscuridad también nos caiga

para ocultar nuestra indigencia.

Y si hablan

no se detengan en la calma urdida en los rellanos

en este yo gastado y sus voces

de cansancio batiéndose entre la armonía y el precipicio.

Pero callen/ callen

que el barro murmura preguntando

en la intemperie / este sin lugar

que incrusta

los signos en la frente.

Y si hablan/ si hablan

como no podría ser de otra manera

pregunten por el horizonte

del mediodía que no vimos/ esos umbrales

del naufragio que traspasamos

para ser.

Haber callado/ haberse hundido

en el abismo que abre las preguntas

y así volver a empuñar un silencio

y dejar

que esta lengua reinvente su testimonio.



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Sábado 18 de junio de 2011
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5.jpg Suele catalogarse a Alice Munro de narradora de hechos cotidianos, mínimos, banales. Nada menos cierto; sus historias están plagadas de hechos y personajes excepcionales, con la irrupción de no pocos asesinatos y conflictos éticos cruciales. Que la narración se despliegue en un devenir sostenido y rutinario no implica que la fatalidad y la tragedia no aniden en sus páginas. Esa corriente a la que el lector es arrastrado, de arroyo que imperceptiblemente (o por momentos desbocada, inevitablemente) se puebla de remolinos o desemboca en cataratas, es el mayor logro de la capacidad narrativa de Munro, como se demuestra una vez más en los relatos de “Demasiada felicidad”, del cual extractamos estas páginas del cuento “Juego de niños”. Verna era bastante más alta que yo y no sé cuántos años mayor... ¿dos, tres? Era flaca, de constitución tan delgada y con una cabeza tan pequeña que me recordaba una serpiente. El pelo, fino, negro y lacio, le caía sobre la frente. La piel de su cara me parecía tan descolorida como la portezuela de nuestra vieja tienda de campaña de lona, y sus mejillas se hinchaban como la portezuela de la tienda con el viento. Siempre tenía la vista torcida.

De “Juego de niños” (fragmento)

1.jpg El poemario y el poema que da título al libro de Arturo Borra apelan al naufragio como múltiple metáfora: el hundimiento en el vacío, el silencio y la oscuridad, y la posibilidad que de ese vacío y silencio y oscuridad se reinvente una lengua, un destino, un nuevo testimonio. El presente es la caída y la historia es la suma de esos hundimientos, y la única salvación radica en el naufragio mismo, en los frutos del rescate. Emily Dickinson se había estremecido con la misma percepción: “La diferencia entre desesperación y terror / es como la diferencia / entre el instante del naufragio / y cuando el naufragio ha sucedido. // La mente en sosiego -inmóvil- / resignada como el ojo / en el rostro del busto / que sabe que no puede ver”.

La pérdida y la reconquista

3.jpg En la crítica y en el examen de lectores serios, la tentación de buscar puntos de referencia literarios y aun filosóficos, que sostengan o aclaren estilo y contenidos de determinada novela, es inevitable. Si admitimos que el arte se hace sobre el arte, el asunto tiene su razón de ser. Lo grave sería fijar una etiqueta comparativa que, con la mejor de las intenciones reduzca la originalidad y profundidad de la obra. En el caso de Carlos María Gómez y su última novela, Alrededor de la Plaza, las “influencias” que la mayoría de los lectores, incluido el autor de esta nota, creía advertir en sus obras anteriores, ha desaparecido, si es que existían. Resultaba sumamente cómodo recurrir a Chandler, a Chase, a Hammet, para introducir los modelos de novela negra, policial, etcétera. Naturalmente, Patricia Highsmith anda girando por ahí. Todo lo cual tiende a tipificar la narrativa de Gómez. En todo caso, sus novelas son policiales, de la misma manera que también lo es Crimen y Castigo, es decir, van más allá de la artesanía comercial que a menudo caracteriza a aquellos prolíficos narradores. Los géneros suelen reducir los alcances de una novela, de la misma manera que minimizamos la importancia de un escritor bautizándolo de regional o (¡ay!) de costumbrista.

Las tinieblas del poder (*)

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