Objetos perdidos

Objetos perdidos
 

Por más ordenada que sea una casa y sus habitantes, hay elementos que (in) variablemente no se encuentran donde debían estar. El duendecito de las cosas corre esto o aquello unos centímetros y a muchos les sobreviene un ataque de caspa. No encuentro tema, por eso escribo sobre esto.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

¿Alguien puede decir dónde diantres -era un viejo insulto de cómic- fueron a parar las colitas para el pelo de Chiara, siendo como es que hace menos de una semana compramos seis? ¿El control remoto del aire acondicionado del living, dónde anda, ya que no en el cajón del mueble de siempre? ¿Qué pasa con el cepillo para la ropa, la bufanda amarilla y verde -brasuca de miércoles-, una media y el documento nacional de identidad? En una casa, las cosas cambian de sitio, como si cobraran vida propia y pudieran moverse. Y no me digan que eso no sucede en su casa, donde son todos suizos o ascetas orientales que casi no tienen posesiones. O que en su casa minimalista, todo es contención, armonía y unas pocas cosas... La primera máxima en esta nota dice que por más ordenada que sea tu casa, las cosas se pierden igual.

En las casas de antes, todavía no teníamos la avalancha tecnológica ni la presión insoportable del consumo que te hace acumular decenas, cientos de objetos de relativa utilidad y duración, pero que ocupan un lugar en el espacio, junto con el televisor, el lavarropas o la cocina; incluso como doña Marcia, según los casos...

Yo recuerdo que la casa de mi abuela tenía la cómoda siempre igual: un jarrón de porcelana con su fuentón, apoyado en un centro de mesa tejido al crochet; una foto severa de algún antepasado o del casamiento; un cuadrito por ahí y se terminaban para siempre las posesiones en ese sector de la casa. Lo único nuevo era un poco de polvo, que la abuela plumereaba religiosa y ordenadamente una vez por día.

Hoy, en cambio, el mismo mueble o el que cumple esa función tiene una enorme cantidad de cosas: ocho perfumes por cada habitante de la casa, cajitas de algo, adornos espantosos y de buen gusto conviviendo inestablemente, una foto, un florero, el souvenir del cumpleaños de la Pacu y tantas pero tantas otras menudencias, que se hace difícil entrever lo que hay en ese ordenado desorden.

También tenés distintas categorías de objetos itinerantes. Si se tratara de una organización espacial, diríamos que hay pérdidas y encuentros, órdenes y desórdenes estacionales. Por ejemplo, no aparecen los guantes, guardados prolijamente en su sitio -cualquiera que éste fuera- en la primavera pasada. Ahora hace frío y minga vas a encontrar de una los guantes. Lo mismo con las chancletas, las bufandas, las pantuflas y otros objetos que tienen presencia por un tiempo y ausencia por otro...

Después tenés los coyunturales, ocasionales, como el paraguas o el inflador de las ruedas de la bici: los necesitás cuando llueve o cuando vas a dar una vuelta en bici. Y no aparecen.

Y después los advenedizos: cosas que llegan a la casa (todo el día llegan cosas a una casa, llegan cosas, llegan cosas: hagan el ejercicio de repasar las cosas que entraron hoy en su casa y dejamos nuevamente de lado a doña Marcia, porque aun pareciéndolo, no es una cosa...) y que en consecuencia aterrizan, decolan donde pueden, ocupando superficies, haciéndose vecinos de las cosas estables; o actuando como okupas clandestinos, corriendo a los dueños del espacio original...

Después tenés el caótico y no previsto reinado de las innovaciones. En una casa ordenada, todo tiene más o menos su lugar. Pero de golpe llegan un aparato nuevo y con él su control, su enchufe de algo, su cargador de no sé qué. Y eso ocupa lugar. Un lugar no previsto por arquitectos. Un lugar no previsto por los ocupantes de la casa. Y así con un montón de objetos.

Motiva este artículo -a ustedes se los puedo contar, mis chiquitos, son casi de la familia- la pérdida u ocultamiento temporario -justo en el “temporario” en que yo la necesito- de una media, la más abrigadita que tengo. Mi casa es ordenada, yo soy más o mññññ ordenado, pero la media no aparece. ¡Yo no puedo empezar el invierno, carajo, con una sola media! Es como estar medio abrigado. Necesito un multimedia urgente. Aunque no sepa qué es, ni para qué se usa, ni dónde lo puse.