Edición del Sábado 19 de mayo de 2012

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La gran pionera de la fotografía

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“Grupo de familia campesina de Kalutara, Ceylán” (1878), de Julia Margaret Cameron.

“Freshwater” es una comedia que Virginia Woolf escribió y estrenó en 1935 para sus allegados de Bloomsbury. En secuencias destellantes pone en escena a esa otra comunidad de artistas excéntricos reunidos alrededor de la gran fotógrafa Julia Margaret Cameron, tía abuela de Virginia Woolf. En las últimas décadas, “Freshwater” se convirtió en una obra de culto, y sus representaciones en Francia y Nueva York incluyeron la actuación-homenaje de figuras de la talla de Eugène Ionesco, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute o Joyce Mansour. La edición que presenta El Cuenco de Plata incluye cuatro ensayos de Woolf sobre teatro y un retrato de la pionera de la fotografía Cameron, del cual transcribimos aquí un fragmento.

 

Por Virginia Woolf

En 1865, cuando tenía cincuenta años, la cámara que le regaló su hijo liberó por fin las energías que había disipado entre la poesía y la ficción, entre la reforma de la casa y la preparación de curry para agasajar a sus amigos. Ahora se había convertido en fotógrafa. Toda su sensibilidad se expresaba y, quizás más precisamente se canalizaba en este nuevo arte naciente. La carbonera se convirtió en cuarto oscuro, el corral en invernadero. Los barqueros se convertían en el Rey Arturo; las muchachas del pueblo en la Reina Guinevere. Tennyson era envuelto en mantas, Sir Henry Taylor coronado con guirnaldas. La criada posaba para un retrato y los invitados tenían que atender la puerta. “Trabajé de manera infructuosa pero no desesperanzada”, escribió Mrs. Cameron de este momento. En efecto, era incansable. “Solía decir que en su fotografía se rompían cientos de negativos antes de lograr un buen resultado; su objetivo era superar el realismo disminuyendo al máximo la precisión del foco”. Como una tigresa en lo que se refería a sus hijos, era igualmente intransigente respecto de su arte. Tenía manchas marrones en las manos, y el olor de los químicos se mezclaba con el aroma del rosal silvestre del camino exterior de la casa. Las miserias de sus modelos no le importaban en absoluto, tampoco su rango. Tanto el carpintero como el príncipe heredero de Prusia debían sentarse tan tiesos como rocas en las poses que ella elegía, en el decorado que armaba, todo el tiempo que se le antojara. “Deseaba capturar toda la belleza que se me presentaba, y ese deseo fue profundamente satisfecho”, escribió. Los pintores alababan su arte; los escritores se maravillaban del estilo que evidenciaban sus retratos. Ella misma ardía de satisfacción con sus creaciones. “Es una bendición sagrada la que recibió mi fotografía”, escribió. “Da placer a millones”. Derrochaba sus fotografías entre amigos y familiares, las colgaba en las salas de espera de las estaciones de tren, y se dice que las ofrecía a los guardas cuando no tenía cambio.

Entretanto, el viejo Mr. Cameron se retiraba cada vez más a la privacidad de su habitación. No era afecto a la sociedad, aunque la toleraba, así como toleraba los caprichos de su mujer: con afecto y filosofía. “Julia está despedazando Ceilán”, solía decir cuando ella se embarcaba en alguna aventura o extravagancia. La hospitalidad de ella y el fracaso de la plantación de café llevaron sus finanzas a una situación precaria (“Charles me habla de la flor de la planta de café. Yo le digo que los ojos del primer nieto son más hermosos que cualquier flor”, decía ella). Pero no era sólo la preocupación por el negocio lo que incitaba a Mr. Cameron a visitar Ceilán. El viejo filósofo fue obsesionándose cada vez más con el deseo de volver al Oriente. Había paz; había calidez; estaban los monos y los elefantes entre los cuales vivió alguna vez “como amigo y hermano”. De repente, ya que habían ocultado el secreto a sus amigos, los Cameron anunciaron que irían a visitar a sus hijos a Ceilán. Hicieron los preparativos y sus amigos fueron a despedirlos a Southampton. Dos ataúdes los precedieron a bordo junto con la vajilla y los vasos, por temor de que resultara imposible conseguir ataúdes en Oriente; el viejo filósofo con sus brillantes ojos fijos y su barba “embebida en luz de luna” sostenía en una mano su bastón de marfil, y en la otra el regalo de despedida de Lady Tennyson, una rosa encarnada; mientras Mrs. Cameron, solemne y valiente, vociferaba sus últimas instrucciones y controlaba, no sólo innumerables paquetes, sino también una vaca.

Llegaron a Ceilán sanos y salvos, y llena de gratitud Mrs. Cameron organizó una colecta para regalar al capitán un armonio. Su casa de Kalutara estaba rodeada de tantos árboles, que los conejos, las ardillas y los miná del Himalaya entraban y salían, mientras un hermoso ciervo domesticado custodiaba la puerta abierta. Marianne North, la viajera, los visitó allí y encontró al anciano Mr. Cameron en un estado de perfecta felicidad, recitando poesía, yendo de un lado a otro de la galería, con el pelo largo y blanco hasta los hombros y el bastón de marfil en la mano. En la intimidad, Mrs. Cameron todavía hacía fotos. Las paredes estaban cubiertas de cuadros magníficos, que también se volcaban sobre mesas y sillas mezclándose con libros y tapices, en pintoresca confusión. Mrs. Cameron decidió de inmediato que fotografiaría a su invitada, y durante tres días se sintió afiebrada de excitación. “Hizo que permaneciera de pie con ramas de coco puntiagudas atravesando mi cabeza... y me pidió que me mostrase absolutamente natural”, remarcó Miss North. En Ceilán regían las mismas costumbres e ideales que reinaron alguna vez en Freshwater. Contrataron un jardinero, si bien no había jardín y el hombre jamás había escuchado hablar de algo parecido, sólo por la excelente razón de que Mrs. Cameron pensaba que su espalda era “absolutamente espléndida”. Y cuando Miss North elogió de manera imprudente el maravilloso chal verde que Mrs. Cameron tenía puesto, tomó un par de tijeras y mientras decía “sí, esto te quedará muy bien”, cortó de punta a punta el chal por la mitad y la obligó a compartirlo. Finalmente llegó para Miss North el momento de la partida. Pero Mrs. Cameron seguía sin tolerar que sus amigos la abandonaran. Si en Putney los acompañaba revolviendo el té mientras caminaba, ahora en Kalutara ella y toda la servidumbre escoltarían a su invitada hasta el pie de la colina a esperar el carruaje a medianoche. Dos años más tarde (en 1879) murió. Los pájaros revoloteaban afuera y adentro de la puerta abierta; las fotografías se desparramaban sobre las mesas; y, yaciendo frente a una amplia ventana abierta, Mrs. Cameron miró las estrellas que brillaban, suspiró la sola palabra “Bellísimo”, y así murió.

 
La gran pionera de la fotografía

“La despedida de Lancelot y Ginebra” (1874), de Julia Margaret Cameron.

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“Rey Lear al dividir su reino entre sus tres hijas” (1872), de Julia Margaret Cameron.

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Sábado 19 de mayo de 2012
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