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Edición del Sábado 19 de mayo de 2012

Edición completa del día

 

La vida como relato

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Por María Luisa Miretti

“En breve cárcel”, de Sylvia Molloy. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2011.

“¿Cómo sacar fuera una violencia, cómo escribirla?” (Sylvia Molloy)

Sylvia Molloy, ensayista (Las letras de Borges, 1979; Acto de presencia, Literatura autobiográfica en Hispanoamérica, 1995, entre otras) y novelista (El común olvido, 2002; Desarticulaciones, 2010). Ahora se reedita En breve cárcel, novela simbólica, con metáforas que preanuncian un ambiente intimista: cárcel, mente, sujeto, búsqueda interior, exterior, devenir en el que se entrecruzan historia y discurso en un juego donde las palabras no alcanzan para decir lo indecible ni poner límite a lo ilimitado. Es la palabra que se escabulle tras el prejuicio, para decir lo que se siente, pero también para explicar lo que hubo que callar hasta que se hizo síntoma, cuando la piel empezó a resquebrajarse hasta advenir un nuevo sujeto.

La supuesta excusa es que una amante espera a otra y en esa espera transcurre el recuerdo que traza puentes entre pasado, presente y futuro. Trazos que unen y rompen, retazos que permiten ir recomponiendo a ese sujeto escindido que intenta pero no puede, ya que el recuerdo de una amante remite a otra y ésta a su vez a otra, en un triángulo que se complica, mientras se va armando el relato.

Intimista, dubitativa, insomne, con un tono acorde con el poder evocativo, trae y lleva recuerdos que conviven con la ternura del goce y de la locura, mientras memora infancia y juventud cargada de anhelos ante esa amante que no llega, a quien extraña y al mismo tiempo recuerda, alternando con otras épocas de sufrimiento y llanto.

Por momentos, los sacudones remiten a indicios de locura, queriendo investigar un pasado oscuro, cuya carga genética se le prohibía y esa rémora la remite a espejos desdoblados, a momentos enfrentados, a su hermana, a máscaras, disfraces, a un tío muerto, a su padre, su madre, esas figuras que se le escapan y quiere retener y articula con párrafos de la actualidad en los que se ve esperando a esa amante que no llega, y adonde alguna vez la esperaron, es decir punto de inicio y final de un ciclo, mientras se pregunta “¿escribiría la mujer que la había citado aquí mientras la esperaba?” en un cierre circular.

Ya entonces recuerda ahora- aquélla le había preguntado por su piel, ésa que se le rompía a pedazos. Ésta de ahora es una mujer que espera y que escribe y se escribe a sí misma, y a medida que avanza puede ir reconstruyendo su pasado y darse forma a sí misma a través del relato. Cuando lo logra, vemos que se va, se aferra a las páginas escritas para poder releerse y “vivir en la espera de una mujer que quería y que, un día, faltó a una cita. Está sola: tiene miedo”.

Novela cargada de simbolismos -decíamos-, apasionante, increíble, ideal para compartir. Escrita en presente pero en tercera persona, deleita la fluidez y la dinámica discursiva, que remata en un final que bien podría interpretarse como de apertura a una nueva forma de vida (nacimiento, inicio de una nueva etapa) o de cierre definitivo, siguiendo el hilo del relato.



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Sábado 19 de mayo de 2012
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3.jpg “Freshwater” es una comedia que Virginia Woolf escribió y estrenó en 1935 para sus allegados de Bloomsbury. En secuencias destellantes pone en escena a esa otra comunidad de artistas excéntricos reunidos alrededor de la gran fotógrafa Julia Margaret Cameron, tía abuela de Virginia Woolf. En las últimas décadas, “Freshwater” se convirtió en una obra de culto, y sus representaciones en Francia y Nueva York incluyeron la actuación-homenaje de figuras de la talla de Eugène Ionesco, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute o Joyce Mansour. La edición que presenta El Cuenco de Plata incluye cuatro ensayos de Woolf sobre teatro y un retrato de la pionera de la fotografía Cameron, del cual transcribimos aquí un fragmento. En 1865, cuando tenía cincuenta años, la cámara que le regaló su hijo liberó por fin las energías que había disipado entre la poesía y la ficción, entre la reforma de la casa y la preparación de curry para agasajar a sus amigos. Ahora se había convertido en fotógrafa. Toda su sensibilidad se expresaba y, quizás más precisamente se canalizaba en este nuevo arte naciente. La carbonera se convirtió en cuarto oscuro, el corral en invernadero. Los barqueros se convertían en el Rey Arturo; las muchachas del pueblo en la Reina Guinevere. Tennyson era envuelto en mantas, Sir Henry Taylor coronado con guirnaldas. La criada posaba para un retrato y los invitados tenían que atender la puerta. “Trabajé de manera infructuosa pero no desesperanzada”, escribió Mrs. Cameron de este momento. En efecto, era incansable. “Solía decir que en su fotografía se rompían cientos de negativos antes de lograr un buen resultado; su objetivo era superar el realismo disminuyendo al máximo la precisión del foco”. Como una tigresa en lo que se refería a sus hijos, era igualmente intransigente respecto de su arte. Tenía manchas marrones en las manos, y el olor de los químicos se mezclaba con el aroma del rosal silvestre del camino exterior de la casa. Las miserias de sus modelos no le importaban en absoluto, tampoco su rango. Tanto el carpintero como el príncipe heredero de Prusia debían sentarse tan tiesos como rocas en las poses que ella elegía, en el decorado que armaba, todo el tiempo que se le antojara. “Deseaba capturar toda la belleza que se me presentaba, y ese deseo fue profundamente satisfecho”, escribió. Los pintores alababan su arte; los escritores se maravillaban del estilo que evidenciaban sus retratos. Ella misma ardía de satisfacción con sus creaciones. “Es una bendición sagrada la que recibió mi fotografía”, escribió. “Da placer a millones”. Derrochaba sus fotografías entre amigos y familiares, las colgaba en las salas de espera de las estaciones de tren, y se dice que las ofrecía a los guardas cuando no tenía cambio.

La gran pionera de la fotografía

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