Edición del Sábado 19 de mayo de 2012

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Algo espera detrás de la curva

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Javier Adúriz en El Litoral, en 2003.

Foto: Archivo El Litoral

Por Roberto D. Malatesta

“Los nada”, de Javier Adúriz. Ediciones del Dock. Buenos Aires, 2011.

Éste es un libro que debió ser presentado por el autor. No siendo así resultó ser un legado para los otros, quienes lo presentaron, sus compañeros posclásicos (posclásico: ese tomar las viejas riendas del lenguaje clásico para dotarlo de otra vivacidad, de acortar las distancias, sin ser coloquial, con el lenguaje hablado). Fue presentado, además, “Los nada” por aquellos que vieron en Javier Adúriz un faro.

En los últimos años, desde 2004, el ritmo de producción poética de J. A. se intensificó. En ese mismo año se edita Canción del Samurai, para aparecer en el 2008 dos nuevos libros Esto es así y La verdad se mueve. El que nos ocupa debió haber aparecido en el 2010, pero como se dijo: no pudo ser en el tiempo preciso.

Javier Adúriz nos dice: “Sin lector no hay literatura y menos poesía” y que “la belleza del mundo es imperfecta / y de verdad es belleza, no necesita demostración / Es en sí la flor ajada y deliciosa / Lo que vive y vivió el día hasta su límite”.

Ese límite buscó siempre la palabra de Javier Adúriz, un lenguaje a través del cual se filtraran otros lenguajes. De allí sus poemas que abren diálogos, que interceptan voces.

En Los nada, como quien tiene la percepción de que debe con urgencia escribir, existen cuatro poemas, como hijos tuvo en vida. Suelen los poemas dedicados desubicarse fuera del ámbito al cual se los circunscribe; no es éste el caso y allí se puede medir la fuerza de la palabra de J. A., su pericia para buscar un lenguaje íntimo y a la vez capaz de atravesar distancias. Estos poemas sin dejar de ser “propiedad” de sus destinatarios mantienen esa cualidad de búsqueda del lector. Dicho de otra manera, los poemas dedicados dejan el regalo invalorable al destinatario; el resto que accede a ellos resulta como quien sólo se queda con el envoltorio del regalo. Adúriz tuvo la precaución de desechar previamente todo envoltorio.

Y un quinto, “La señora y el colibrí”, aunque el libro todo está dedicado a su esposa, Ana Bravo, dice “hace lo suyo: el absoluto hace / y su ternura no cabe entre las sílabas”.

Que sin lector no hay literatura y menos poesía eso es cierto, pero no se trata de la búsqueda a ciegas, del lector por el lector mismo. J. A. establece un contrato en el cual los firmantes son ese lector que él busca y el otro que desea hallar a su autor, “quien lo busque y quiera”, esfuerzo en común para un logro único.

“Si algo espera detrás de la curva, yo te espero o esperame”, verso con muchas lecturas. Pero bien puede resumir la búsqueda poética de Javier Adúriz.



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3.jpg “Freshwater” es una comedia que Virginia Woolf escribió y estrenó en 1935 para sus allegados de Bloomsbury. En secuencias destellantes pone en escena a esa otra comunidad de artistas excéntricos reunidos alrededor de la gran fotógrafa Julia Margaret Cameron, tía abuela de Virginia Woolf. En las últimas décadas, “Freshwater” se convirtió en una obra de culto, y sus representaciones en Francia y Nueva York incluyeron la actuación-homenaje de figuras de la talla de Eugène Ionesco, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute o Joyce Mansour. La edición que presenta El Cuenco de Plata incluye cuatro ensayos de Woolf sobre teatro y un retrato de la pionera de la fotografía Cameron, del cual transcribimos aquí un fragmento. En 1865, cuando tenía cincuenta años, la cámara que le regaló su hijo liberó por fin las energías que había disipado entre la poesía y la ficción, entre la reforma de la casa y la preparación de curry para agasajar a sus amigos. Ahora se había convertido en fotógrafa. Toda su sensibilidad se expresaba y, quizás más precisamente se canalizaba en este nuevo arte naciente. La carbonera se convirtió en cuarto oscuro, el corral en invernadero. Los barqueros se convertían en el Rey Arturo; las muchachas del pueblo en la Reina Guinevere. Tennyson era envuelto en mantas, Sir Henry Taylor coronado con guirnaldas. La criada posaba para un retrato y los invitados tenían que atender la puerta. “Trabajé de manera infructuosa pero no desesperanzada”, escribió Mrs. Cameron de este momento. En efecto, era incansable. “Solía decir que en su fotografía se rompían cientos de negativos antes de lograr un buen resultado; su objetivo era superar el realismo disminuyendo al máximo la precisión del foco”. Como una tigresa en lo que se refería a sus hijos, era igualmente intransigente respecto de su arte. Tenía manchas marrones en las manos, y el olor de los químicos se mezclaba con el aroma del rosal silvestre del camino exterior de la casa. Las miserias de sus modelos no le importaban en absoluto, tampoco su rango. Tanto el carpintero como el príncipe heredero de Prusia debían sentarse tan tiesos como rocas en las poses que ella elegía, en el decorado que armaba, todo el tiempo que se le antojara. “Deseaba capturar toda la belleza que se me presentaba, y ese deseo fue profundamente satisfecho”, escribió. Los pintores alababan su arte; los escritores se maravillaban del estilo que evidenciaban sus retratos. Ella misma ardía de satisfacción con sus creaciones. “Es una bendición sagrada la que recibió mi fotografía”, escribió. “Da placer a millones”. Derrochaba sus fotografías entre amigos y familiares, las colgaba en las salas de espera de las estaciones de tren, y se dice que las ofrecía a los guardas cuando no tenía cambio.

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1.jpg Sylvia Molloy, ensayista (Las letras de Borges, 1979; Acto de presencia, Literatura autobiográfica en Hispanoamérica, 1995, entre otras) y novelista (El común olvido, 2002; Desarticulaciones, 2010). Ahora se reedita En breve cárcel, novela simbólica, con metáforas que preanuncian un ambiente intimista: cárcel, mente, sujeto, búsqueda interior, exterior, devenir en el que se entrecruzan historia y discurso en un juego donde las palabras no alcanzan para decir lo indecible ni poner límite a lo ilimitado. Es la palabra que se escabulle tras el prejuicio, para decir lo que se siente, pero también para explicar lo que hubo que callar hasta que se hizo síntoma, cuando la piel empezó a resquebrajarse hasta advenir un nuevo sujeto.

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