La escuela: un lugar de encuentro

María Luisa Miretti

Que la familia es la primera célula formadora, que las instituciones están enfermas, etc. etc. Así podríamos seguir disparando miles de palabras hilvanando una tras otra la mejor secuencia del mejor entramado discursivo que jamás nadie hubiera leído o escuchado, sin embargo, el efecto perlocutivo o la intencionalidad perseguida seguiría tan ausente como en los comienzos.

Hoy un niño fue mutilado, ayer una niña fue abusada o violentada, antes de ayer otro fue discriminado porque era ‘bolita’ o porque era ‘rengo’ o porque usaba anteojos o porque era obeso o... y las causas siempre infinitas seguirían engrosando el listado de argumentos que a nadie le haría cosquillas siquiera.

La escuela, ese lugar donde chicos y grandes continúan reencontrándose cada día para intercambiar ideas, reflexionar y pensar, mientras conocen, se informan y se educan, ha ido cambiando y se ha ido contaminando con las mismas excentricidades del medio ambiente que todos cohabitamos: los discusiones y bombardeos televisivos, las explosivas curvas eróticas que aplauden los adultos en las publicidades junto con sus hijos, las fogosas habilidades de los matones y los patovicas, mientras ponderamos las utilidades de la diseñadora de turno que se vendió al magnate tal o cual.

Los chicos son pequeños de estatura pero no son tontos. La carencia del vínculo afectivo, de la palabra orientadora, del abrazo oportuno y del clima adecuado han sido remplazados por la biblia y el calefón y este ‘cambalache’ no les resulta indiferente.

Una sociedad distraída

No podemos hacernos los distraídos, ni seguir indiferentes ni sentirnos igual después de este hecho.

Educar es una acción formativa que nos concierne e involucra a todos.

¿Con qué ánimo vuelve este niño a la escuela? Y si no es en la escuela ¿dónde? ¿cuál es el sitio? Nuestros hijos nos están llamando ¿Qué respuestas les damos?