crónica política
¿Con Cristina o con Moyano?

Opinión / ¿Con Cristina o con Moyano?crónica política ¿Con Cristina o con Moyano? ![]() Rogelio Alaniz “Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz”. José Ingenieros ¿Con Cristina o con Moyano? ¿con un oficialismo prepotente, enriquecido e insensible o con un sindicalismo corporativo, patotero y mafioso? El peronismo en el poder suele reproducir estas alternativas. En 1974 había que elegir entre Perón y los Montoneros; un año después, las opciones eran Lorenzo Miguel o Rodrigo, y en marzo del 76, Isabel o Videla. Recuerdo que para asegurar la continuidad institucional, los partidos políticos opositores apoyaron a Isabel, la flamante viuda de entonces. En febrero de 1976, ante la inminencia del golpe de Estado, los mismos partidos dijeron que había que preservar las instituciones y, por lo tanto, reclamar que Isabel concluyera su mandato. Era lo más republicano que se podía hacer; el único inconveniente que se presentaba era que la sociedad quería que esa mujer se fuera, y si el precio a pagar por su retiro era la llegada de los militares, todos estaban dispuestos a pagarlo. El peronismo, entonces, no hizo nada para evitar la catástrofe; por el contrario, la incentivó y prefirió consumirse en su propio infierno antes que preocuparse por una salida política medianamente razonable. Ahora hay que elegir entre Cristina y Moyano. El escenario no es el de 1975, pero el mecanismo de polarizaciones tiende a reproducirse. ¿A quien apoyar? ¿o es necesario apoyar a alguien? Una maestra jubilada me decía que si viviera en Buenos Aires asistiría a la concentración convocada por Moyano en Plaza de Mayo. “Lo haría tapándome la nariz y los ojos, pero lo haría , porque es una vergüenza que nos apliquen un impuesto a las ganancias”. Los reclamos de Moyano son justos. Son reclamos salariales y sociales ante un poder que concentra sin límites poder y riquezas. ¿Es la justicia o la solidaridad con los pobres lo que moviliza al cacique camionero? Creo que no. No hace falta ser demasiado suspicaz para percibir que detrás de estas banderas compartidas por muchos se esconde una voraz vocación de poder. No son los principios o los programas de gobierno o los intereses de las clases populares los que diferencian a Moyano de la señora, sino la disputa por espacios de influencia. En esa pelea, sórdida, oscura, salvaje, el pueblo es una marioneta, un pretexto que se invoca. Y nada más. El pueblo o los pobres están ausentes en esta lucha. Basta con mirar las imágenes de los piquetes para registrar que quienes se movilizan son barrabravas y matonaje reclutado en los bajos fondos. Hay pocos trabajadores reales en estas movilizaciones. Y el entusiasmo que se exhibe para las pantallas se parece más al festín de la patota soliviantada que a la movilización de trabajadores decididos a defender sus intereses de clase. Pensar lo contrario es ser ingenuo o ignorante. En 1964, los Moyano de entonces organizaron planes de lucha reclamando salarios y condiciones laborales dignas. Las movilizaciones se extendieron a todo el país e impresionaban como un ensayo insurrecional obrero y popular. Sectores de izquierda se sumaron a la lucha porque, según sus declaraciones, había que estar al lado de la clase obrera. Pocos meses más tarde, los mismos dirigentes sindicales que se habían llenado la boca con las palabras “resistencia” y “pueblo”, asistieron a la asunción del general Onganía y se fotografiaron a su lado. Los planes de lucha, las 35.000 fábricas paralizadas, no eran el anticipo de “los diez días que conmovieron al mundo” ni el intento de asaltar el Palacio de Invierno, sino el eficaz ensayo golpista tramado en sintonía con las Fuerzas Armadas y las grandes corporaciones económicas. La mayoría de los dirigentes sindicales que en esa jornada posaron al lado de los militares, pocos años después serían asesinados por los hijos de esa violencia que ellos desataron y luego traicionaron. Pero esa es otra historia. ¿Hay razones para suponer que hoy la movilización obrera es diferente? No lo creo. Quien ahora califica al gobierno de prepotente, fue su principal socio y beneficiario durante años. La sociedad nunca fue perfecta, porque nunca los acuerdos entre tahúres son perfectos, pero convengamos que durante años el engendro funcionó de maravillas. El gobierno toleraba los piquetes de Moyano y éste toleraba las retenciones al campo. El gremio de camioneros fue el mimado por el poder K y el líder sindical pagaba esos favores con disciplinamiento laboral o con piquetes destinados a poner en su lugar a los “oligarcas” del campo. Se sabía, era evidente, que el romance era más fingido que real, que los naipes estaban marcados y los jugadores esperaban el momento propicio para desplumarse entre ellos. Todo esto se sabía, pero en esos momentos los buenos negocios parecían ser más consistentes que las malas intenciones. Es más, quienes tienen buena memoria recordarán que el trípode sobre el cual se asentaba el nuevo poder “nacional y popular” en sus inicios, estuvo integrado por Kirchner en el vértice y Moyano y Magnetto en los otros dos extremos. De ese triángulo nada queda. ¿Qué hay en su lugar? Es una pregunta interesante porque no admite respuestas sencillas. ¿Cuáles son los soportes reales del poder cristinista? ¿Los pibes de la Cámpora? No me hagan reír. ¿Guillermo Moreno? Puede ser, pero no alcanza. Desde que el mundo es mundo y la política, política, se gobierna tejiendo alianzas, organizando bloques de poder, negociando con diferentes centros de interés. ¿Con quiénes pretende gobernar la señora? Los gobernadores. Lo dudo. En este país, desde la época de Rosas y Urquiza, la única lealtad que admiten estos caballeros es la de estar al lado del que manda. Esa verdad la conoció Urquiza cuando descubrió que luego de haberse pronunciado contra Rosas ningún gobernador lo acompañaba, soledad que mágicamente se revertiría después de Caseros, cuando los mismos que habían mirado para otro lado un mes antes, ahora marchaban alegres, mansos y dicharacheros a San Nicolás para reportarse ante el nuevo poder. Desde entonces, nada ha cambiado en lo que hace a la lógica del poder. ¿Se puede confiar en los intendentes del conurbano? Por favor, seamos serios. Eso y creer en la palabra de honor de Boudou es más o menos lo mismo ¿Invocar el 54 por ciento que la votó hace unos meses? Esa adhesión es tan vaporosa como el aire y tan inconstante como los amores de estudiantes escritos por Alfredo Lepera. ¿Y Scioli? Scioli, como se dice en estos casos, hace la suya. Y la está haciendo bien. Hoy es el candidato futuro del peronismo y el único rival que aparece en su horizonte es Macri. ¿Cuáles son las diferencias entre Macri y Scioli? Eso y responder al dilema acerca del sexo de los ángeles, es más o menos lo mismo. Scioli nunca va a estar -de la boca para afuera- en contra de la señora, pero tampoco va estar a su favor. Ni él, ni sus seguidores. La señora parece que todavía no lo ha registrado, pero marcha a paso redoblado hacia su propia soledad. Los acuerdos y alianzas trabajosamente diseñados por su marido, ella los ha ido rompiendo con diferentes pretextos, pretextos que no alcanzan a disimular su concepción del poder, donde el capricho se confunde con retazos de ideología mal digeridos y cada vez menos creíbles. Cualquier aficionado a la política lo sabe: sin el conurbano, sin la provincia de Buenos Aires y sin los sindicatos, no hay peronismo. Tampoco hay destino electoral. Algunos seguidores de la señora deliran acerca de una reforma constitucional que facilite su reelección, cuando en realidad, si fueran responsables, deberían estar más preocupados por asegurar que concluya su mandato. ¡Ironías del destino! La única protección real y sincera que dispone la señora en estas circunstancias son las instituciones republicanas, las mismas que ella ha maltratado, ignorado y subestimado. Quien nunca creyó en el orden republicano, hoy descubre o está empezando descubrir, que es el único poder que la va a defender más allá de cualquier otra especulación. El Congreso, la Corte Suprema de Justicia, la burocracia estatal, los partidos políticos opositores, la propia cultura democrática de amplias capas de la población, son quienes creen que el voto popular debe respetarse, que la investidura presidencial debe ser tenida en cuenta más allá de los vicios o debilidades de su titular circunstancial y que los reclamos políticos y las transformaciones sociales en un Estado de derecho y una democracia republicana, deben canalizarse a través de las instituciones y no de las presiones corporativas. |

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