Papá. Cuatro letras, un mundo

Papá. Cuatro letras, un mundo La otra voz
 

Es la otra voz que escucha el bebé del otro de la membrana, de la piel y el ombligo; la otra mano que sostiene aun antes de que salga al mundo. La vida que cambia para siempre cuando nace de otra que no es la propia; los sueños interrumpidos por un llanto que no siempre podrá calmar y un alivio que buscará, quizás, hasta el fin de sus días. “Papá”, cuatro letras que encierran todo un mundo.

TEXTOS FLORENCIA ARRI. FOTO. PABLO AGUIRRE

“Tener un hijo es todo un baile”, ríe José Busaniche mientras levanta los ojos y dibuja con su mirada el círculo superior que acompaña con una sonrisa. “Dormís mal, no le sacás los ojos de encima, vivís para él. Un bebé hasta los cuatro años requiere atención completa”. Habla desde la experiencia: a sus 40 años, seis después de convertirse en papá de José Carmelo, junto a Jorgelina espera a Benjamín. Sabe que lo que espera “es un tema. Después de tanto tiempo uno se agiorna, Carmelo es grande y la relación es distinta; tener otro y pasar de vuelta por todo ese baile... es un tema. Es saber lo que vamos a vivir otra vez”. Aun así, en una adorable y comprensible contradicción, dice que “tener un hijo es lo mejor que te puede pasar en la vida. Hay que apechugar y vamos”.

La de José es una voz diferente a las que se escuchan en Maternarte, el Centro de atención integral a la familia donde el resto de los papás que participan del Taller de preparación para el parto intuyen pero no saben qué vivirán los próximos meses: ser papás; un quiebre en sus días, momentos que construirán lo que años después muchos reconocen como un hito en sus vidas.

Las noches y mañanas cambian para los dos. La mamá construye su relación con el bebé en los nueve meses en que su cuerpo es su refugio. Del otro lado de la membrana, de la piel y el ombligo, el papá también la construye, de un modo distinto.

Para la psicopedagoga María Fernanda Vanni, quien dicta Talleres de crianza para papás, “ser papá es una construcción singular que va mucho más allá de la cuestión biológica, del mero hecho de engendrar un niño. Para un padre el hijo ya ‘es’ desde mucho antes de nacer e incluso de ser concebido. Está presente en el deseo tanto de la mamá como del papá, en las expectativas, en el lugar que emocionalmente vamos construyéndole desde siempre. Un hombre que engendra un niño es su progenitor, pero se puede afirmar que la paternidad es algo más e implica siempre una adopción. Ser padre es reconocer en ese niño a un hijo. La manera de llevar a cabo esa adopción es a través de las situaciones cotidianas, de las manifestaciones de afecto, de los momentos compartidos profundamente con el niño, de las palabras”.

César Pascutti, por ejemplo, toma fuerte la mano de Laura y reconoce que espera “re ansioso” a Mateo. A dos meses de su fecha probable de nacimiento, cuenta que “primero querés saber el sexo, después ya querés que nazca, verle la cara, conocerlo”. Con la sola respuesta de los golpecitos con que intuye las pataditas de Mateo, dice que “es un poco raro estar del otro lado. Le pregunto mucho a Laura cuáles son sus sensaciones, necesito que me diga cómo se siente... Trato de recabar información porque de otro modo uno no sabe; de acompañarla en todo y a la vez construir mi propia relación con el bebé. A veces es un poco raro porque le hablo a la panza y no hay respuesta y otras lo acaricio y siento su movimiento... lo raro es no tener respuesta sabiendo que tiene sentido”.

La otra mano

Sentido, construcción y sostén son, para Romina Quarchioni, pilares importantes a la hora de tener un hijo. Romina es licenciada en Psicología, preparadora y doula de parto, y también quien dirige Maternarte, donde prepara para el momento del nacimiento grupos de papás, de unas veinte personas cada uno. “En muchas ocasiones los hombres asisten al primer taller sintiendo que sólo están allí para acompañar a sus mujeres, incluso algunos se animan a confesar que ‘los llevaron obligados’. Durante mucho tiempo el embarazo, parto y nacimiento de un bebé fueron cuestiones exclusivamente femeninas, los hombres quedaban afuera, desplazados, y es lógico que hoy la invitación para la inclusión en principio les resulte extraña -expresa Romina-. Al correr los talleres comprenden la importancia no sólo de conocer detalles del proceso de nacimiento y lactancia, sino que además valoran la posibilidad de compartir sus experiencias, temores y expectativas con otros hombres y mujeres que atraviesan la misma etapa vital. El acompañamiento y contención entre los papás también cobra mucho valor”.

José Busaniche asiente con la cabeza. En ronda con otros diez papás reconoce que junto a Jorgelina decidieron tomar el taller para su segundo parto “para dedicarle un espacio especial a este nuevo bebé y porque también es importante la contención de otros padres que viven este momento”. De lo vivido y escuchado, rescata “algo fantástico: la madre contiene al bebé, el padre contiene a la madre ¿quién contiene al padre? El papá queda un poco solo porque incluso la pareja cambia un montón”. Dice que no sabe por manuales ni libros sino por la propia experiencia y la de sus amigos, que “la relación madre e hijo es muy fuerte y el papá queda un poco de lado; el hombre tiene que volver a conquistar a su mujer porque ella se enfoca en el bebé y es lógico que así sea. ¿Quién contiene al padre? El papá también debe sobreponerse para estar bien y poder contener a la mamá, ser sostén de su familia que es algo hermoso e importantísimo”.

La vivencia de José es reafirmada por Quarchioni, para quien este sostenimiento “no es tarea sencilla, implica un enorme acto de mucho amor y responsabilidad. El papá deberá contar también con espacios de apoyo, quizás la comprensión de otros amigos que transitan la experiencia de la paternidad, la ayuda de la familia (...) Los niños y papás de hoy afortunadamente disfrutan del aprendizaje y crecimiento juntos. El padre interviene en el tiempo de preparación para la llegada del niño, presencia su nacimiento y participa activamente en su crianza. El niño necesita y disfruta de la seguridad que otorga ser tomado y cuidado por las manos grandes y fuertes de papá, de ser sostenido en sus hombros para descubrir el mundo”.

La otra voz

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Javier y Jerónimo

A dos meses del nacimiento de Jerónimo, el periodista deportivo Javier Valli se dice “muy tranquilo”. Tiene 30 años y si bien no duda en afirmar que junto a Carolina Baratti, su mujer, disfrutan mucho del embarazo, también prevé que “más cerca del nacimiento estaré bastante ansioso, por el momento lo vivo con calma. Sí me imagino situaciones a la hora del parto o cómo serán los primeros días de Jero en casa. La frase ‘aprovechen a dormir’ me retumba en cada momento y me aterra: me imagino noches y noches escuchando un llanto desgarrador mientras camino de un lado a otro para intentar calmarlo. Creo que me voy preparando psicológicamente -ríe mientras lo imagina-. Por el momento acompaño a mi mujer y trato de ayudarla a que disfrute del embarazo”.

Treinta y una semanas después del día en que se enteró que sería papá, Javier sonríe y arroja que “será imposible de olvidar. Sin ser tan demostrativo -algo que mi mujer aún hoy me reprocha-, sentí una felicidad muy grande. Fue un año de espera y por suerte llegó en un lindo momento de ambos, para eso fue clave no desesperarse ni estar ansioso. Todavía no pensé cómo será ver a Jerónimo -agregó-. Sí pienso en la primera vez que lo tenga en brazos, en los recaudos que debo tomar en ese momento tan lindo y especial (...) Lo que más imagino es ayudarlo a que tenga una vida feliz. Por supuesto, no será fácil, no existe una receta para eso. La vida misma tiene sus sinsabores que habrá que afrontar... y ahí estaremos. Me gustaría darle una educación similar a la que recibí de mis padres: de cariño, acompañamiento y apoyo permanente, con el constante respeto del lugar que le toca a cada uno al ser padre, madre o hijo”.

Juan Ignacio y Constanza

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Juan Ignacio Novak, periodista de El Litoral, reconoce que “a pesar de que la búsqueda de un hijo fue un sueño que comenzamos a tejer con Noelia con mucha antelación, cuando me confirmó ‘estamos embarazados’ quedé mudo, perplejo. Tras el aturdimiento empezó a crecer una emoción sin precedentes. Apareció un camino que comenzamos a desandar juntos, los tres, desde que Constanza estaba en la panza y que fue increíble”.

Cinco meses después de aquellos primeros pasos expresa que “esta primera etapa como padre es un continuo y cotidiano aprendizaje teñido de felicidad, temores, ansiedades, risas, lágrimas. Es despertarte sabiendo que ahora tenés una razón mucho más fuerte para afrontar y sortear las dificultades: Constanza. Ahora es ella quien dicta los rumbos de la rutina diaria, basta una sonrisa cómplice suya para justificar todo lo que debí resignar al ser papá”.

A la hora de mirarse al espejo como padre, Juan reconoció que “tenía una idea un tanto acartonada y estructurada de lo que iba a implicar; creí que todo tenía un método a seguir, instrucciones, una receta específica... Con el correr de las horas, los días, las semanas y ahora los meses compartidos me di cuenta de que no existen pautas predeterminadas. A cada momento uno puede darse el espacio para encontrar nuevas fórmulas y acercarse más a su bebé desde las cuestiones más sencillas. Lo único más trascendente que espero poder cumplir como papá es lograr que mi hija sea una buena persona, que tenga las herramientas necesarias para alcanzar su felicidad. Con eso me sentiría realizado, como escribió una vez Osvaldo Soriano: “Una vida lograda no se mide por el éxito, sino por la felicidad”.

Juan Manuel y Ciro

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Juan Manuel Fernández es periodista de CampoLitoral y papá de Ciro. A poco de cumplir cinco meses como padre contó que “la primera sensación fue de sorpresa y alegría. Desde que supimos que estábamos embarazados (no es demagogia de género, con Moni lo vivimos muy juntos, muy unidos) pensé que mis sentimientos no acompañaban el momento; que no estaba tan emocionado, ni tan entusiasmado, ni tan feliz como dicen los manuales que hay que estar. Luego comprobé cuán sabia es la naturaleza: me dio nueve meses para entender, sentir, imaginar y desear cada vez más lo que nos iba a pasar. Lo mismo me está pasando ahora: cada día me enamoro más de Ciro... aunque todavía creo que no termino de comprender del todo -si es que eso es posible- que soy padre”.

“Antes opinaba -con esa serenidad que nos da ser absolutamente ignorantes en alguna materia- que ‘cuando sos padre tu vida se termina’. Si, suena terrible; suelo exagerar -bromeó-. El fundamento era que desde entonces desaparecerían (o se desplazarían a terceros planos) los intereses o preocupaciones personales porque antes estaría el deber de velar por los de mi hijo. Si bien es cierto la cosa no es tan trágica, por suerte. Mis deseos o aspiraciones siguen presentes, aunque estas nuevas sensaciones son bien potentes; tanto que, lejos de ‘terminar’ con mi vida la han enriquecido enormemente. Lo que más disfruto es verlo despertase con una sonrisa a la mañana. Eso me salva el día. Y como sigo siendo bastante inconsciente aún no veo desafíos; pero ya estoy pensando que cuando empiece a caminar o hablar -y a manifestar más concretamente su carácter- dejará de ser el adorable bebito que se calma con una teta. Espero ser capaz de no exigirlo demasiado, de dominar mi ansiedad y permitir que su personalidad se exprese, se descubra y se construya a si mismo guiado por sus gustos y deseos antes que por tratar de cumplir con un mandato. Ese sí es un desafío, creo: aceptar su subjetividad en lugar de intentar moldearlo a nuestro gusto”.