El difícil arte de seguir durmiendo

El difícil arte de seguir durmiendo
 

Estamos programados para levantarnos, para salir, para hacer cosas. Por eso, cuando nos encontramos con un día o dos de ocio total -un feriado continental, un feriado insular, un feriado puente: cualquiera-, no sabemos cómo seguir durmiendo. ¡Apaguen el mundo, por favor!

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

La primera sorpresa desagradable que te encontrás cuando podés seguir durmiendo es que no desconectaste el despertador o el celular, programado siempre a la misma hora de miércoles, lunes o viernes: temprano. Esa cuchillada a las seis o a las siete, ese chorro de agua fría en medio de tu tierna y blanda y tibia cama, esa artera apertura del tránsito de la realidad en medio de tu inconsciente sueño consciente...

Cuando atinás a apagar esa cosa, y te puteás por un lado y te felicitás por el otro porque podés seguir durmiendo, en efecto te das vuelta, te tapás entero y te decidís a recuperar el paraíso. Pero la verdad es que ya fuiste expulsado...

El otro rival tremendo con que te encontrás es tu propio reloj biológico, despertador natural, reflejo condicionado o como quieras llamar a ese perverso mecanismo mediante el cual todos los días, aun si te acordaste de apagar el despertador y si no tenés que levantarte para nada, igual abrís los ojos a determinada hora. ¿Les pasa, verdad, esa cosa increíble de despertarte un minuto antes de que suene el reloj? Pues eso mismo pasa al día siguiente, feriado, acaso porque tu organismo no está tan orgánicamente preparado para organizar una desorganización concertada de tu concertada organización cotidiana (no sé si se entiende, si no organizo la frase de otro modo).

Y después tenés los relojes biológicos de toda la familia: tu pareja, tus hijos, todos despiertos y despertándote, todos atentando contra la inusual posibilidad de seguir durmiendo.

Supongamos que -con dificultades inusitadas- lograste superar todas esas contingencias (tu mujer se pone contenta cuando sugerís que es una contingencia) y de nuevo estás en carrera hacia tu interior profundo; supongamos que pasaste la gloriosa barrera de las ocho y vos todavía en la cama. Vienen las ganas del combo pipipopo y cualquiera de sus aledaños y eso te despierta a vos o a los otros, con lo cual hay como un ramalazo de conciencia, carreritas hacia el baño y vuelta a la cama para ver si la puññammloparió podemos seguir un ratito más, un ratito más...

Como nunca estás a las nueve de la mañana en tu casa, de golpe descubrís cosas de ella y de tu barrio que no conocías y ni siquiera sospechabas. Por ejemplo, que a las 8.45 pasa el cobrador de algo que cobran en la casa de al lado; que pasa la barredora con su implacable ruido bajo tu ventana, que llega el sodero de la vecina, que el perro de enfrente odia la mañana y que las compañías de lo que fuera quieren venderte justo a las 9 y 10 algo que a vos te interesa y que no podés dejar de tener. Y que, sí, usted puede cambiarse, sí, de compañía, sí, porque la otra es una cagada y la de ellos es genial, tanto que te hacen, sí, un descuento especial por la adhesión, sí. Y si atinaste a responderle un sólo sí dormido, pues, sí, pertenecés y llegará en tu factura, sí o sí...

Conforme avanza la mañana ni te levantaste ni dormiste más. Te das cuenta de que la inercia corporal, hogareña, barrial, laboral, social -¡todas!- conspiran contra tus ganas de seguir en la cama y al final los cretinos lo logran: son demasiados los días en que te instan a levantarte de una vez, vago, que incluso el día que podrías no hacerlo, lo hacés, lo hacés y lo hacés.

Así que, váyanlo sabiendo, más que feriados puentes necesitamos desactivadores de relojes internos, desconectadores de conciencia, desarmadores de “farenientes”, apagadores de familia, destructores momentáneos de venta de lo que fuera. Y me voy yendo, nomás: no se puede dormir en esta columna. Ni siquiera estar apoyado...