opinión
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No todas las princesas visten de rosa...
TEXTO. ROMINA SANTOPIETRO. ILUSTRACIÓN. LUIS DLUGOSZEWSKI.
Hace unos días, en el torbellino de sorpresas que te depara la vida, aterricé por casualidad y sin intención en una celebración de la moda y el maquillaje, mundo casi completamente desconocido y apenas avizorado por mi.
Sintiéndome ranita extranjera en un estanque de ensueño lleno de princesas perfumadas que se deslizaban etéreas sobre tacones altísimos, me vi inundada de información acerca de la belleza femenina, conocí un montón de mandamientos con los que se rige ese reino.
Me desconcerté mucho, me aterré después, me pregunté cómo había llegado ahí, cuál era mi propósito en la vida, cómo cargo y exhibo mi carula por el mundo sin estar ataviada con magníficos ropajes... tan sólo con la única concesión de intentar dominar mi rebelde e incontrolable porra de rizos.
Me sentí un poquito marginada de ese mundo de bellezas delgadas, porque aunque no me visto como un cartoon, aunque mi presupuesto alcanzara para comprar un jean de 1.000 pesos, de todas maneras no me quedaría igual que a una modelo...
Tampoco puedo maquillarme porque soy alérgica a casi todo lo que existe y no uso tacones kilométricos por comodidad -prefiero mis chatas y mis zapatillas- y porque si uso los que vienen estas temporadas, pasaré del metro ochenta de estatura.
No me interesa parecer Godzilla y andar aterrorizando aldeanos. Ya bastante tiene la gente con soportar mi semblante y el nido de pájaros, ¡casi siempre volados! que es mi pelambre.
Pero cuando una intenta verse mejor, más femenina, o incluso sexy, choca de frente contra el camión con acoplado que representa la industria textil. Los talles mentirosos, la falta de stock y variedad de los llamados XL terminan con el saldo de que una arroje la toalla y opte por la comodidad antes que el estilo.
Para colmo, en ese simposio de moda, consignaron los 10 mandamientos del guardarropas femenino... En mi cabeza comenzó a sonar una pequeña campanita de alarma... A medida que mencionaban the little black dress -el vestidito negro-, la camisa blanca, la falda tubo, yo que sólo tengo polleras hindúes al mejor estilo gitana, ya sentía una alarma contra incendios en mi cerebro libre de moda.
Lo que siguió terminó de convencerme que debo mantenerme en la única coquetería que disfruto: tener muchos perfumes para usar todos los días uno diferente. Aunque siga enfundada en mis jeans desteñidos y mis zapatillas negras.
Finalmente, de vuelta en el mundo real, donde esas ninfas se deslizan mezcladas con ranitas, brujitas y mujeres normales, una ve que hay princesas por todos lados. Y cada una tiene su propio reino.
Cuando yo era muy pequeña, mi reino se encontraba en los libros. Yo no jugaba al aire libre, siempre fui ratón de biblioteca... ranita de biblioteca. Pero a decir verdad, las princesas de los cuentos de hadas me parecían bastante sosas... Siempre las secuestraban, vivían durmiendo o se perdían en bosques oscuros... ¿Quién en su sano juicio se acercaba a la guarida de un dragón para ser encerrada en una torre? Tenían más atractivo para mí las brujas y hechiceras, ¡esas tenían poderes increíbles! Y no tenían que esperar a ningún príncipe para que haga algo por ellas!